113 . PONIÉNDONOS A SALVO
FILOMENA:
No entendía lo que estaba sucediendo, ni por qué esa gran cantidad de hombres armados se había llevado a mi hermana menor.
Pero seguí junto a los demás. Nos montamos en un auto negro que nos llevó a nuestra casa sin que entendiéramos nada, y seguíamos siendo custodiados por varios guardias.
Al llegar nos encontramos con mamá. Tenía unas armas encima de la mesa, vestida de uniforme de campaña militar.
—¿Mamá? —la miré sorprendida.
—Rápido, chicos, cojan sus cosas, tenemos que irnos —nos pidió sin darle importancia a mi reacción. Era la primera vez que la veía vestida así—. ¿Dónde está Alexcía?
—No sabemos. Se fue con una enorme cantidad de guardias de seguridad. Nos dijo que tenía que ir con ellos porque papá había mandado por ella —contesté mientras corrí a hacer lo que me pedía—. No estoy entendiendo nada. ¿Qué es lo que está pasando, mamá? ¿Por qué estás vestida así?
—Después, Filo, haz todo lo que te ordené —dijo mamá sin dejar de echar cosas en mochilas—. Alexcía va a estar bien. A lo mejor fue tu padre quien mandó por ella porque es la que corre más peligro. Vamos nosotros, también tenemos que escondernos. Nos encontraron los maleantes.
—¿Qué maleantes? —pregunté asustada—. ¿Los que mataron al tío Ronaldo?
—Sí, esos mismos, vamos ahora —dijo mamá sin dejar de moverse—. Bosco, toma un arma, escóndela bien en tu cintura. Protege a Filo con tu vida, hijo, confío en ti.
Estaba asombrada de su actitud. No era que no hubiera visto antes armas, pero mi madre ese día parecía otra persona. Bosco tomó el arma y la escondió en su cintura, mientras prometió que me cuidaría con su vida. Luego me quitó las mochilas de mis manos.
—Gian, tú no tienes problemas, puedes quedarte en esta casa si quieres. Cuando te vayas, si lo haces, cierra bien —dijo mamá, viendo a Gian detenido observando todo sin comprender lo que sucedía—. No te preocupes, de seguro Franco te avisa dónde estemos para que vayas.
—Gracias, espero verlos pronto —dijo Gian con pesar—. Cuídense y díganle a Alexcía que me llame.
—¡Rayos! —exclamó Bosco—. Gian, dejamos las mochilas con los teléfonos y nuestras cosas en el tronco del árbol del parque frente a la universidad. ¿Crees que puedas ir por ellas?
—Sí, yo las recojo y se las llevo cuando me avisen dónde estarán —contestó Gian.
Al ver lo desolado y triste que se veía Gian, corrí a donde estaba mamá y le pregunté si no podía venir con nosotras. Me temía que pudiera correr peligro quedándose allí solo.
—No te preocupes, Filo, estaré bien —Gian me sonrió sin miedo.
—Entonces, adiós, Gian, esperamos verte pronto —dije y lo abracé. No podía obligarlo a que nos siguiera—. Y no te olvides de que eres el amor de la vida de mi hermana. No la defraudes.
—No lo haré. Cuídala muy bien de mi parte —me dijo Gian, devolviendo mi abrazo.
Salimos apresuradamente, seguidos por los guardias de seguridad, y nos montamos en un auto que nos esperaba. Gian nos observó desde la puerta. Pude ver que no entendía nada de lo que estaba pasando.
—¿Mamá, a dónde vamos? —pregunté algo asustada al ver la velocidad con la que nos desplazábamos, rodeados de otros autos y motociclistas.
Nunca en mi vida había visto tantos autos y hombres armados. A pesar de que lo ocultaban, me percaté de que llevaban armas. Lo más extraño no era eso, sino que realmente se veían muy preocupados y profesionales. ¿De dónde conocía papá tanta gente? ¿Habría vuelto al ejército?
—No te asustes, Filo —me sacó de mis pensamientos mi madre—. Confía en tu padre ciegamente. Él sabe lo que hace.
No dije más. Era verdad lo que decía mamá. Papá era un hombre que tenía muchas conexiones, y si hacía eso era porque nos estaba protegiendo. ¿Quién sería el que nos perseguía y por qué?
GIANPIERO:
Me quedé en la puerta observando cómo se alejaban todos.
No entendía lo que había sucedido y nadie me avisó de eso.
Entré en la casa y llamé a Humberto. Tenía que informarle de todo lo que había ocurrido y pedirle que me dijera qué debía hacer.
¿Por qué Franco mandó a buscar a Alessia con tantos hombres?
Ahora entendía por qué me pusieron a su lado para protegerla.
Al parecer era ella la que corría mayor peligro.
—Dime, Gian, ¿estás bien? —respondió enseguida.
—Sí, señor. Lo llamo porque se acaban de llevar a Alessia un cuerpo de seguridad que mandó su padre —le informé de inmediato—. Y los demás se han ido en otro auto con otros guardias. ¿Qué está pasando y qué debo hacer ahora?
—Mandaré por ti, hijo —dijo para mi sorpresa—. Lo hiciste muy bien.
—¿Qué quiere decir? —pregunté sin entender. ¿Había acabado todo?
—Regresarás a Milán hoy —me informó fríamente—. Ya se acabó tu misión por ahora.
—¿Qué? Pero, señor… —traté de quedarme hasta encontrarme con ellos.
—Gian, ahora no puedo perder más tiempo, tengo cosas más urgentes que atender.
Prepárate, mandaré a buscarte ahora mismo —me interrumpió con firmeza Humberto—.
Adiós, Gian. Saluda a tu padre el capo Cian de nuestra parte.
Dile que el Capo di tutti i capi está muy contento contigo y lo llamará pronto.
—De acuerdo, señor —acepté la orden.
Colgué suspirando y le envié un último mensaje a Alessia, con la esperanza de que lo recibiera, mandando mis verdaderos datos.
Estaba muy enamorado de ella. Sentí un nudo en la garganta y miedo en mi corazón de no volver a verla.
¿Quién sería en verdad esa familia para que la persiguieran tanto?
¿Qué relación tenían con Humberto? ¿Serían su familia, para que hasta el Capo los cuidara como lo hacía?
¿Quizás sí eran mafiosos como él? Deja de pensar, Gian, ya te enterarás.
Entré a mi habitación y salí vestido impecablemente, lo que me hacía ver muy diferente.
Escuché cómo llegaron por mí. Me monté en un auto rodeado de otros, y al pasar por la plazoleta de la universidad nos detuvimos para recoger las mochilas de todos, incluyendo la de Alessia, donde vi su teléfono.
¿Y ahora cómo iba a hacer para contactarme con ella?
Bueno, a lo mejor más adelante Humberto me ayudaría a encontrarla, cuando le confesara que en verdad lo quería todo con ella.
Luego me llevaron directo al aeropuerto y me embarcaron rumbo a Milán en un avión privado.
Tenía que encontrar la manera de regresar a Roma.
No perdería a Alessia. ¡La encontraría, aunque la metieran debajo de la tierra!
Era mi pareja perfecta, no la perdería. Pero entre más me alejaba de Roma, sentía como si mi alma se quedara con ella.