110 . MÁS SECRETOS DE LOS CONTI
ALEXANDER:
No podía creer que todo estuviera fallando.
Ni las chicas que puse para que los enamoraran habían podido llamar su atención.
Ellos se movían a un nivel de mujeres dentro de los dragones que no se salían de ahí.
Cuando lo hacían, era en los clubes de ellos donde no podía entrar.
No había logrado conseguir una entrada a esos lugares de diversión destinados a la alta jerarquía de los dragones.
Por eso elaboré el plan con la única chica de la familia Minetti, y estaba dando resultado.
Porque no se me escapó que ella ocultaba a todos que yo iba a verla.
Me arrepentí de no haberme acercado a ella, de no haber entablado una amistad.
Ahora tenía un gran oponente y no podía fallar.
Tenía que ir por ella y ganarme su confianza.
No podía dejar que otro lo hiciera. ¡Alessia Minetti era mi carta de triunfo!
Me marché furioso, regresando a mi casa. Mi madre Adelina Conti, al verme entrar, vino a mi encuentro.
—No me preguntes nada, mamá, no estoy para tus cosas —le interrumpí antes de que dijera nada.
—¡Alexander…! —exclamó temblando ante mi mirada.
La observé con desprecio. Retrocedió y miró a su padre, que negó con la cabeza.
Sabía que mamá lo culpaba por contarme toda la verdad.
Sabía que eso iba a suceder, pues desde pequeño crecí sabiendo que era superior a los demás.
Al decirme que era hijo del hombre más poderoso del planeta, mi orgullo subió a las nubes y dejé de respetar a todos ellos.
Mamá no sabía lo que estaba planeando, pero lo que fuera sabía que no era bueno para ellos.
Había intentado advertirme lo peligrosas que eran las personas con las que me estaba metiendo, sobre todo después que murió su hermana, la tía Eleonora.
Pero no escuchaba a nadie. Tenía mi plan y no iba a desistir.
Lo peor era que ella sabía a dónde iban a ir a parar todos.
Suspiró y regresó a su sillón, retomando su bordado, resignada a su suerte.
Mi abuelo abrió la boca para decir algo pero lo interrumpí.
—No te metas, abuelo, que sabes que tengo razón. ¿Ya averiguaste dónde está el dinero? —Lo increpé—. Llevas desde que tengo uso de razón diciendo que existe una enorme fortuna a nombre de Francesco Rinaldi. Pues ya apareció. ¿Lo sabías? ¡Está aquí en Roma!
—¡¿Qué?! ¡Eso es imposible! Todos estos años lo he estado buscando y estaba desaparecido —respondió mi abuelo—. ¡Nadie sabe dónde se metió desde que se fue de su casa con quince años! Parece que se lo tragó la tierra. No hay un solo registro de actividad suya en todos los demás años.
—¡No está desaparecido, lo encontré en Sutera! —Vociferé desesperado ante su incompetencia—. ¡Es allá que estaba con la hija de Minetti!
—¿Cómo sabes eso? —preguntó, queriendo saber más.
—Tengo mis fuentes. Se la llevó para esconderla de mí —dije, casi convencido de que era eso.
—¿Estás seguro de que fue ella y no tu prima? —Insistió mi abuelo, y lo entendí.
—¡Es ella, te digo! —Afirmé, aunque ahora estuviera lleno de dudas—. Así que ponte a pensar. No pueden cometer la misma estupidez que con Ronaldo Rinaldi. Tenemos que apoderarnos de Francesco Rinaldi. La tía Eleonora lo hizo todo mal y los traicionó también.
—¿Qué quieres decir con eso? Eleonora era tu tía, nunca nos traicionaría —gritó mi madre para mi desconcierto.
La miré sin poder creer que había nacido de una mujer tan ingenua como ella.
Menos mal que salí a mi inteligente padre, sino ya hubiera fallecido hace mucho tiempo.
Pasé mi mano por mi frente y solté todo mi aire.
Necesitaba convencer a esa mujer de que su hermana, en la que tanto confiaba, nunca trabajó para su bien. Eleonora tenía su propio plan.
—¿A no? ¿Y por qué no les dijo hace años que había encontrado a Francesco Rinaldi y se acostó con él?
—Mi madre abrió los ojos con incredulidad—.
Y no solo eso, sabía que estaba en Sutera.
Se casó con Ronaldo Rinaldi pensando que era el único heredero de los Rinaldi que quedaba.
Pero después comprobó que no. Solo lo hizo para tener un hijo varón del heredero principal y obligarlo a que le diera todo.
Pero le nació hembra. Mi prima, que ahora yace inconsciente en algún hospital de Roma, es la prueba viva de ese plan fallido.
—¿Quieres decir que mi sobrina es hija de Francesco Rinaldi y no de Ronaldo? ¿Cómo sabes eso? —preguntó mamá, todavía reacia a creerme.
—Sí, lo es —dije con firmeza—. No sé cómo lo hicieron, pero escuché que mi tía había logrado estar con Francesco y salió embarazada.
—¡Eso es mentira! —dijo mi abuelo, el viejo Conti—. Eleonora no iba a caer tan bajo. ¡Es una Conti! ¡Jamás se acostaría con su cuñado!
Solté una carcajada, comprendiendo de dónde salió la ingenuidad de mi madre. Mi abuelo era tan torpe y ciego como ella. Lo que me confirmaba aún más que yo era el hijo de un hombre extraordinario. Mamá me miró con los ojos muy abiertos y se volvió a sentar, reanudando su bordado.
—Me das lástima, abuelo. Todavía creyendo en esas ideas anticuadas.
¡Tu hija Eleonora era capaz de cualquier cosa!
Obligó al tonto de Ronaldo a ayudarla con eso.
Me lo dijo mi prima Alessia antes de que quedara inconsciente —me burlé de él—.
¿Sabes por qué lo hizo? Porque el testamento de los Rinaldi dice bien claro que solo heredarán su enorme fortuna los hombres.
Y en estos momentos el heredero de esa enorme fortuna, que todo el mundo sospecha que está en manos de los Minetti, ¡está trabajando para él!
—¿Cómo trabajando para Minetti? —preguntó de nuevo mi abuelo—. ¿Cómo te enteraste de eso?
Lo miré con impotencia. No sabía ni por qué le decía todas esas cosas.
Pero todavía lo necesitaba para llevar a cabo mi plan.
Por ello le conté que acababa de ver al jefe de la seguridad de Minetti, Humberto, conversando amenamente con él.
Eso solo significaba una cosa. Francesco era un dragón de los Minetti, como sus padres, y había asumido su puesto.
—¿Te das cuenta? La tía Eleonora lo sabía y nos ha estado engañando todo este tiempo —le dije, mirándolo fijamente—. De seguro que cuando Francesco desapareció todo este tiempo, era para trabajar para él. Estaba en Sutera vigilando a los seguidores del dragón de fuego.
—Entonces era verdad lo que dijo aquel hombre antes de morir. Que había sido Francesco Rinaldi el que vimos aquella noche, cuando casi estábamos por lograr nuestro objetivo —habló pensativo mi abuelo Conti, entrecerrando los ojos—. Tenía mis dudas, pero ahora todo encaja.
—¿Qué quieres decir con eso, abuelo? —Lo miré sin saber de qué estaba hablando—. ¿Qué hombre? ¿De qué estás hablando?