116 . DOS GRANDES HOMBRES
ALESSANDRO:
No contesté enseguida. También llevaba muchos años averiguando ese exterminio.
Me recosté en el sillón. Estaba satisfecho de que Franco hubiera reaccionado tranquilo.
Y como el hombre inteligente que era, hizo las preguntas correctas.
Dije la teoría que teníamos. Cometimos un gran error: no acabamos con el infeliz que lo reconoció y lo llamó Francesco Rinaldi.
—Ese chico te reconoció —dije con sinceridad—. De seguro avisó que eras de mi gente. Con ello provocaste que el dragón de fuego que movía los hilos detrás de esa emboscada eliminara a toda tu familia en venganza.
—¿Estás seguro? —preguntó con el rostro sombrío—. No me parece tan simple, debe existir algo más. Bueno, eso lo vamos a averiguar. ¿Ahora qué vamos a hacer?
Sonreí al escucharlo. Nos había salvado a Rufo y a mí. También había cuidado de mi hija en medio de un nido de enemigos en Sutera. Por eso tenía una enorme deuda de gratitud con él.
—Te resarciré con creces, Franco —aseguré con firmeza—. No puedo devolver la vida de tu familia que perdiste, pero no dejaré que la que has creado ahora te la maten. Te doy mi palabra. Ahora, si deseas, vamos para que veas a tu verdadera hija.
Guardó silencio por un momento, sopesando todo lo que le había dicho. Sabía que estaba procesando todo lo que le había contado. Esperé con paciencia. Era demasiado para procesar de una vez. Al fin se puso de pie y preguntó cómo estaba su hija.
—Tenía grandes heridas en la cabeza, pero mi Consiglieri Rufino, que es el otro que salvaste —le contesté, caminando hacia la puerta—. Rufo es un tremendo neurocirujano y es quien la atiende. Mi esposa también lo es. Ellos la operaron. Está recuperándose todavía en el hospital.
—¿Rufino es doctor? —preguntó Franco mientras me seguía.
—Sí, de los mejores que existen —aseguré—. Él la salvó cuando me la llevé. Pero tu Alessia no está bien. Estuvo todo este tiempo en coma. Me dijo Rufo que se despertó ayer.
Me puse de pie y caminé hacia donde estaba. Estaba de pie en medio de mi despacho, pensativo. Vi cómo apretaba su mandíbula y sus manos. Permanecí en silencio, dándole el espacio que necesitaba.
—¿Mi esposa Annette y mi otra hija Filomena con su novio, a dónde los envió? —preguntó con seriedad.
—A una casa nuestra muy segura. No te preocupes, eres mi hombre. Nadie se atreverá a tocarte de ahora en adelante —dije con firmeza.
—¿Su hombre? —preguntó Franco y se quedó observándome pensativo.
Lo comprendí. Toda su vida fue un militar.
Siempre le gustó ser un hombre de la ley, no un mafioso.
Era algo que debería pensar detenidamente.
Recorrió con su mirada alrededor mientras volvía a detenerse.
Aprecié que se sentía realmente cansado.
Detuvo su mirada ante el retrato de mi difunta esposa Celia y Alessandrito.
—¿Qué hace esa foto aquí? —preguntó para mi sorpresa.
—¿Qué quieres decir? —Me acerqué hasta detenerme a su lado—. Ella es mi difunta esposa Celia y mi primogénito. Murieron en un accidente. ¿Por qué? ¿La conoces?
—¿Fue contigo con quien la casaron? Vaya, no tenía ni idea. Otro día hablamos de eso. En cuanto a si soy tu hombre…
—Perdón, creí que estaba ese punto claro —lo interrumpí—. Pero si no quieres ser un dragón, no hay problemas. Te ayudaré a vivir seguro y bien. Por cierto, tu fortuna está en el banco de mi familia.
Se giró rápidamente, cambiando su expresión drásticamente.
Vi que no tenía ni idea de lo que le estaba hablando.
Por la manera en que me miró, comprendí que era verdad que no sabía nada de eso, por haber abandonado a su familia muy joven.
Pero no solo eso. Tuve la impresión de que Franco no tenía ni idea en qué estaban metidos sus padres.
—¿Qué quieres decir con eso? ¿Qué fortuna? —preguntó, realmente sorprendido y lleno de incredulidad.
—¿No sabes que tus padres eran dragones? —Se lo pregunté directamente. No quería esconder nada más de él.
—¿Dragones? ¿Papá y mamá? —Y por primera vez lo vi reír a carcajadas, negando con la cabeza—. No me hagas reír, Alessandro. A mis padres solo les interesaba su mundo de joyas. Dragones…, ja, ja, ja… No me vengas con eso, Minetti, que no te lo voy a creer.
Lo dejé reír. En verdad tenía razón en pensar que le mentía. Mis recuerdos de la familia Rinaldi eran muy escasos. Ellos fueron muy amigos de mis abuelos, tenían negocios en conjunto y nos visitábamos en ocasiones. Francesco y yo jugamos de niños, luego perdimos el contacto.
—No estoy jugando. Compruébalo tú mismo —fui hasta mi buró, abrí una gaveta y le alargué las fotos de sus padres, mostrando sus enormes dragones en la espalda—. ¿En serio no lo sabías?
—¡Vaya, esto sí que no me lo esperaba! —contestó sin dejar de mirar las fotos con incredulidad—.
Te juro que no sabía nada. Ahora entiendo muchas cosas, sobre todo por qué no querían que entrara en el ejército.
Por eso me fui muy joven de la casa y me enrolé, renunciando a la familia Rinaldi.
Lo otro que supe era que lo habían perdido todo y luego el asesinato.
Volví a sentarme al ver que yo sabía muchas cosas que él ignoraba. Quería al fin decirle todo. Franco, al verme, tomó asiento delante de mí con las fotos de sus padres en sus manos.
—¿Entonces no sabes que primero tu hermano Ronaldo vino a reclamar la herencia diciendo que estabas muerto? —pregunté de nuevo.
—¿Ronaldo hizo eso? —Negó con la cabeza—. No, nunca me habló de nada. ¿Cuándo pasó?
Busqué entre mis papeles donde tenía anotado todo. Le mostré los papeles de petición que hizo justo después de regresar de América, unos cuantos años después de la muerte de su familia.
—¿Entonces me imagino que tampoco sabes que, al no conseguirlo para él, años después volvió junto a Eleonora, su esposa, con una bebé que dijeron que era la única Rinaldi que quedaba, y trataron en varias ocasiones de reclamar el dinero durante todos esos años? —Lo miré frunciendo el ceño.
—¿Qué es lo que dices? —preguntó Franco—. Explícate mejor, no estoy entendiendo nada. ¿Ronaldo vino con mi hija Alexcía a reclamar la herencia? ¿Cómo sabes eso?
Le conté que todos esos años, desde que me salvó, lo había estado buscando. Mi abuelo, cuando sucedió el exterminio de los Rinaldi, hizo todo lo posible por saber qué había sucedido. Y le mostré todo lo que investigué en esos años que lo había buscado.
—Tengo aquí las pruebas —dije, mostrando todo—. Mira, tu hermano entregó estas pruebas de paternidad que aseguraban que Alessia era tu única heredera. Y mira esto, son unos certificados de defunción tuyos y de Ray.
—¿No me digas? —preguntó con los dientes apretados.