¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 121 . UNA NUEVA ENCRUCIJADA
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121 . UNA NUEVA ENCRUCIJADA

ALESSIA:

Mientras me desvestía escuchaba la conversación fuera de mi habitación. Mi hermano y mamá seguían hablando entre ellos.

—Sí. Por eso quiero asegurarme de que mi hermana no vuelva a cometer un error de ese tamaño —siguió diciendo Kenet, y me sentí culpable—. Si quieres, vete con el tío Rufo. Yo la llevo después de desayunar. No te preocupes, que yo me encargo de mi hermana.

Mamá entró en mi habitación para decirme que se iba con Rufo y que no me separara de Kenet. Asentí un poco tímida al ver cómo ella me observaba con los ojos rojos, pero no dijo nada más. Sabía que había una conversación pendiente entre las dos, pero todo llegaría a su tiempo.

Me vestí con un conjunto de pantalones lo más sencillo y cómodo que encontré, pensando en lo que le dijo mi hermano.

¿Podría recuperar ese modo juguetón y feliz que tenía con papá y con todos?

No se me escapó cómo él me miraba cada vez que mandaba hacer los ejercicios que sabía que yo había protestado siempre, como si esperara que lo hiciera.

Bueno, podía ser que no protestara en los entrenamientos, pero quizás sí podría comportarme como era yo.

Probaría. A lo mejor era verdad lo que le dijo mi hermano: mi papá extrañaba mis cariños.

Bajé despacio hasta la primera planta y vi a papá sentado en el despacho, mirando la foto mía y de mi hermano con nostalgia.

Me di cuenta de que era verdad lo que me había dicho Kenet: mi papá extrañaba a la niña que había en mí.

Tomé aire, rezando para que todo saliera bien, y, como era mi costumbre cada mañana de toda la vida, corrí y lo abracé para luego sentarme en sus piernas. Estaba muy nerviosa, pero traté de disimular hablando muy rápido.

—¡Cómo extrañé esto, papá! Ya mamá se fue, pero mi hermano me dijo que me iba a llevar.

Me haré todas esas odiosas pruebas que sabes que no me gustan —y lo besé de nuevo.

Al ver que él me miraba asombrado sin reaccionar, pero tampoco me rechazaba, apoyé mi cabeza en su pecho y casi susurré con miedo—.

Soy tu hija, papá. No volveré a desobedecerte y aprenderé todo lo que quieras.

Pero quiero seguir siendo yo contigo, ¿puedo?

Perdóname, quiero recuperar a mi papá de vuelta.

Por favor, perdóname y deja que me comporte contigo como siempre. ¡Me equivoqué, papá, me equivoqué!

BOSCO:

Franco terminó de contar toda la historia de su familia.

Todos lo miramos en silencio, todavía sin poder creerlo, sobre todo yo, que sentía que mi Filomena se alejaba de mí a pasos agigantados.

Antes, ella solo era la chica más linda y deseada de Sutera, hija del jefe militar y hombre más temido del poblado.

Ahora era la primogénita heredera de un millonario.

Lo sabía bien. Llevaba años escuchando sobre esa fortuna que decían que era muy grande.

Hablaban de las enormes reservas de metales preciosos que nadie sabía dónde habían escondido y que todos estaban buscando desde hacía años.

No solo eso sentía que nos separaba. Era hijo de uno de los dragones de fuego, enemigo de mi suegro, que quizás estuvo involucrado con el exterminio de la familia de la mujer que amaba.

También había escuchado conversaciones de mi padre con sus socios que nunca entendí, pero que ahora cobraban un terrible sentido ante la historia que acababa de contar mi suegro.

¿Qué iba a pasar con nosotros ahora que sabían la verdad? ¡Franco y yo éramos enemigos!

—Bosco —me sacó de mis pensamientos mi suegro—. No tienes de qué preocuparte. Sé ahora mismo lo que estás pensando. Tú no eres culpable de nada. No te pediré que rompas el compromiso con Filo.

—¡Gracias, papá! —exclamó Filomena.

Ella se apresuró a decir que estaba muy asustada con todo y que conocía a su novio más que a nadie.

Vi la enorme expresión de susto y preocupación en su rostro.

¡Nuestras familias eran enemigas! Eso era una realidad.

Conocía a mi suegro, no al bueno y agradable que era con ella, sino al coronel que no le temblaba la mano para acabar con cualquiera.

Lo había visto muchas veces a lo largo de mi vida.

Por algo todos en Sutera le tenían terror y lo respetaban.

Ponía a cualquiera en su lugar en cuestión de segundos.

—No me agradezcas todavía, Filo —dijo Franco, poniéndose muy serio mientras me miraba.

Yo no le sostenía la mirada e inclinaba la cabeza ante él, sintiendo terror por lo que seguía—.

No haré que rompa su compromiso contigo porque mi familia haya recuperado el estatus.

Ni tampoco porque tú te hayas convertido en una de las chicas más codiciadas de los jóvenes de todas las esferas sociales.

Pero sí tiene que decidir si se queda a nuestro lado o regresa a Sutera y le avisa a su padre que iré con todo en contra de ellos.

—¿Qué quieres decir, papá? —intervino corriendo Filomena, colocándose a mi lado y tomándome la mano—. ¡Bosco no tiene nada que ver con lo que hizo su padre! No lo pongas a elegir entre yo y su familia. ¡Ya eligió! ¿Verdad, Bosco?

Miraba a Filomena con amor. La atraje y la abracé muy fuerte sin decir nada. Ella también me abrazó, asustada de ver la cara tan decidida de su papá y cómo su madre nos miraba con pena.

—Por favor, papá, no nos hagas esto. El alcalde es un tonto, no creo que estuviera envuelto en el asesinato de toda nuestra familia —me defendía Filomena—.

Por favor, papá…, ¿no puedes castigarlos de otra manera?

No le hagas eso a mi Bosco, papá…, mamá, ayúdame por favor…

, sabes que Bosco es mi vida, lo he amado desde niña. ¡No nos separen! Papá, te lo suplico…

Seguía abrazada de mí, que no dije nada.

Solo la estreché más fuerte, aterrado de perderla.

¿Es que acaso no estábamos destinados a estar juntos?

Me pregunté sin dejar de escuchar a Filomena, que seguía llorando rogándole a su padre para que no nos separara.

Entendía a mi suegro. Yo en su situación haría lo mismo.

Les cobraría de igual manera lo que le hicieron.

No dejaría a nadie vivo de los que osaron hacer eso.

No respondí. En ese momento estaba lleno de confusión. Una cosa fue haber traicionado a mi padre al avisarle a mi suegro lo que iban a hacerle a mi novia. Otra bien distinta era saber que los iban a asesinar y no ir al menos a morir junto a ellos, o hacer el intento de salvarlos.

—Filo, deja que sea tu prometido quien decida —dijo Franco muy serio—.

Bosco, tienes hasta mañana para decirme qué vas a hacer.

Si decides quedarte a mi lado, te integraré a mi pelotón.

Pero no lo olvides: iré en contra de tu familia y todo el que pertenezca a los dragones de fuego que exterminaron la mía.

¡Acabaré con Sutera mañana mismo! Ellos no saben con quién se metieron.

¡Mi pelotón completo me seguirá ciegamente!

—¡Papá, por favor, castígalos de otra manera! Papá, no nos hagas eso a Bosco y a mí, papá… —le pedía Filomena.