¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 117 . TU HERMANO ES ADOPTADO
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117 . TU HERMANO ES ADOPTADO

ALESSANDRO:

Seguí contando que el banco no pudo encontrar las pruebas de que en verdad estaban muertos él y Ray, y no le dio el dinero. Mi abuelo sabía que había salvado a su primo y a su hermano. También que se escondía en alguna parte del vasto mundo.

—Además, como puedes ver en esta copia del testamento, está estipulado por tu padre que el heredero debe ser un Rinaldi hombre —seguí mostrando todas las pruebas—. Creo que sabes el motivo.

—No tengo ni la menor idea de por qué papá hizo eso —dijo, tomando la copia del testamento—. ¿Entonces por qué no se la dieron a mi hermano al ver mi certificado de muerte?

—Él no tiene derecho de heredar a tu papá —dije, revolviendo los papeles para mostrar otra prueba de paternidad.

—¿Por qué dices eso? —Me miró con recelo—. Tiene tanto derecho como yo, era mi hermano menor.

Esa afirmación me tomó por sorpresa. Lo miré fijamente por varios minutos con la prueba de paternidad en mis manos. Antes de entregarla, lo miré con algo de dudas en mi mente.

—Nunca te preguntaste, ¿por qué tu hermano te engañó para que embarazaras a su mujer? —Le solté la pregunta para ver si estaba fingiendo no saber.

—¡Claro que lo he hecho! —exclamó de repente—.

Pensé que era estéril y no averigüé más.

¿Por qué engañarme a mí para tener un hijo, si él podía?

Además, Ronaldo solo tenía que pedirme que viniera a reclamar esa herencia para él.

Yo renuncié a todo eso. Creo que esas informaciones tuyas tienen error.

Otro debe ser el motivo para que mi hermano y su esposa me engañaran como lo hicieron.

No respondí de inmediato. Eran demasiadas informaciones que yo tenía y que él comenzaba a sospechar que eran inventadas. Suspiré mientras le decía que era evidente que su hermano Ronaldo no quería que supiera que existía ese patrimonio a su nombre. Lo quería para él.

—Me da mucha pena decirte esto, Franco —dije muy serio—. Ronaldo no era tu hermano biológico. Tus padres lo adoptaron y no entraba en el testamento de los Rinaldi.

—¡Eso es mentira! ¿De dónde sacaste tamaña calumnia? ¡Ronaldo es mi hermano menor, recuerdo muy bien a mi madre embarazada! —Gritó realmente molesto Franco.

—Es verdad, ella estaba embarazada —dije, entregando todos los registros del hospital—. Pero perdió al bebé en el parto. Habían dejado a Ronaldo abandonado y tus padres lo adoptaron.

Seguí explicando con naturalidad sin inmutarme ante la reacción de Franco. Continué mostrando todas las pruebas de lo que decía. Aunque él las tomó y me miró todavía desconfiando.

—Todo esto lo hemos verificado muy bien —aseguré con seriedad—. Por eso fue que te hicieron acostarte con tu cuñada y embarazaste a Eleonora de tu hija.

Le extendí todas las informaciones que habíamos recuperado a través de todos los años en que tratamos de averiguar lo que había pasado con los Rinaldi y con Franco.

Luego, cuando apareció Ronaldo reclamando la herencia, lo investigamos a él también.

Sabíamos desde un inicio, porque los padres de Franco pertenecían a los dragones y solo los Minetti conocíamos esa identidad, que solo Francesco heredaría al dragón de la décima.

Y de faltar él, le seguía cualquier otro Rinaldi hombre. En este caso, su primo Ray.

—¿Esto lo investigaste durante todos estos años? —preguntó Franco sin dejar de leer lo que tenía delante.

—Lo hice porque teníamos que saber qué ocasionó el exterminio de los Rinaldi.

Mi abuelo se empeñó en saber quién había hecho una cosa como esa y el motivo, que nunca logramos saber cuál era hasta ahora —respondí con honestidad—.

Todo fue porque les interrumpiste los planes a los dragones de fuego de eliminarme.

¡Ese fue el motivo por el que exterminaron a toda tu familia!

—¿Estás seguro de que todo eso que dices de mi hermano Ronaldo y su esposa Eleonora es verdad? —preguntó sin dejar de mirar la investigación en sus manos.

Asentí. Estaba muy seguro. Lo habíamos comprobado a través de los años de investigación varias veces. Todo era un complot de los dragones al mando del dragón de fuego para apoderarse de la fortuna de los Rinaldi y los Minetti. Porque si yo fallecía, solo quedaba mi abuelo.

—Me duele ser el que te diga que tu hermano participó de todo —dije, sabiendo lo que significaba la traición de un ser querido—.

No te preocupes, no lograron nada, como te acabo de decir.

Tu dinero está muy seguro en mi banco. Te lo entregaré en cuanto quieras, al igual que todas las propiedades de tu familia.

—¿No tienes dudas de que mi hermano Ronaldo me traicionó de esa manera? —preguntó de nuevo, sin poder creer lo que tenía delante—. No puedo creer que el hermano que terminé de criar haya hecho eso que dices.

—Ninguna. Él sabía que era adoptado desde el mismo momento que, recién casado con Eleonora, regresó de América y vino a reclamar la herencia al enterarse de que estaba aquí —respondí, señalando los papeles—.

También se llevó una gran sorpresa. Al parecer, tus padres nunca se lo dijeron.

Luego aseguró que tú estabas muerto, que te habían asesinado junto a toda la familia, cosa que sabíamos que no era así.

Franco no podía creer todo lo que le decía.

Miraba las pruebas que le entregué, todavía sin tener conciencia de que había estado siendo engañado toda su vida.

Sabía que tenía muchas preguntas en su mente, y yo también.

¿Por qué sus padres no le dijeron que su hermano era adoptado?

Pero lo más importante, ¿por qué no le confesaron que pertenecían a los dragones?

Quizás no se hubiese marchado para el ejército si le llegaban a decir que su vida estaba ligada a esa organización.

Pareció que se acordó de algo y me miró fijamente.

No pregunté. Esperé con paciencia a que dijera lo que pensaba hacer.

—No sé si esto tiene que ver con lo que estamos hablando —comenzó a decir—. Pero a lo mejor sabes de algo que tengo y siempre he querido saber qué es.

—Pregunta, si sé, te diré —contesté sin dejar de mirarlo.

Franco se inclinó hacia delante, abrió su cabello en la base de su cabeza y me enseñó una marca que conocía muy bien. Solté la risa, más tranquilo al verla.

—Amigo mío, te pasó igual que a mí —dije, un poco más relajado—. Estaba escrito que me salvaras. ¡Eres el heredero legítimo de un dragón de la décima! Solo los Minetti sabemos quiénes son los nuestros, y esa marca lo confirma todo. Ahora sí no tengo dudas. ¡Lo eres!