¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 115 . SECUELAS DEL PASADO
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115 . SECUELAS DEL PASADO

ALESSANDRO:

Después de asegurarme de que Alessia había llegado bien a mi casa, regresé a la empresa donde me esperaba Humberto en compañía de Franco y su primo Ray. Antes de llegar, escuché la conversación que mantenían en el interior de mi despacho.

—¿Qué está pasando, Humberto? —preguntó Franco.

—Es una historia que no me toca decirle, mi coronel.

Solo quiero que sepa que mi encuentro hoy no fue casual.

Fui a verlo expresamente para cerciorarme de que era usted.

Espere que llegue mi jefe y lo entenderá todo —escuché a Humberto hablar, lleno de culpa—.

Perdón, mi coronel. ¡Le juro que no tenía ni idea de que al envolverlo en aquella batalla lo iba a destruir como lo hice!

Antes de que Franco respondiera, empujé la puerta y entré para ver a mi hombre arrodillado a los pies del coronel, quien lo observaba con los brazos cruzados, muy serio. Al verme entrar, Humberto se puso de pie.

—¡Vaya, Francesco, sí que te haces difícil de encontrar! —dije con una amplia sonrisa, extendiendo mi mano, que él estrechó sin dejar de observarme con el ceño fruncido—. Soy Alessandro Minetti. ¿Por qué no viniste a buscarme? Te di mi tarjeta para que lo hicieras.

No respondió de inmediato. Me estrechó la mano con firmeza mientras no dejaba de observarme, como si estuviera buscando mi imagen en su memoria.

—¿Usted es Alessandro Minetti? ¿De los Minetti, Minetti? —preguntó Franco, cambiando su semblante—. Perdí todas mis cosas y en ellas estaba esa tarjeta que menciona, que nunca leí. Le dije bien claro que no me debía nada, sino a Humberto, que fue el que me pidió que fuera por ustedes.

—¡Lástima! Bueno, eso no es importante ya, sino que al fin te encontramos. ¿Y este debe ser Ray, tu primo? —pregunté y le estreché la mano—. No es que desconfíe de él, pero ¿puedes dejarnos un momento a solas, Ray? Humberto, llévalo a la cafetería.

Era evidente que Ray no entendía nada, sobre todo por qué llamaban a su primo Francesco. Miró a Franco, quien le dijo que sí con la cabeza, que después le explicaría. Junto a Humberto, se retiró. Una vez que la puerta se cerró, le indiqué a Franco que se sentara y yo lo hice frente a él.

—Hablemos, Francesco —dije con honestidad.

—Dígame, Franco, señor Minetti —me pidió, todavía sin dejar de observarme con recelo.

—De acuerdo, y tú dime Alessandro. Te debo la vida —correspondí a su petición—. Y no solo la mía. Me has hecho un gran servicio del que te estaré eternamente agradecido.

—¿Un servicio? —preguntó con desconfianza—. No le estoy entendiendo, señor…, digo, Alessandro. ¿Qué servicio pude hacerte yo en Sutera?

—Primero tengo que disculparme contigo por haber hecho lo que hice.

Sé que no estuvo bien —me detuve mientras respiraba profundamente.

Ese hombre no era cualquiera, lo podía ver—.

Estaba muy molesto cuando tomé todas esas decisiones erróneas.

Por favor, perdóname. Te aseguro que no lo hice premeditado y que si llego a saber quién eras, hace mucho tiempo que hubieras estado a mi lado, protegido.

Terminé de hablar y me incliné levemente ante Franco, que me observaba desconfiado.

Había algo en mí que le decía que no era un mero negociante.

Tenía buena vista para reconocer a un fuerte contrincante, y yo, Alessandro Minetti, lo era.

Por eso se enderezó, me miró directo a los ojos y, sin pizca de miedo, me encaró.

—Alessandro, creo que le estás dando demasiadas vueltas al asunto. Soy un hombre que habla sin miedo de frente —habló con firmeza—. Dime qué fue lo que me hiciste.

—Alessia… —comencé a decir.

—¿Qué hay con mi hija? —me interrumpió.

—Eso, que no es esa Alessia tu hija —dije mirándolo fijamente—. Es la mía.

—¿Qué quieres decir con eso? —Los ojos de Franco se entrecerraron y pude ver cómo sus pupilas se contrajeron—. Explícame para entender qué quieres decir con eso.

Me quedé en silencio y luego empecé a relatarle todo lo que pasó con mi hija desde el momento en que la raptaron y el porqué de mi reacción.

Le conté que iba conduciendo cuando encontré a su hija Alessia Moret tambaleándose toda ensangrentada en medio de la calle, y que más adelante, al continuar, vio desde lejos lo que le sucedió a su hermano Ronaldo y a su cuñada Eleonora.

—La tengo ingresada en el hospital —confesé con sinceridad.

Franco se quedó mirándome muy serio. Era evidente que estaba muy molesto de que hubiese hecho pasar a mi Alessia por su hija. Al mismo tiempo, pude ver que estaba realmente agradecido por haber salvado y cuidado de la suya todo ese tiempo.

—¿Estás seguro de eso, Alessandro? —Asentí—. ¿Cómo está mi hija? ¿Viste qué sucedió?

—Tu hija sigue en coma, pero estable —seguí explicando—.

Ella logró decirme algunas cosas. Mencionó el accidente, luego encontré el número del abogado en su bolsillo, que me dijo todo lo demás cuando lo llamé.

Al ver que estaba muy mal, llevé a tu hija al hospital de mi familia y te llevé la mía como si fuera ella.

¡Te juro que no sabía toda la situación de Sutera!

Franco apretó la mandíbula, pero no dijo nada. Continué contándole todo lo que hice en Sutera y expliqué que era yo quien entraba a quedarme con Alessia en su cuarto. Además, le dije que no sabía que aquello era un nido de dragones, por lo que estaba realmente agradecido de cómo protegió a su hija.

Franco guardó silencio, escuchándome y apretando las mandíbulas.

Apreciaba que tenía sentimientos encontrados.

Quería romperme la cara por utilizar a su familia como si fueran nada.

Y por otra parte, ¡su hija estaba viva gracias a mí y me necesitaba para salvar a todos!

Por eso se aguantó mientras me escuchaba hasta que terminé.

Es decir, ¡que su vida se fue al traste las dos veces que chocó conmigo, Alessandro Minetti! Pensé.

—Voy a hacerte una pregunta y quiero que me la contestes honestamente —habló después de guardar silencio un rato—.

¿Quién eres en realidad, Alessandro Minetti, para que el hecho de salvarte haya provocado la desaparición de toda mi familia en aquel entonces y ahora la destrucción de mi tranquila vida en Sutera?

¿A quién cambié por mi carrera y toda mi familia?

Me quedé en silencio mirándolo, luego solté todo mi aire y me puse de pie.

Sabía muy bien que tenía que decirle toda la verdad a mi salvador, pues no se me escapaba el brillo de rabia en su mirada y cómo apretaba las mandíbulas.

Me quité el traje y, por último, le mostré mi enorme dragón negro en la espalda.

Franco abrió los ojos y comprendió por qué Alessia estaba tan segura de que aquellos dragones no eran míos.

—¿Eres tú? ¿El dragón número uno? —preguntó, como si no lo pudiera creer. Aunque conocía la respuesta, tenía necesidad de escucharla.

—Sí, soy Alessandro Minetti, el Capo di tutti i capi de la mafia italiana, y el dragón negro.

El UNO de la mafia mundial, al cual le salvaste la vida —hablé volviendo a vestirme y le extendí la mano, que él apretó muy fuerte—.

Gracias, Francesco. Creo que ahora te recuerdo.

Nos encontramos varias veces de muy jóvenes. Te había olvidado por completo.

—Sí, siempre ibas con tu abuelo a mi casa. También te había olvidado. No es que nos relacionáramos mucho —dijo honestamente—. ¿Ahora, por casualidad, sabes por qué me exterminaron a toda mi familia, aparte de por salvarlos? Tiene que haber algo más en esa historia.