¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 118 . ERES UNO DE NOSOTROS
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118 . ERES UNO DE NOSOTROS

ALESSANDRO:

Franco me miró sin entender. Me incliné y le mostré el mismo tatuaje en mi nuca. Le expliqué que ese tatuaje decía que él tenía que asumir, al faltar su padre, el cargo de él en la organización que dirijo los dragones. Me quedé pensativo. Rufo y yo contamos diez.

—Ahora entonces tenemos que ver algo muy importante —dije pensativo—.

¿Qué dragón se benefició cuando tus padres desaparecieron y ha estado usurpando ese lugar?

Eres un dragón de los míos, Franco, si decides aceptar.

No te obligaré a nada. ¡Tú eres el dragón desaparecido que mi padre no se cansa de decir que falta todos estos años!

Ahora todo depende de ti. Si quieres asumir, bienvenido. Si no, no hay problemas.

—Lo pensaré, Alessandro —dijo al fin—. Toda mi vida he estado del otro lado de la mafia. ¿Ahora puedes llevarme a ver a mi verdadera hija? Creo que por hoy son demasiadas informaciones. Lo analizaremos bien otro día. ¿De acuerdo?

—Como quieras, vamos —dije, recogiendo todo—. Tu Alessia está en el hospital de Rufo.

Nos pusimos de pie y salimos. Humberto y Ray nos acompañaron al hospital. Rufo, al enterarse por una llamada que le hice, con quién iba y lo que harían, nos estaba esperando en la entrada. En cuanto vio que se bajaba Franco, vino a su encuentro.

—¡Francesco Rinaldi, hasta que al fin apareciste! —exclamó con una gran sonrisa.

—Rufino, me alegra ver que te encuentras bien —contestó Franco, más relajado.

Ambos se fundieron en un abrazo, dándose palmadas en la espalda.

Luego nos introdujimos en el hospital. Otra vez dejamos a Ray con Humberto afuera, mientras seguimos a Rufino hasta una habitación en un área privada.

En ella, una joven muy hermosa que era casi la copia de Alessia dormía apaciblemente.

—Llegamos —anunció Rufo—. Ahí la tienen.

Nos adentramos en la habitación hasta detenernos al lado de la cama. Franco se quedó observándola un momento, luego se adelantó y le acarició el rostro con suavidad. Su pelo era rojo, y enseguida descubrió un lunar que él tenía en el hombro y que heredara también su otra hija Filomena.

—Rufo, ¿por qué se parece tanto a Alessia Minetti? —Hizo la misma pregunta que nos habíamos hecho nosotros—. No recordaba que de niña fuera así.

—Le hicieron cirugía plástica —contestó Rufo.

—¿Qué locuras se les estarían ocurriendo con mi hija a esos dos locos? —preguntó Franco, y la volvió a acariciar con cariño y lástima en sus ojos—. ¿Cómo la ves? ¿Quedó muy mal del accidente? Alessandro me dijo que fue muy grave y por lo que veo...

—Está evolucionando bien —se apresuró a aclarar Rufo—.

Se había golpeado seriamente la cabeza. No sabemos ni cómo pudo caminar hasta donde la encontró Alessandro.

Además, tenía, como puedes ver, un brazo y unas costillas partidas, y un disco de la columna afectado.

Por eso está enyesada así como la ves. Se ve muy aparatoso, pero reparamos bien todo.

Todavía no puedo darte un veredicto, aunque te dije que está evolucionando bien.

Esa lesión en la cabeza puede que la haga perder la memoria.

Franco se giró para enfrentar a Rufo con la mirada llena de interrogantes.

Siguió escuchando con atención todo lo que le explicó.

Su hija estaba tan mal cuando llegó que tuvo que ser operada urgente para detener la enorme hemorragia.

A pesar de todo el esfuerzo que hicieron los doctores, quedó en coma.

Hacía solo un día que despertó, y las cosas que le habían preguntado no las supo responder, ni siquiera su nombre.

—Parece que tiene seriamente afectada esa área. Pero hay que esperar a ver qué pasa —siguió explicando Rufo—. Se está recuperando lentamente.

—¿Cuándo puedo llevármela? —preguntó Franco.

—Bueno, todavía no es aconsejable. Debo seguir observándola, y ahora más que sé que es tu hija, me esmeraré a fondo para que quede lo mejor posible —aseguró Rufo con sinceridad—.

Volveré a investigarla de nuevo, Francesco.

Confía en mí. No sé si recobrará su memoria o si la perdió del todo, pero haré todo lo posible porque tenga una vida lo más normal posible.

Franco volvió a observar a su hija dormida en la cama. Le acarició el rostro con suavidad, tratando de reconocerse en ella. Suspiró con expresión culpable antes de volver a dirigirse hacia nosotros.

—Muchas gracias, Rufino, y tú también, Alessandro —extendió una mano hacia nosotros que estrechamos con firmeza—. Si no llega a ser porque la encontraste, estaría muerta, por lo que veo. Soy yo el que tiene una enorme deuda con ustedes.

—No digas eso, Francesco. Te debemos la vida. Pero ahora mismo hay algo muy serio que tienes que ver —dijo Rufo, giró con cuidado a la joven y mostró su espalda—. ¿Por casualidad sabes qué significa esto?

Franco se acercó despacio y se quedó mirando lo que le mostraba Rufo en la espalda de su hija.

Negó con la cabeza. En verdad no sabía nada de esa joven que creía su sobrina y que resultó ser su hija biológica.

El corazón se le encogió de solo pensar en todo lo que había aprendido hasta entonces y lo que le hicieron a su hija.

Apretó la mandíbula mientras cubría a su hija con la sábana.

Respiró profundamente mientras sintió que su mundo se redujo a esas marcas en la espalda de Alessia.

Toda la piel pálida parecía latir. Cada marca contaba una historia que ninguno de ellos se atrevía a imaginar, pero que cada uno había visto en otras víctimas.

Nos quedamos en silencio, demasiado denso y cargado de pensamientos que ninguno ponía en palabras. Franco se alejó dos pasos de la cama y se dejó caer en la silla más cercana. Se llevó ambas manos al rostro y, con un suspiro pesado, trató de ordenar sus pensamientos.

—No, no puede ser. Todo esto no tiene sentido —murmuró sin levantar la cabeza, visiblemente atormentado—. ¿Qué demonios pretendían hacer con mi hija? ¿Estás seguro de que es mía?

—¿Qué quieres decir, Francesco? —preguntó Rufino—. ¿No te dieron las pruebas de paternidad?

—¡Me las dieron! —exclamó Franco, alzando la mirada—. Pero no me reconozco en esa chica. ¿Están seguros de que es ella?

—Si quieres podemos repetir la prueba de paternidad —sugirió Rufo—. Todavía va a estar muchos días aquí. La voy a ordenar ahora mismo.

Franco lo miró unos instantes, luego a la joven que seguía dormida apaciblemente en la cama sin saber lo que sucedía a su alrededor. Asintió a la propuesta, acariciando la mano de su hija.

—De acuerdo. Aunque su cabello es igual que el de mi mamá, necesito esa prueba. Después de todo lo que me han contado que hicieron mi hermano Ronaldo y Eleonora —su tono era triste—. ¿Y si es otra chica y no mi hija?

—Tiene lógica. Aunque la encontré cerca de donde estaban ellos —añadió Rufo—. Ella perdió la memoria sobre lo que ocurrió y cómo llegó hasta ahí, pero las heridas en su cuerpo podrían implicar algo más que un simple accidente. Además, es cierto que le hicieron cirugía plástica. Le haré la prueba.

Francesco se puso de pie. Estaba visiblemente nervioso. Se giró hacia la joven, tan frágil e indefensa sobre la cama. Se movía casi imperceptiblemente. Parecía estar atrapada en un sueño confuso que no terminaba nunca.

—Quiero saber la verdad —dijo con seriedad—. Ahora salgamos. Debo asegurarme de que mi familia está segura. Deben estar muy asustados.