¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 122 . LA VIDA SUELE JUGAR
48%

122 . LA VIDA SUELE JUGAR

ANNETTE:

Franco no respondió al ruego de nuestra hija.

Al terminar de decir lo último, nos retiramos.

Estaba muy impresionada, como todos los demás.

Sabía que le habían asesinado a su familia, pero jamás pensé que mi esposo fuera el afamado Francesco Rinaldi.

De joven, había escuchado a las chicas hablar de él.

Nunca lo vi ni lo conocí, pero lo odiaba.

Me eché a reír al entrar al cuarto y lo abracé fuerte.

—No lo puedo creer —decía una y otra vez ante la mirada interrogante de Franco.

—¿Por qué te ríes? —preguntó al fin, separándome de él—. ¿Qué no puedes creer, que sea un Rinaldi millonario?

—¿En serio eres Francesco Rinaldi, el que desapareció sin dejar rastros de su existencia? —le pregunté, todavía sin poder creerlo—. ¿Lo eres en verdad?

Me alejé unos pasos para mirarlo como si fuera la primera vez que lo viera, todavía con la incredulidad de lo que había hecho la vida con nosotros.

—Sí, lo soy. ¿Por qué no lo crees? —protestó Franco, algo molesto—.

Nunca te he mentido. Es verdad que no te dije quién era.

Fue porque realmente había renunciado a esa identidad y quería ser otro.

Por eso no te lo dije nunca, no tenía sentido.

Pero no tengas dudas, soy Francesco Rinaldi, el único heredero y dueño de la inmensa fortuna de mi familia, junto a mi primo Ray. Y ahora mis hijas y tú.

—No es eso, te creo. Lo que pasa es que la vida es muy traviesa —dije, y lo miré a los ojos.

Franco por un momento no contestó y creyó que hablaba de su historia, que en verdad no dejaba de ser inverosímil. Había renunciado a ser un Rinaldi y ahora la vida lo había traído de regreso a serlo. Se sentía muy culpable y sentía haber sido él quien provocó todo lo sucedido a su familia.

—¡Tú no tienes nada que ver con ese hecho! —Aseguré, queriendo borrar esa culpa de su expresión—. En todo caso, fue el capitán Humberto quien te metió en ese lío al mandarte a salvar a Minetti. ¡Y no es por eso que lo dije!

—Dejemos eso —dijo, y supe que no lo había convencido—. Si no es por eso que lo dices, entonces ¿por qué? ¿Por Bosco y Filomena?

Negué con la cabeza, aunque ese era otro caso que ninguno de nosotros esperábamos. Personalmente entendía que era una disyuntiva que pondría a prueba a todos. Pero tampoco hablaba de eso.

—¿Te acuerdas que me recogiste de la calle, casi muerta de frío, porque me había escapado de mi casa? —pregunté de pronto, volviendo al pasado.

—Sí, ¿a qué viene eso? Llorabas que dabas pena fuera de aquel club al que fui a beber. En verdad, pensaba solo en darte mi abrigo y algo de dinero —dijo, acercándose a mí—. Pero te prendiste de mí como una lapa.

Me reí al escucharlo sin ofenderme, porque había sido verdad. Lo había seguido, y al ver al otro día las planillas de reclutamiento para el ejército, le pedí que me dejara entrar. Le aseguré que no tenía a dónde ir, y a él le pareció buena idea tener una mujer en el pelotón.

—Si llego a saber todos los problemas que me harías pasar por lo mal que te portabas, hubiese seguido mi primer instinto.

Ja, ja, ja… Sí que eras mala aprendiendo, Annette —reía divertido, recordando mis inicios, y me volvió a abrazar—.

Pero me eras muy fiel y me seguías a cualquier parte aunque supieras que podían matarte.

Estuviste conmigo en aquella pelea en que me hicieron coronel y a ti teniente.

Nunca me arrepentí después de aquello de haberte llevado conmigo.

Y no te voy a mentir, me gustaste desde el primer momento que te vi como mujer. ¿A qué viene eso?

No respondí de inmediato mientras comencé a cambiar mi ropa, sintiendo que la vida había jugado con nosotros dos.

—Bueno, nunca te he dicho por qué me escapé de mi casa —le dije, girando para verlo. Estuvo de acuerdo mientras se quitaba las botas sentado en la cama—. Lo hice porque me querían casar.

—¿En serio, por eso escapaste? —preguntó con una sonrisa.

—Sí. Lo que no puedes imaginar es con quién era que me querían casar mis padres. Todavía no lo puedo creer —solté la carcajada, negando con la cabeza con incredulidad—. ¿Por casualidad tus padres no te hablaron de comprometerte antes de que te fueras al ejército?

Asintió sin entender por qué le preguntaba.

Él tampoco había querido comprometerse tan joven y se largó esa misma noche hacia el ejército.

No quería conocer a ninguna tonta niña caprichosa que ellos le hubieran escogido, por muy Palmieri que fuera.

Llevaba ya muchos años en el ejército, y se había convertido en coronel, cuando aquella noche que salvó a Minetti selló sin saberlo el destino de su familia.

—Precisamente, aquella noche en el club fue la última que bebí pensando en esa vida que dejé atrás —dijo con melancolía—. Me había prometido no volver a pensar en eso. Al salir te encontré a ti y he sido muy feliz sin su dinero hasta ahora.

Me acerqué, disfrutando de lo que le iba a decir, porque todavía yo no me lo podía creer.

Me detuve justo frente a él, que levantó la cabeza para mirarme intrigado.

Tiró de mí por las manos suavemente, haciendo que me inclinara para besarme suavemente.

Al separarnos, me senté en sus piernas mientras lo abrazaba por su cuello.

—Pues, cariño, la tonta niña caprichosa esa que mencionas y la chica que recogiste aquella noche, que había escapado de su casa por la misma razón que tú dices que lo hiciste…

—comencé a hablar, mientras observaba la curiosidad en la mirada de mi esposo—.

Ella también les pidió que la desheredaran, que se iba a hacer su propia vida, sin saber lo duro que era la vida fuera de su jaula de oro.

Esa chica a la que hiciste militar y muy fuerte, pero sobre todo, a la que convertiste en tu esposa y en la prometida que rechazaste sin conocer, soy yo.

¡Annette Palmieri, ja, ja, ja…! No lo puedo creer.

Salí de mi casa para escapar de ti y terminé contigo. ¡Ja, ja, ja…!

—¡¿Qué?! ¿Eres Annette Palmieri, no Annette Ferrara? —preguntó Franco, realmente sorprendido—. ¿Cómo? Vi claramente tus papeles, tu identidad.

Pasé a contarle todo lo que había hecho.

Mi identidad era de una amiga mía que se parecía bastante a mí.

Ella y yo nos intercambiamos cuando escapé.

Se iría al otro día para América. Nos parecíamos tanto que no se dieron cuenta.

Además, así mis padres no me buscaban en Italia.

Por eso nadie sospechó que no era ella, porque su familia no era rica.

—Y como le di una de mis tarjetas con dinero, mis padres todavía me creen en América y le siguen mandando dinero —conté sin dejar de reírme—.

Francesco Rinaldi, la vida nos la jugó bien.

¡Ja, ja, ja…! Ambos viviendo con nombres prestados y vidas reales.

Bueno, ¿te arrepientes de haberte casado con esta debilucha niña rica?