106 . ME CONFUNDIÓ
ALESSIA:
Mi corazón latía con fuerza, pero traté de disimularlo.
En verdad nunca lo había visto, pero sus ojos me decían otra cosa.
Eran del mismo color que aquellos otros que vi detrás de mí durante cinco años.
¿Sería el mismo? Filomena, como siempre, se colocó sin miedo delante de mí.
La promesa de cuidarme como hermana mayor se la había tomado muy en serio.
—No, me confundió con alguien, ya se iba —le contesté.
No sé por qué ese chico me provocaba rechazo y desconfianza. Sus ojos eran casi idénticos a aquellos que conocía demasiado bien. Pero, ¿con quién me estaba confundiendo? ¿O acaso me reconoció y estaba probando algo?
—Ah, está bien —se relajó un poco Filomena al escuchar mi respuesta—. Buenas noches.
—¿Y tú, quién eres? —le preguntó Alexander sin hacerse el aludido por lo que había dicho.
Lejos de irse, se quedó allí con los ojos entrecerrados, estudiando a Filomena, que le sostuvo la mirada y hacía lo mismo que él: lo estudiaba. No se me escapó la media sonrisa que trataba de disimular. Era como si nos conociera a ambas. ¿Sería uno de los que nos persiguieron desde Sutera?
—¿También estudias aquí? —preguntó como si nada.
—¿Por qué debo contestar eso? —preguntó con desconfianza Filomena.
Miré a Filomena asombrada. Desde que la conocía, era la primera vez que la veía mostrar desconfianza ante un extraño y no decir quién era. Respiré aliviada al ver a lo lejos a los chicos que se acercaban.
—Mira, allá vienen nuestros chicos, Filo —le señalé, y sin hacer caso a Alexander, le pasamos por el lado y fuimos a su encuentro.
Sin saberlo yo en ese momento, Alexander nos siguió con la mirada curiosa y con una sonrisa de complacencia.
No podía creer haber tenido tanta suerte.
Buscó una foto en su teléfono donde aparecíamos nosotras de Sutera.
Aunque no estaba seguro de que fuera yo, Alessia Minetti, ya que en realidad nunca me había visto de cerca.
Siempre me observó de lejos con el casco puesto.
Pero la manera en que respondí le decía que, o su prima era muy buena actriz, o yo era Alessia Minetti.
Así que, sin que nosotras lo supiéramos, nos siguió para ver si veía a algunos de mis guardias de seguridad que le dieran una idea de si estaba en lo cierto o no.
A ellos sí los conocía bien, pero por mucho que miraba alrededor, no vio a ninguno de ellos.
No podía perder esa oportunidad. No podíamos volver a escapar.
Tenía que hacerse de nosotras, porque aunque no fuera yo Alessia Minetti, de Filomena sí estaba seguro de que era la hija de Francesco Rinaldi.
Mientras avanzábamos al encuentro de Bosco y Gian, miré hacia atrás de vez en cuando, viendo cómo Alexander se dirigía hacia el estacionamiento. Aunque más parecía que nos seguía.
—¿Quién es ese, Alexcía? —preguntó Filomena.
—No lo sé, Filo, en serio. Se me acercó haciéndose el que me conoce.
Es la primera vez que lo veo. Bueno, hoy en el comedor lo vi cuando se le cayó la bandeja.
Pero no sé quién pueda ser. Me resulta antipático —contesté, preocupada, temiendo que Gian se pusiera celoso—.
Ya sabes, debe ser de esos chicos que, por ser guapos, creen que todas las chicas se desviven por conocerlos.
¡Odio a los como él! ¡Me cayó como una patada en el estómago!
—A mí también, no sé por qué —reconoció Filomena—. Me conoces, saludo a todos, pero ese chico me resultó muy sospechoso por la manera en que nos miraba y sonreía. Y después de lo que dijo papá, mejor nos andamos con cuidado.
—También lo creo, Filo. Padre Franco no es del tipo alarmista.
Viste lo sigiloso que estaba ayer y cómo no se cansó de decirnos que no nos alejáramos de los chicos.
Si que mi Gian es lindo, ¿verdad, Filo? ¡Me encanta!
—cambié de tema, mirando embobada a mi novio, que se acercaba y, sin más, me abrazó y besó apasionadamente.
No se me escapó cómo Gian miró hacia un grupo de jóvenes que lo saludaron. Y hasta creí ver que señalaron a Alexander, que se había detenido y seguía observándonos. Le dedicó una mirada de reconocimiento cuando pasamos por donde estaba.
Abrazados, salimos despacio de la universidad, y como siempre, Bosco con Filomena delante, nosotros detrás. A Gian no se le escapó que Alexander nos seguía a lo lejos. Lo detuve al ver lo inquieto que estaba.
—¿Qué pasa, Gian? Te estoy hablando y no respondes —lo miré a los ojos fijamente.
—Disculpa, cariño, ¿qué decías? —Reaccionó enseguida.
—Te pregunté cómo te había ido en la escuela en este primer día —le dije sin dejar de observarlo.
—Bien, me gusta —contestó sonriente—. Aunque ya son cosas que había dado en mi otra universidad…
—¿Qué otra universidad? —Me miró preocupado.
No insistí, esperando su respuesta. Pero no dijo nada.
En cambio me besó apasionadamente. Me percaté de que lo hacía porque no quería mentir.
Yo tampoco, por eso no dije nada. En ese momento no sabía que él trabajaba para mi papá y que cada hora que pasaba a mi lado le era más difícil seguir con su papel.
Ni que hasta que el Capo di tutti i capi lo liberara, no podría hacer otra cosa.
Tampoco sabía que cuando eso sucediera, debería volver a Milán y seguir en su universidad y retomar su vida lejos de mí.
Por suerte, con sus besos se me olvidaba todo lo demás.
Así que seguimos así un rato más, estrechados, felices, olvidados de lo que pasaba a nuestro alrededor, envueltos en nuestra burbuja de amor.
Al menos, aunque papá no me había perdonado, podía tener novio.
Porque no se me había escapado que algunos jóvenes aparecían siempre sin acercarse a donde estábamos.
Aunque en ese momento no sabía si eran amigos o enemigos.
A veces me parecía que era a Gian al que seguían.
¿Sería por casualidad que mi novio era alguien importante que necesitaba guardias que lo cuidaran?
¿Quién podría ser, que mi papá me había permitido estar con él?
O todo era producto de mi imaginación. Sacudí la cabeza y al girarla no vi a nadie cuidándonos.
Sí, de seguro ya había empezado a alucinar como mi madre.
Estreché a Gian muy fuerte, pensando en cuándo decirle toda la verdad.
Porque se me estaba haciendo difícil esconder quién era en realidad.
Me aguantaba porque tenía miedo. Quería prepararlo para que se enfrentara al Capo di tutti i capi, al dragón negro número UNO.
Pero sobre todo, a mi posesivo padre. ¿Me aceptaría Gian cuando se enterara de quién era yo, o me dejaría?