112 . LA SEPARACIÓN
ALESSIA:
Estábamos acorralados tratando de cubrir a Filomena, que era la única de nosotros que no sabía luchar. Eran muchos hombres que claramente sabían pelear quienes nos rodeaban. Al ver que Gian sacó un arma, se detuvieron y levantaron las manos, lo que me hizo pensar que nos querían vivos.
—Chicos, no sean estúpidos —repitió el que parecía ser el jefe—. Son solo dos, y nosotros somos muchos. No queremos hacerles daño, solo queremos que vengan con nosotros a ver al jefe. Están solos, nadie vendrá en su ayuda.
—¿Estás seguro de que estos chicos están solos y que nadie vendrá en su ayuda? —se escuchó una gruesa voz a nuestras espaldas—. No lo creo. Mejor gira tu cabeza y ríndete.
Nos quedamos congelados al escuchar esa voz, especialmente yo.
Me giré despacio con el corazón alborotado, solo para ver a mi tío Axel junto a Matías, mi jefe de seguridad, y todos los de mi cuerpo élite de protección.
Una gran emoción me embargó y corrí a abrazarlo feliz.
Sabía exactamente lo que eso significaba: ¡El Capo di tutti i capi vino por mí!
Mi querido padre no me falló, vino a salvarme una vez más como yo esperaba.
Mi amado papá había estado cuidando de mi seguridad todo el tiempo. ¡No me abandonó a su suerte!
Los ojos se me llenaron de lágrimas mientras giré mi cabeza buscando desesperadamente a mi papá. Sabía que tenía que estar cerca, pero no lo vi. Axel me dijo que no con la cabeza. Suspiré, aunque entendí.
—Gracias, tío Axel. Vengan, chicos —llamé a los demás, que me siguieron—. No tengan miedo, ahora estamos seguros.
—¿Los conoces? —preguntó Filomena.
—¡Es mi tío Axel, con mi seguridad! Confíen en mí —pedí al ver cómo los demás dudaban—. Papá los mandó a protegernos.
Expliqué sin alejarme del tío Axel, que me cubría con su cuerpo por un lado y Matías por el otro.
Gian, que no entendía mucho de lo que pasaba porque estaba mirando a algunos de los guardias que nos habían estado cuidando junto a Axel, me tomó de la mano y me atrajo hacia él, sin dejar de apuntar a los enemigos.
Los maleantes ahora eran los que estaban rodeados por otra enorme cantidad de hombres que aparecieron de la nada y que reconocí muy bien.
Era el cuerpo élite de mi papá. ¿Dónde estaba?
No lo vi a pesar de que lo busqué, aunque mi corazón me decía que me estaba observando.
Lo podía sentir. El cuerpo élite llevó a todos rumbo al edificio de la escuela, y al llegar se detuvieron.
—Señorita Alessia, tiene que venir con nosotros —me pidió Matías al ver que iba con los demás—. Tenemos órdenes de llevarla para su casa.
—Está bien, es por allá —les dije, aunque creí que debían saberlo—. Vamos.
—No, esa casa, sobrina —dijo Axel—. Tienes que venir con nosotros para tu verdadera casa.
—¿Eh? ¿En serio? —pregunté sorprendida.
—Sí, su padre dijo que debía acompañarnos —contestó Matías—. No te preocupes. A los demás no les pasará nada, cuidaremos de ellos. Pero usted debe venir con nosotros.
—¡Ella no va a ningún lugar! —gritó Filomena, poniéndose delante de mí—. ¡Nuestra casa está allá! Vamos, Alexcía.
Le tomé una mano y la detuve. Luego la abracé con todas mis fuerzas. Si había alguien de todo ese castigo del que me dolía dejar atrás, era a Filomena. Al separarnos, la miré fijamente.
—Lo siento, Filo, tengo que ir con ellos. Papá me mandó a buscar y no lo desobedeceré nunca más en lo que me resta de vida —dije feliz.
¡Mi Capo di tutti i capi me estaba ordenando regresar a mi casa!
Que mandara a su cuerpo élite quería decir que me estaba cuidando, pero no vino a buscarme.
Eso significaba que seguía molesto. Me ganaría su perdón.
Obedecería de ahora en adelante a mi querido padre.
Estaba, a pesar de todo, feliz de volver con mi familia y triste a la vez de separarme de Filomena y de todos.
La abracé de nuevo muy fuerte, dándole dos besos.
—Gracias, Filo, por ser la hermana y amiga que siempre quise tener. No te olvidaré, vendré por ti, por todos —dije mirando a los demás que me observaban sin entender lo que estaba sucediendo—. Y espero que no me odies y sigamos siendo hermanas.
—¿Qué está pasando, Alessia? —preguntó Gian confundido, viniendo a mi encuentro—. ¿Por qué no vienes con nosotros? ¿Qué significa todo esto? ¿A dónde te está mandando a buscar tu papá? ¿Puedo acompañarte?
Mi corazón se contrajo al escuchar su voz y la preocupación en ella. Solté a Filomena y caminé despacio hacia él.
—Gian, yo… —dije mirándolo fijo, tristemente—. Mi papá mandó por mí, debo obedecer. Y no, por ahora no puedes acompañarme. Lo siento, Gian, no olvides que hay cosas que no nos dijimos y esta es una de ellas.
—Te encontraré, Alessia —reaccionó enseguida Gian al notar que no podía explicarle—. No sé de qué va todo esto, pero lo haré. Ve con ellos ahora.
—¿Lo prometes? —pregunté esperanzada.
—Te doy mi palabra —contestó, abrazándome muy fuerte y volviendo a besarme levemente en los labios—.
Espera por mí, Alessia Moret di Roma, eres mi novia, no lo olvides.
Encontraré la forma de llegar a ti. Recuerda todo lo que hemos hablado.
¡Todo es la pura verdad! Eres mi pareja perfecta y estoy enamorado de ti, sin importar lo que me ocultas. ¿Lo prometes? ¿Solo serás mía?
—Lo prometo, Gian, esperaré por ti —dije con el corazón en mi garganta—. Sí, eres mi novio y siempre lo serás. Solo seré tu novia, Gianpiero di Novara. Yo te encontraré a ti. ¡Te lo prometo!
Y lo abracé muy fuerte, con miedo de no volver a verlo nunca más.
Luego lo solté y caminé decidida hacia Matías.
Aunque estaba muy enamorada de él, tenía que ir a arreglar todo lo malo que le hice a mi familia.
Hablaría con mi papá para que me dejara ser su novia, pensé mientras me soltaba de él y me alejaba.
—Espera, Alessia, yo no soy… —Comenzó a hablar Gian, pero al ver cómo el jefe de su seguridad le abrió los ojos se detuvo.
—Señorita, debemos irnos —me apremió Matías, mirando a su alrededor mientras me tenían rodeada—. Corremos un gran peligro si seguimos aquí.
—Enseguida, Matías, ya voy —me giré hacia todos antes de introducirme en el auto—. Adiós, Gian, te encontraré. Filo, Bosco, los veré pronto.
—¿Alessia? —me volvió a llamar Filomena sin entender—. ¿Por qué papá solo te mandó a buscar a ti?
—No es así, Filo, te explicaré todo después. Vendré por ti y la familia. ¿De acuerdo? Pero ahora debo ir con ellos —le expliqué de nuevo—. Vete con Bosco y Gian para la casa. Dejaré a algunos hombres cuidándolos. Es a mí a quien persiguen, no a ustedes. Adiós.
Y sin más, les doy la espalda y sigo al tío Axel, mientras Matías ordena que cuiden a los demás.
Les doy una última mirada a todos, nos montamos en un auto y nos alejamos seguidos por un gran séquito.
Sin saber que estaba siendo observada desde no muy lejos por mi padre.
Tampoco vi su sonrisa al ver que no me negué, ni protesté.
Me comporté como debía hacerlo y eso lo satisfizo mucho.