107 . EL AVISO DE FRANCO
ALESSIA:
No sabía que eso mismo estaba pensando Gian mientras me estrechaba y me volvía a besar.
En ese momento, por poco me dijo que estaba estudiando esa carrera en la universidad de Milán, que era muy bueno y que tuvo que interrumpirla por venir a cuidar de mí.
Sin embargo, se aguantó. También tenía miedo de que cuando descubriéramos quién era en realidad, lo alejaran de nosotros y lo separaran de mí.
Tampoco conocía que vivía preguntándose: ¿Cómo iba a hacer para que lo aceptaran? Pero sobre todo, ¿qué haría padre Franco cuando se enterara de que era un mafioso? Y le aterraba la idea de cómo reaccionaría ante esa noticia.
Ambos nos estrechamos suspirando, sin saber qué hacer con nuestros secretos. Nos besamos temerosos de nuestras realidades, mientras nos abrazamos fuertemente, con miedo a que nuestras verdaderas vidas nos separaran.
No solo nosotros estábamos así. Filomena ahora quería casarse lo antes posible, pues veía cómo miraban a su Bosco las jóvenes en la escuela y temía que se lo quitaran. Él se reía feliz y se negaba a hacerlo, ya que Franco le había hecho prometer que esperarían a terminar su carrera.
—¿Por qué no? —preguntó molesta—. Ya vivimos juntos, convenceré a papá.
—Filo, nunca has sido insegura —le recordó Bosco.
—¡En Sutera era la más linda, aquí no! —Dijo ella frustrada.
—Sigues siendo la más linda para mí, eso es lo que te debe importar —contestó Bosco y la besó apasionadamente—. Aunque si quieres, podemos ir adelantando otra cosa.
Habló insinuante mientras bajó su mano por la espalda de Filomena, más allá de la cintura.
—¡Ni lo pienses! Espera, que me están llamando —lo alejó de ella mientras buscó el teléfono en su bolso. Este dejó de sonar, pero al ver quién era, lo llamó—. Dime, papá.
—¿Dónde están? —preguntó Franco.
—Estamos de camino a la casa, papá. ¿Por qué? —preguntó Filomena, y todos guardamos silencio.
—Filo, corran para la casa, es muy peligroso, hija. ¡Nos encontraron! ¡Corre, Filo, y dile a Annette que esté preparada para todo! —Nos gritó padre—. ¡Corran!
ALEXANDER:
Escondido en las sombras de un árbol, observé la escena de cómo Alessia se dejaba besar y abrazar emocionada por Gian.
Quería eliminarlo, pero ese no era el momento.
Ahora que los tenía justo en mi escuela, me sería más fácil acercarme a ellas y ganarme su confianza.
Si era la loca de mi prima que no quería reconocerme porque estaba molesta, tenía que encontrar la manera de contentarla.
No debimos hacerle aquello y mucho menos dejarla botada en aquel tétrico lugar. ¿Cómo habría escapado?
Parecía que en verdad no iba en el auto en que murieron sus padres, como me dijeron mis hombres. ¿Dónde estuvo escondida todos esos meses? ¿Sería ella o Alessia Minetti? ¿Y quién era ese chico llamado Gian que andaba de novio con ella?
Se veía que no era un cualquiera. Me dedicó una mirada de advertencia, como si me dijera: "Si te acercas a mi novia, te mato".
Si en verdad no era mi prima y era Alessia Minetti disfrazada, ahora comprendía que había perdido mucho tiempo.
Debí acercarme a ella cuando tuve la oportunidad.
Aunque no veía a un solo hombre de seguridad del cuerpo élite que la acompañaba desde siempre.
No, de seguro era mi prima. Ella no andaría sola por las calles de Roma, y mucho menos el Capo di tutti i capi dejaría que se estuviera besando en medio de una plaza delante de todos.
"¡Demonios! Esa loca de la tía Eleonora le hizo cirugía plástica para que se pareciera a Alessia Minetti. Ahora estoy confundido, parecen gemelas."
Despierta, Alexander. Era imposible que fuera la hija de Minetti.
Jamás dejaría que su preciosa hija estudiara en una universidad como esa, y mucho menos que anduviera sin protección en Roma.
Era mi prima, tenía que ser ella. Mañana me las cobraría todas por burlarse de mí y hacerse la que no me conocía.
Me acerqué un poco hasta colocarme no muy lejos detrás de un árbol. De pronto vi a Bosco y Filomena que se acercaban a los otros asustados.
—¿Qué pasa, Filo? —preguntó Alessia.
—Papá llamó, dijo que fuéramos a la casa ahora mismo —dijo Filomena muy asustada—. Que nos habían descubierto y estábamos en serio peligro. Vamos, corran.
¿Qué cosa? ¿Quién los encontró? Miré a mi alrededor y no vi a nadie.
Los vi alejarse corriendo y estaba seguro de que iban a desaparecer de nuevo.
No podía permitirlo. No pensaba hacer nada por entonces, pero no podía dejar que Francesco y su familia desaparecieran de nuevo.
Llamé a mis guardias de seguridad. Éramos más que ellos. Los podrían atrapar con facilidad.
—Vengan en este instante al bosquecillo delante de la escuela.
¡Atrapen a esas chicas ahora! —ordené con urgencia.
Al momento llegaron y se colocaron las máscaras de cuando operábamos en la ciudad—.
Que no les suceda nada a las chicas, o se las tendrán que ver conmigo.
Maten a los novios, pero no aquí. Agárrenlos y llévenlos a un área que no sea en la universidad. Los espero en el escondite con ellas.
Me alejé en busca de mi motocicleta con una sonrisa de triunfo.
Esa vez todo tenía que salir bien. Me haría el héroe que las salvaba.
Si era Alessia Minetti y no mi prima, me estaría eternamente agradecida y confiaría en mí, introduciéndome en su familia.
Eliminaría a Gian, que se atrevió a meterse en medio de mis planes.
Nadie sospecharía nada. Me haría el amigo de ambas que las consolaría, ganándome así su confianza, no solo de ella, sino de las dos familias.
Si era mi prima, me ganaría su perdón por haberla dejado en aquella terrible subasta. Pero me quedaría con Filomena Rinaldi. Francesco tendría que darme todo su dinero o no vería jamás a su hija.
Todo estaba planificado perfectamente. Tenía que salir bien. Mi futuro dependía de eso. No podía esperar a que los enemigos de los Rinaldi y los Minetti hicieran su jugada para ocupar el lugar que me pertenecía por derecho.
Mientras dirigía todo, vi cómo las dos parejas salían corriendo a toda velocidad, cuando de pronto se vieron rodeados por varios hombres enmascarados.
—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren? —preguntó Bosco, cubriendo con su cuerpo a Filomena.
El bosque se llenó de un denso aire de peligro.
Mis hombres, vestidos de negro y con movimientos precisos, se posicionaron estratégicamente, bloqueando los posibles puntos de salida.
Las ramas crujían bajo sus pies, y el sonido rebotaba por entre los árboles, prolongándose como un eco opresivo que hacía hervir la sangre de los presentes. Esta vez la victoria tenía que ser mía.