¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 104 . INICIO DE LA UNIVERSIDAD
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104 . INICIO DE LA UNIVERSIDAD

ALESSIA:

Estábamos muy felices en nuestra nueva escuela.

Ya habíamos iniciado las clases en la mañana y nos gustaba mucho.

Cada vez que teníamos un receso, nos encontrábamos.

Almorzábamos juntos en el comedor, llamando la atención, sobre todo de las chicas, que no dejaban de perseguir a Bosco y a Gian, lo cual nos ponía celosas a Filomena y a mí.

—Bosco, si te veo mirar a una sola loca de esas, vas a ver lo que te va a pasar —lo amenazó Filo después de que una compañera de él lo saludara en el comedor.

—Filo, no comiences. Sabes muy bien que toda mi vida solo te he mirado a ti, aun cuando no me aceptabas —dijo acercándose a ella—. ¿Cómo crees que ahora voy a mirar a otra con lo feliz que me haces? ¡Eres mi prometida, no lo olvides!

—¡Así me gusta! —dijo Filomena complacida.

Seguimos almorzando tranquilamente. Aunque a Gian no le gustaba la manera en que un chico rubio, muy apuesto, no dejaba de mirarme.

También lo había notado, pero me concentraba en conversar con él.

Temía un poco encontrarme con conocidos.

Sabía muy bien que mis primos acostumbraban ir a esa universidad a visitar unas amistades.

Era otro de los motivos por los que seguía pintándome el pelo de negro, dejándolo suelto, para que me cubriera el rostro.

Todavía mi padre no me había mandado a buscar.

Seguro que debía saber que estaba en Roma.

Al parecer no me había perdonado. Tenía que esperar que lo hiciera con paciencia.

—¿Conoces a ese chico que te mira tanto, Alexcía? —Al fin me preguntó Gian.

—¿Quién? —pregunté, aunque sabía a quién se refería—. No tengo idea de quién pueda ser. No le conozco. No le prestes atención. En este lugar estoy igual que tú, no conozco a nadie, es la primera vez que vengo. ¿Cuánto te falta para terminar? Filo y yo terminamos a las cinco.

—Yo termino a las seis. Bosco, ¿a qué hora terminas?

—preguntó Gian. Bosco respondió que a las seis de la tarde—.

Entonces tienen que esperarnos. No se vayan a ir solas, a esa hora ya es de noche.

Se quedan en la cafetería hasta que vengamos nosotros.

Ray y Franco comienzan hoy más temprano su guardia.

—Está bien —respondió Filomena y yo asentí con la cabeza—. Los esperaremos en el parque de allí.

—¿Qué parte de esperarnos en la cafetería no entendieron?

—preguntó Bosco mirándola serio. Eran muy pocas las veces que la regañaba.

Siempre hacía lo que ella quería, pero eso era distinto.

Era su seguridad—. Filo, esto no es Sutera.

Ya escuchaste a tu papá que seguimos siendo perseguidos.

¡Nos esperan en la cafetería, no te atrevas a moverte de ahí!

—Está bien, Bosco, no te preocupes —lo calmó Filomena—. No la dejaré ir a otra parte. Pero no demoren, estamos cansadas.

—¿Quieres que les pida un taxi y se vayan primero? —ofreció Gian.

—¡No! —contesté enseguida. Aunque no había dicho nada, no me gustaba cómo lo miraban y trataban de llamar su atención las chicas—. Los esperaremos para irnos juntos caminando, como mismo vinimos. No es lejos.

Gian me estrechó fuerte y me besó en la mejilla.

Estaba muy feliz de que yo quisiera estar todo el tiempo con él.

No parecía que solo llevábamos dos días siendo novios.

Era como si lo fuéramos de toda la vida.

Aunque conversábamos mucho, no nos habíamos contado de nuestras vidas.

Yo también lo abracé muy fuerte. Estaba muy feliz de ser su novia y de no tener que separarme de él, porque vivíamos juntos.

La casa de Franco era realmente grande. Annette ubicó a los hombres en las últimas habitaciones, a nosotras en las primeras y ellos en el medio. Y conocíamos el oído que tenían ambos, así que no podíamos hacer trampas.

La noche anterior estuvimos muy felices de vivir juntos. Estuvimos conversando hasta bien tarde mientras veíamos una película los cuatro en el salón, porque Ray y Franco estaban trabajando. Hasta que Annette nos mandó a dormir.

En la mañana desayunamos juntos y caminamos tomados de la mano hasta la escuela. Realmente, lo que estaba viviendo era más de lo que esperé. Era una chica común, aunque no negaba que tenía miedo por no estar protegida.

Me parecía mentira que ahora ya no me pareciera tan lindo andar sin protección, y si pudiera, llamaría a mi cuerpo élite para que me protegiera.

Más después de que escuché el verdadero motivo por el que nos mudamos.

Temía que me atraparan y todavía no había podido avisar a mi padre del nido de dragones de fuego en Sutera. Tenía que encontrar la forma.

Quizás debía decirle a Gian que me llevara a la escuela de mi hermano Kenet.

De seguro había entrado en la que quería, pues sabía que aceptó irse conmigo a París, aunque su deseo real era quedarse en Italia.

Pensándolo bien, no. Mi hermano era capaz de impedir que tuviera novio.

Él, como papá, me celaba de todos los hombres a mi alrededor. No, ese no era el mejor método.

Y mientras pensaba, no me di cuenta de que me había quedado mirando a unas jóvenes que no dejaban de mostrarse para que Gian las mirara. Comparándose conmigo, estaban mucho mejor vestidas y más sexys. Él siguió mi mirada y me atrajo.

—No tengas miedo, mi Alessia —me susurró en el oído—. Te dije que eras mi pareja perfecta. Jamás miraré a otra mujer que no seas tú. Confía en mí, como yo lo hago en ti. Jamás te traicionaré.

Me quedé mirándolo fijamente y, sin más, lo besé en los labios. Un estruendo de una bandeja cayendo al piso hizo que giráramos la cabeza para ver al chico rubio inclinarse y recogerla. Luego me miró de una manera muy extraña que hizo que me estremeciera.

"¡Conozco esos ojos verdes!" —pensé asustada—. "¿Será él en verdad?"

Gian tampoco los había olvidado. El rubio no dejaba de observarnos, por lo que volvió a besarme y yo le respondí feliz, antes de levantarme y llevar las bandejas de ambos.

Luego nos acompañaron a nuestras respectivas aulas y se retiraron.

Toda la tarde no dejé de sentir que me vigilaban.

Por mucho que miraba a mi alrededor, no veía a nadie.

Por lo que, cuando terminamos, obligué a Filomena a permanecer en la cafetería.

—Alessia, ¿no me digas que te vas a volver paranoica como ellos? —preguntó ella, que quería regresar a la casa.

—No es eso, Filo. ¿No te has dado cuenta de que tenemos que atravesar toda esa plazoleta llena de árboles con esta oscuridad? —señalé el jardín frente a la escuela—. Padre dijo que no nos alejemos de ellos. Me da miedo caminar sola por esas calles oscuras.

—En Sutera yo iba sola de noche hasta la casa desde el pueblo —dijo ella como si nada.

—No ibas sola. Bosco siempre te seguía —le recordé—. Y no olvides que me contaste que por poco te raptan. Hazme caso, la ciudad es más peligrosa para chicas solas.

Aunque quería irse, Filomena, al ver que no pretendía moverme de la cafetería, se sentó junto a mí, que estaba diseñando en un cuaderno, y me imitó.

—¡Vaya Filo, qué joyas tan lindas diseñas! —exclamé al ver la increíble diadema que había diseñado—. ¿Dónde aprendiste?