119 . ME EQUIVOQUÉ PAPÁ, ME EQUIVOQUÉ
ALESSIA:
No podía creer que había regresado a mi casa.
Era muy tarde y todos dormían. Después de tomar un largo baño, me acosté en mi cama y me quedé profundamente dormida.
Era como si todo el tiempo que falté no hubiera existido.
No supe cuándo mamá subió a verme y me arropó, agradecida de que hubiera regresado.
Luego salió y esperó nerviosa a papá, quien no había llegado. También se quedó dormida en su espera.
Estaba muy ansiosa por saber cuál sería la reacción de él de ahora en adelante conmigo.
Yo dormía apaciblemente en mi cama. Sin embargo, dentro de mi sueño, podía sentir una presencia que me observaba.
Abrí los ojos y allí, a los pies de mi cama, sentado e inmóvil, estaba mi padre.
No se movía, solo me miraba en silencio.
Mi primera reacción fue saltar y correr a abrazarlo, llorando.
Lo llené de besos sin que él se moviera un ápice.
Luego me bajé de la cama y me arrodillé a sus pies.
—Perdón, papá, perdóname. ¡Me equivoqué, papá, me equivoqué!
—dije entre lágrimas, sin obtener respuesta, por eso seguí hablando—.
Sé que no me merezco un padre como tú, lo sé muy bien ahora.
Y contrario a lo que puedas pensar, te estoy muy agradecida por esta lección que me diste.
¡Gracias, papá, muchas gracias! Como has hecho toda tu vida, me demostraste cómo realmente es, y aunque pudiste hacerlo antes, comprendo por qué no lo hiciste hasta ahora.
Guardé silencio para ver si decía algo, pero él seguía solo mirándome fijamente en silencio, sin dejar que un solo músculo de su cara se moviera, como si fuera una estatua en medio de la semioscuridad de mi habitación.
Al ver que no decía nada, me llené de valor y seguí hablando, queriendo decir todo lo que tenía encerrado en mi pecho.
—Sobre todo, papá de mi vida, quiero decirte que todo lo que te grité es mentira.
¡Te lo juro! Te amo más que a nadie en este mundo.
Eres mi adorado papá al que jamás debí gritarle que lo odiaba, porque es mentira.
¡Te amo, papá, te amo con todo mi corazón!
—aclaré desesperada, caminando arrodillada a su encuentro, pero sin tocarlo.
Él seguía sin reaccionar, por eso proseguí—.
Sé que te herí mucho al gritarte sin pensar aquello, y que me merecía el castigo que me diste o cualquier otro que me des.
Los acataré sin chistar. Juro que a partir de ahora jamás volveré a dudar de tu palabra.
Porque gracias a todo lo que me enseñaste, logré sobrepasar todas las pruebas que me puso la vida.
¡Por favor, papá, perdóname! Esta vez sí me equivoqué, papá, ¡me equivoqué!
Papá se levantó y comenzó a caminar por la habitación, alejándose de mí.
Lo observaba viendo que estaba muy emocionado de escucharme decir todo aquello.
Quizás hasta quería abrazarme fuerte y llenarme de besos.
Decirme que hacía mucho que me perdonó, que no me culpaba de nada.
Tal vez, que era él quien tenía la mayor culpa por no haberme educado como debía.
Pero se aguantaba. Sabía que yo todavía no había aprendido lo que era la obediencia total, que tenía que demostrarle que confiaba en él ciegamente.
Yo no me movía. Permanecía arrodillada en mi lugar con las lágrimas rodando por mis mejillas. Aunque me imaginaba todo eso, ahora sentía que aún no me había perdonado y que quizás nunca lo haría. Por eso seguí hablando como acostumbré toda mi vida a hacer con él.
—Sabes, papá de mi corazón, no sabes lo mucho que te he extrañado.
Tanto que creía que iba a enloquecer. Todo me recordaba a ti: tus enseñanzas, tus cuidados, tu amor.
Soñaba contigo cada noche, me enfermé mucho y te sentía a mi lado cuidándome como cuando estabas aquí —sollocé sin poder contenerme—.
Tuve una terrible pelea con un bruto y escuchaba tu voz guiándome.
Por poco muero, papá, pero Ray me salvó.
Hubiese querido que me hubieras visto. Apliqué cada una de tus enseñanzas.
Si no hubiera estado tan cansada y débil por no haber comido todo el día, te habría hecho orgulloso de mí, porque podría haberlo vencido.
Gracias, papá, por entrenarme como lo hiciste.
Si no lo hubieras hecho así, no estaría aquí ahora.
—Duérmete, mañana hablaremos —dijo de pronto, y trató de marcharse, pero corrí y lo abracé por la espalda.
Papá se tensó al sentirme, pero no giró. Se quedó quieto escuchando mis sollozos en su espalda. Me sentía como la niña pequeña que él abrazaba cada vez que me acercaba.
—Espera, papito, deja que te abrace un poco más.
Por todos los abrazos que no te di estos meses —y lo estreché fuerte, sintiendo su cuerpo rígido, pero no se alejó, por eso seguí hablando—.
Papá, sé que aún estás molesto, y no te estoy pidiendo que me perdones ahora mismo.
Solo que me des la oportunidad de ganarme tu perdón.
Lo único que quiero es que me dejes amarte como antes. Por favor, papá.
Seguí hablando sabiendo que me escuchaba. Le dije que ahora sabía que me amaba más que a nadie en el mundo y que todo lo que hacía era por ese gran amor que me tenía.
—Comprendí que aparecías donde quiera que yo estuviera por ese amor.
Aprendí que si me llamabas con tanta insistencia hasta que te contestara, era por el miedo que tenías a perderme —lo estreché más fuerte, echándome a llorar sin vergüenza—.
Sé que me complacías en todo, aún en contra de lo que tú considerabas correcto, por ese gran amor que me tienes.
Lo entendí muy bien, papá, y me arrepiento de no haber apreciado en verdad todo eso que me dabas, y de creer que era tu obligación complacerme por ser mi padre.
Se hizo un silencio en que solo se escuchaban mis sollozos y su respiración agitada.
Pero seguí diciendo que comprendía que cuando me decía que hiciera algo no era por salirse con la suya, sino porque consideraba que era lo mejor para mí.
Ahora le agradecía que me obligara a cumplir con todo, como fue lo de ponerme ese aparato en la muela, entrenarme hasta el cansancio como un hombre, decirme cómo en verdad es la cruel vida.
—¡Te juro que lo entendí y aprendí la lección, papá!
Ahora sé lo que es el verdadero amor porque lo aprendí de ti, por eso…
—Me detuve un poco, temerosa y sollozante, y lo estreché más para, casi con un hilo de voz suplicante, decir—: Por favor, papá de mi alma, ¿puedes...
, sniff..., puedes, sniff..., puedes, aunque estés molesto, girarte y abrazarme, papá, por favor?
No sabes el miedo que he pasado sin ti, sniff...
, sin poder refugiarme en tus brazos, sniff...
, que es el lugar del mundo más seguro para mí, sniff...
Por favor, papá, dame un solo abrazo que no signifique nada, ¿sí?
Sniff..., en verdad lo necesito mucho, papá, sniff... Necesito a mi papá, sniff...
Terminé de hablar y me eché a llorar, soltando todo el miedo que había tenido retenido lejos de él, del que me di cuenta ahora que estaba abrazada a su cuerpo.
Papá, por un momento, se quedó quieto. Luego se giró y, sin decir nada, me abrazó muy fuerte, haciendo que yo llorara aún más sin dejar de pedirle perdón.
—Sss..., deja de llorar, anda, van a pensar que te estoy matando —susurró con voz ronca—. Vamos, acuéstate, mañana será otro día y hablaremos con más calma.
—¿Puedes dormir conmigo, papá, al menos hasta que me duerma?
¡He tenido un miedo atroz todo este tiempo lejos de ti!
—Confesé sin vergüenza—. Por favor, papá, no te estoy endulzando, te lo juro.
Solo…, solo…, ¡te extrañé tanto, papá, tanto que creí que iba a morir!
No sabes lo arrepentida que estoy de haber sido tan malcriada y desobediente.
¡Nunca más tendrás una queja de mí, te lo juro, papá! ¡Confiaré y te obedeceré ciegamente!
Ahora que me tenía delante, así suplicando con la cara llena de lágrimas como si fuera una niña pequeña desamparada, pudo ver que era sincera. Yo sufrí terriblemente lejos de él, y la culpa de haber sido tan rudo lo golpeó. Me volvió a abrazar muy fuerte.
—¡Me equivoqué, papá, me equivoqué! —susurré abrazada a él, con la cabeza en su pecho.