120 . UN NUEVO AMANECER
ALESSANDRO:
La hice ir para la cama y la acosté a mi lado, ya que no me soltaba.
Y como era su costumbre desde que era pequeñita, se metió en mis brazos.
Poco a poco empecé a sentir cómo dejaba de llorar y su respiración se hacía pausada.
Iba a dejarla cuando vi que mi esposa Lilian entraba y se acostaba al otro lado, así que la mañana nos tomó así, durmiendo abrazados a Alessia.
Nos levantamos y regresamos a nuestra habitación sin despertarla.
No hablamos, solo entramos en el baño en silencio.
Sabía que Lilian estaba aterrorizada por lo que pudiera hacerle a nuestra hija, mientras que yo pensaba cómo seguir educando a Alessia.
No había terminado de aprender y yo tampoco.
Me di cuenta de que, al final, ella me había ablandado.
No importaba lo enojado que estuviera. Seguía siendo mi adorada hija, siempre la amaría y apoyaría.
Solo que, por su bien, tenía que seguir enseñándole mejor.
Al despertar al día siguiente, Alessia en su ropa de entrenamiento entró en el gimnasio, donde ya estaban todos practicando.
Se había quedado dormida y yo solo la miré, inclinando levemente la cabeza en señal de asentimiento.
Ella corrió a colocarse al lado de su hermano Kenet, que le sonrió.
Pasó dos horas en el entrenamiento más fuerte que recordara.
Lo hizo todo sin protestar o hablar una sola vez, lo que hizo que todos la observaran de vez en cuando.
Ella solía protestar por todo lo que le mandaba hacer, abrazándome y besándome a cada rato. Ahora, sin embargo, hacía con el mayor esfuerzo lo que le pedía, asombrando a todos por lo disciplinada que se había vuelto y cómo luchaba golpeando a su hermano como si fuera un verdadero enemigo.
—Está bien por hoy —dije al ver cómo tomaba aire y se ponía pálida de vez en cuando, tratando de disimularlo—. Alessia, vete a bañar, que irás a hacerte un chequeo general con tu madre al hospital.
—Sí, mi Capo —respondió ella, bajando la cabeza y titubeando un poco ante la mirada que le dediqué, hasta que, decidida, se acercó y, como era su costumbre, me abrazó y susurró—. Gracias, papá, te amo.
Luego de darme dos sonoros besos en las mejillas, salió corriendo a alcanzar a su hermano que la esperaba en la puerta.
Me quedé por un momento observando cómo se abrazaban y besaban riendo felices, en medio de los regaños que le propinaba Kenet y las disculpas de Alessia que no lo soltaba.
Sus primos también la abrazaban y besaban felices.
Era un cuadro que me llenó de alegría y, al mismo tiempo, de preocupación.
Caminé despacio hacia los camerinos, disfrutando de que hubiera madurado, pero extrañando a mi niña alocada que me llenaba de besos a cada rato y hacía reír a todos con sus locuras, como su madre.
Suspiré mientras entraba en la ducha. ¿Qué debía hacer ahora?
La obligué a crecer, pero al mismo tiempo deseaba que siguiera siendo mi pequeña.
ALESSIA:
Estaba tan feliz de haber regresado a mi familia que la felicidad me inundaba y quería abrazar y besar a todos. Mi hermano Kenet me abrazó en lo que subíamos las escaleras, protestando porque no quería tenerme pegada a él todo el tiempo. Pero no me soltaba, y eso me llenaba de alegría.
—No sabes lo contento que estoy de que regresaste —dijo mientras subíamos—. Así no tengo que seguir contentando a papá.
—¿Qué quieres decir con eso? —pregunté, mirándolo confundida.
—Papá sufrió mucho por las cosas terribles que le dijiste, Alessia.
Se volvió un monstruo y no le hablaba a nadie.
Vivía en el sótano. No quieras saber lo que me costó que aceptara andar conmigo —me contó Kenet sin dejar de avanzar hacia la segunda planta—.
Ahora trabajo junto a él en la empresa y estudio en la universidad de aquí.
Así que olvídate de París, no me moveré de Roma ni tú tampoco.
Me quedé en silencio. Lo miré fijamente, viendo que era verdad lo que me decía. Luego lo abracé muy fuerte. Él me devolvió el abrazo y nos quedamos así un buen rato. ¡Nos extrañamos muchísimo!
—Nunca voy a agradecer lo suficiente a nuestros padres que me dieron un hermano como tú, Kenet —dije, con la cabeza apoyada en su pecho, y a mi memoria vino estar así en otro pecho. Gian..., ¿qué estará haciendo?
—Ni yo que me dieran una hermana como tú —contestó Kenet, haciendo que dejara de pensar en mi novio—.
Aunque, Ale, creo que tienes que tratar de comportarte como antes.
Me refiero a lo alegre. Llenar a papá de besos y abrazos les hace mucha falta, aunque no lo creas.
Yo traté, pero no es lo mismo. Te lo digo por experiencia.
Ahora estoy seguro de que papá, que nos mira desde allá abajo, me está envidiando.
Me separé de Kenet y miré a mi papá que nos observaba desde la primera planta. Le sonreí tímidamente. Él solo me miró antes de seguir hacia su despacho, lo que me llevó a abrazar nuevamente a mi hermano.
—Trataré, Kenet. No creas que me es fácil no abrazarlo y besarlo todo lo que quiero —dije, pero sentía que tenía que ser más seria—. Si por mí fuera, andaría pegada a él a partir de ahora todo el tiempo. Me temo que después de lo que hice, nada volverá a ser igual entre los dos.
—No puedes dejar que ese hecho rompa la linda relación que tenías con él, Alessia.
Te digo que tú mantienes a papá en su lado bueno.
No puedes dejar que se hunda en la oscuridad como hizo —me aconsejó mi hermano con mucha seriedad, y pude ver que era verdad lo que decía—.
Bésalo, abrázalo. Aunque te comportes bien, sigue siendo su niña, por favor.
—¿Qué hacen, chicos? —preguntó mamá al salir de su habitación en ese momento.
Se quedó en la cima de la escalera, sorprendida al vernos abrazados y conversando animadamente. Se dedicó a observarnos por un momento, hasta que vio a Rufo que se dirigía junto a Migue hacia el comedor. Al ver que volvió a mirarme, decidí responder tratando de sonar normal.
—Nada, mamá, estoy recuperando los abrazos de mi hermano que no me dio este tiempo. Ahora me baño, no me demoro —dije, le di un beso a Kenet y entré corriendo a mi habitación.
—¿Por qué me dijo eso? —escuché a mamá preguntarle a Kenet con curiosidad.
—Papá le dijo que fuera contigo al hospital a hacerse un chequeo.
Creo que en verdad lo necesita, a cada rato se ponía pálida —respondió mi hermano—.
Espérame a mí también. Voy con ustedes. Hoy no iré a la universidad, quiero saber todo lo que le pasó a mi hermana todo este tiempo que faltó. No volveré a separarme de ella.
—No la asfixies, Kenet —escuché a mamá decirle.
Pero en esos momentos, yo tenía las mismas ganas que mi hermano. No separarme de ellos un instante y hacer que me contaran todo lo sucedido cuando yo no estaba, y de paso contarles lo que me había pasado a mí.
—No lo haré, mamá. Todo lo contrario, la llevaré a los lugares que no la llevaba antes —me alegré escucharlo decir eso—. Tú deberías hacer lo mismo cuando papá lo autorice, porque por la cara que tenía, no creo que le haya levantado completamente el castigo.
—¿Lo crees? —preguntó mamá preocupada.