103 . LA NOCHE QUE LO PERDÍ TODO
ALESSANDRO:
Sin importarme que nos miraban, tomé a mi esposa por el brazo, tirando de ella con violencia, y la metí furioso en mi auto.
Celia protestaba, decía que no estaba haciendo nada malo.
Se bajó del asiento del copiloto donde la había ubicado y se sentó junto al bebé detrás.
Tomó al niño en sus brazos y comenzó a darle el pecho.
Estaba tan molesto porque me había desobedecido que, sin avisar a mis guardias de seguridad, salí disparado.
—¡Ale, no corras tanto que estoy amamantando al bebé! —me pidió Celia.
La observé por el espejo retrovisor y fue entonces cuando lo vi.
Un enorme camión venía directo a chocar con nosotros.
Aceleré todo lo que pude, girando a gran velocidad para tratar de esquivar el golpe, viendo cómo Celia y Alessandrito rebotaban detrás, al no tener el cinturón de seguridad.
Hice todo lo posible para evitar el impacto, pero otro camión me embistió por el costado, haciendo que rodara unas cuantas veces.
En mi agonía trataba de sujetarlos, pero no podía.
Cerré los ojos al ver cómo otro camión se acercaba, pero fue interceptado por mi cuerpo de seguridad, que me había seguido y luchaban por alcanzarme.
Cuando al fin nos detuvimos, Celia sangraba por una enorme herida en su frente, sin soltar a Alessandrito, que tampoco se movía.
Con ayuda de mis hombres, salí y corrí hacia donde yacían ambos.
—¡Celia…, Celia…! —gritaba como un loco, tratando de quitarle a mi hijo que estaba cubierto por la sangre de ella, que tenía toda su cabeza aplastada—. ¡Un médico, llamen a un médico! ¡Llamen a Rufo ahora mismo!
—Mi Capo —me llamó alguien—, se fueron, están muertos.
—¡No, no, no, no…! ¡No pueden estar muertos, no pueden! —Grité como un loco, con mi pequeño hijo desmadejado en mis brazos y cubierto por la sangre de mi esposa.
Mi abuelo llegó junto a Rufo, que revisó a los dos y movió la cabeza, dando a entender que no había nada que hacer. Yo gritaba como un poseído por un demonio.
—¡Tienes que salvarlos, Rufo, tienes que hacerlo! —Le rogué desesperado.
—Lo siento, mi hermano, ojalá pudiera —sentí que me apuñalaba el corazón—. Se fueron, Ale. Deja que te revise a ti, anda.
—¡Yo estoy bien, no tengo nada! ¡Nada! ¿Estás seguro de que los miraste bien, Rufo? —preguntaba en mi agonía, sin soltar a mi hijito—. ¡Míralo bien, parece dormido!
—Se fueron, Ale. Alessandrito y Celia ya no están con nosotros —repitió de nuevo en un sollozo contenido.
—¡No pueden haberse ido! ¡No, no, no, no pueden haberme dejado solo! ¡¿Quién fue?! ¡¿Quién me los arrebató?! ¡¡¿Quién…?!! —Rugí como lo que era, un dragón herido de muerte.
Entregué a mi hijo sin vida a Rufo y corrí con todas mis fuerzas, golpeando a los dos conductores que habían sido atrapados por mis hombres y permanecían arrodillados. Los golpeé sin misericordia, hasta que los maté con mis propias manos, sin que pudieran hacer nada.
El capo mayor, mi abuelo Minetti, había dado orden de que me dejaran hacer todo lo que quisiera.
Daba miedo mirarme esa noche, lleno de sangre, gritando sin cansancio.
No me cansé de pasear por todo el campo de golf, siempre seguido por Rufo, como si fuera mi sombra.
En ocasiones me abrazaba y lloraba como si no tuviera vida.
Lloraba desconsoladamente a gritos, haciendo que hasta los hombres más duros que poseía lloraran a la par de mí.
¡Alessandro Minetti ese día desapareció poco a poco con mi llanto!
Cuando al fin no me quedaron más lágrimas, me enderecé y miré con una frialdad espeluznante a Rufo, que lo supo.
Su buen amigo había dejado de existir. Lo que tenía delante de él era solo odio, rencor y deseos de venganza.
Me volvió a abrazar muy fuerte, tratando de hacerme sentir que todavía tenía personas que me amaban.
Sin embargo, por primera vez, yo no le devolví el abrazo. Lo separé y le dije:
—Rufino, sé que hiciste tu juramento de doctor, por eso no creo que a partir de ahora debas andar conmigo. Porque no salvaré a nadie. ¡Mataré a todo el que medio se me oponga! Mejor quédate en tu hospital salvando vidas.
—¿Qué dices, Ale? ¡Jamás me separaré de ti! Si hay que matar, mataré a la par de ti. Antes de mi juramento de doctor, hice uno contigo —dijo con firmeza—. Permaneceré el resto de mi vida a tu lado, sin importar qué. Así que tú guíame, que yo seré tu sombra, mi hermano.
Me quedé mirándolo muy fijo y, sin más, lo abracé.
Luego salimos rumbo a donde todos mis hombres esperaban la orden.
Sabían que había iniciado una guerra sin cuartel.
No solo su jefe estaba herido de muerte y con deseos de venganza.
¡Ellos también querían cobrarse lo que le habían hecho a la dulce Celia y al inocente bebé!
Los miré a todos sin emitir una sola palabra.
Luego había tomado a un cuerpo élite que había contratado, salido de las tropas especiales del ejército al mando de Humberto.
Eran considerados lo mejor de lo mejor, y comencé un baño de sangre que jamás en toda la historia de la mafia italiana, desde que la había asumido mi abuelo, había pasado.
Cada noche salía a recorrer Italia, sembrando el terror en todos mis enemigos. Vine al entierro de ellos, no dejando que nadie más, excepto mis abuelos y Rufo, estuvieran presentes. Ese día no solo habían muerto Celia y Alessandrito. ¡Mi humanidad había desaparecido por completo con ellos!
Me volví un hombre que ni mi propio abuelo conocía.
Era el diablo personificado. Muy huraño y hostil, no hablaba con nadie que no fuera Rufo, el cual había dejado de ejercer como doctor y me seguía como una sombra a todas partes.
Yo maltrataba sin piedad a cualquiera y levantaba con tremenda facilidad mi mano para disparar en cualquier lugar.
No bastando eso, empecé a hacer uso de mi poder económico, llevando a la ruina al que medio se me oponía o sospechaba que había estado confabulado para matar a Celia y a mi hijo. Y mi abuelo no pudo hacer nada. Trató, pero yo no escuchaba a nadie.
¡Odiaba al mundo entero!
Solo Rufo y mi nuevo cuerpo élite me comprendían y me acompañaban todo el tiempo. Luego mi abuelo enfermó y frené un poco. Le dije que sí, después de mucho insistir, que asumiría el cargo de Capo di tutti i capi. También acepté casarme para darle gusto a él.
Sin embargo, seguía siendo el mismo hombre de las tinieblas, el terror de las noches, al que todos temían, más ahora que sería el jefe. Era alguien al que nadie podía frenar o detener, y mi abuelo había perdido las esperanzas de que volviera a ser el nieto que había criado.
Hasta el día de la boda con Adelina Conti, que resultó ser con Lilian Calleri Pagani, la mujer que alejó esa negrura de mi vida sin siquiera proponérselo.
Fin de la retrospectiva.
¿Estarían los Conti confabulados para eliminar a Celia y Alessandrito, para que yo me casara con Adelina?
—Listo —me sacó de mis pensamientos Rufo—. Ya arreglé todo. Ahora dime, ¿qué es eso de que el hijo de Adelina Conti es el que sigue a Alessia?