102 . ESA FATÍDICA NOCHE
ALESSANDRO:
Retrospectiva:
Esa noche estaba obligado a participar en una fiesta de las empresas. Todos llevarían a sus familias. Era una reunión que había olvidado por completo. Además, quería sacarla. Celia hacía mucho que no quería salir. Se la pasaba encerrada en la casa.
—¿Es obligado que vaya, Ale? —preguntó Celia, que jugaba con nuestro hijo en la cama—. Le di el día libre a la nana. No sabía que ibas a llegar con eso.
—Solo será una hora, Celia. Podemos llevar a Alessandrito; mis abuelos quieren verlo —insistí con serenidad—.
Hacemos los saludos, nos disculpamos por el niño y nos vamos.
Pero necesito que asistas hoy, querida. Fui yo el culpable, se me olvidó decirte que nos habían invitado a esa importante cena hace más de un mes.
El abuelo me exigió que estuviéramos presentes.
Al fin asintió, pero exigió que solo sería una hora.
Después no podía decirle que teníamos que quedarnos más.
Si eso pasaba, regresaría sola. No quería exponer al bebé a esas temperaturas tan frías ni a la cantidad de humo de tabaco de esos lugares.
Estuve de acuerdo con ella, recordándole que debía arreglarse muy bien.
—¿Vienen todos los grandes jefes? —preguntó con miedo, y yo sabía enseguida por quién estaba preguntando: Damián.
—Los Cavalieri se disculparon y no vienen, así que vamos —le respondí, viendo cómo su expresión se relajaba.
A pesar del tiempo que llevábamos casados, en el que ella se había comportado muy bien y cumplido con sus deberes de esposa, yo todavía podía percibir el gran amor que le tenía a Damián, y eso aumentaba mi culpa.
Sabía que, aunque él se hubiera casado, mantenía a su esposa prácticamente escondida y seguía en su vida de juergas y mujeres.
Cada vez que se encontraban, me preguntaba por ella y me pedía que la cuidara e hiciera feliz.
—Sé que no debo inmiscuirme en tu vida, Ale —me había dicho Damián la última vez que lo vi—.
También sé que fui un estúpido al no ir a casarme con ella cuando me dijiste que te ibas a divorciar y obedecí a mi padre.
Por eso quiero que me prometas que no dejarás que le pase nada y que la harás la mujer más feliz del mundo.
Celia se lo merece. Si me prometes eso, jamás volveré a preguntarte por ella, y trataré de rehacer mi vida con Elsie.
—Te lo prometo, Damián. Te doy mi palabra de que cuidaré a Celia con mi vida y me esforzaré por hacerla feliz —le estreché la mano—.
Trata de ser tú también feliz, por favor, mi amigo.
Y te pido disculpas de nuevo. En serio, si llego a saber que era el amor de tu vida, ¡jamás hubiera obligado a mi abuelo a solicitar su mano!
—Lo sé, Ale, lo sé. Todo fue mi culpa —dijo con tristeza—. Ahora sí voy a vivir tranquilo, sabiendo que la vas a cuidar. Gracias, mi amigo.
Esa noche no asistirían, porque el señor Cavalieri se encontraba indispuesto, al igual que la ahora esposa de Damián. Y eso me llenaba de tranquilidad. Así no tendría que aguantar los celos de ver cómo se miraban con adoración, ni la culpa por haberlos separado.
—Ya estamos listos —me sacó de mis pensamientos la voz de Celia.
Me giré despacio para verla. Celia era, en verdad, una hermosa mujer.
Su cabello siempre lo llevaba libre, de un color negro noche que le brillaba hermosamente.
Apenas si usaba maquillaje. No le hacía falta.
Tenía la tez muy blanca, y sus labios, que jamás pintaba, eran de un rojo increíble que siempre sonreían, dejando ver sus dos hileras de perfectos dientes blancos.
Sus ojos eran grandes, negros, rodeados de largas pestañas y copiosas cejas que delineaba medianamente.
Esa belleza exótica me había encandilado la primera vez que la vi.
Ella no se esmeraba en embellecerse porque era bella.
Si a eso le agregábamos que tenía un exquisito gusto para saber qué era lo que le iba bien en su escultural figura, la hacían ser, en verdad, la reina de la noche donde quiera que aparecía.
Además, su carácter era de lo más agradable.
Para ella no existían personas malas, y atendía con amabilidad a todo el que le hablaba, de igual manera.
Motivo por el que estaba a cada rato envuelta en chismes.
El último era con Rodrigo, un trabajador de mi empresa, que se empeñaba en aparecer donde quiera que ella iba.
A pesar de que yo le advertí en repetidas ocasiones que no lo atendiera, ella seguía devolviendo sus saludos e, incluso, en ocasiones lo dejaba que cargara alguna que otra bolsa si se la encontraba en el mercado, y hasta a Alessandrito.
Por lo que, por primera vez desde que iniciamos nuestra relación, le había prohibido algo.
—¡No quiero que saludes, ni mires, ni le sonrías a Rodrigo! —le había dicho una tarde al volver del trabajo, con muchas revistas donde aparecía Celia sonriéndole en varios lugares, o conversando amablemente, e incluso cargando a nuestro hijo.
—Ale, estoy cansada de decirte que solo es amable —dijo lo de siempre.
—Celia, sé que te crees que te encuentras con él por casualidad —dije furioso, porque ella no me quería entender—. ¡No es así, lo hace a propósito para molestarme! ¡No quiero que le hables o lo saludes!
—¿Por qué voy a hacer eso? —preguntó desafiante—. No soy una persona maleducada. Si alguien me saluda, debo responder.
—Celia, por favor, hazme caso esta vez —ella solo me miraba en silencio y una vez más cedí—. Está bien, solo saluda sin sonreír ni prestarle atención. ¡No quiero que sigan diciendo que mi esposa tiene un amante en mis narices!
—Deja de ser tonto. No les hagas caso a esos chismes —dijo con su serenidad de toda la vida—. Sabes muy bien que no te engañaré jamás. Te di mi palabra, y yo siempre cumplo con lo que prometo.
No dije más nada, pero en verdad estaba muy furioso por su actitud. Mi abuelo también me exigía que no la dejara acercarse a Rodrigo. Se lo había prohibido porque decía que él conocía quién era el dragón de fuego al que culpaba de la desaparición de sus padres.
Ese día, al llegar a la fiesta, nos encontramos con la alta sociedad. Todos se giraron al vernos llegar, yo con mi hijo en brazos y Celia saludaba a todos con una amplia sonrisa, hasta que llegamos a la mesa donde nos esperaba mi abuelo.
—¿Al fin llegaron? —preguntó en cuanto nos vio.
—Hola, abuelo. Disculpa, se me olvidó avisarle a Celia y ella le dio el día libre a la nana. Por eso trajimos al niño —expliqué, al ver cómo mi abuela fruncía el ceño preocupada.
—Dámelo. Hiciste bien en traerlo, así todos conocen a mi heredero. ¿Verdad, bebé, verdad? —Y sin más me lo quitó—. Vayan a saludar. Yo me encargo de mi bisnieto.
Y se dedicó a jugar con Alessandrito mientras nosotros nos movíamos entre los invitados, saludando a todos.
Hasta bailamos una o dos piezas musicales.
No se me había escapado cómo Rodrigo se mantenía al acecho, alejado de nosotros.
Por tal motivo, no había soltado a Celia.
No quería que se le acercara y diera motivos para que hablaran de ella.
—Ale, estoy algo mareada. ¿Vamos un momento al balcón? —pidió Celia.
Sabía que era verdad. El humo de tabaco le provocaba eso. Pero al mirar el reloj, me di cuenta de que había pasado el tiempo suficiente para que pudiéramos retirarnos. Por lo que propuse ir por nuestro hijo para irnos.
—Ve tú. Yo te espero allí cerca de la salida para respirar aire puro —dijo, y se dirigió hacia allá—. No te demores, ¿de acuerdo?
Así lo hice, fui por mi bebé. Y al regresar, no pude contener mi ira al ver cómo Celia reía abiertamente con Rodrigo, ante la mirada de todos, que parecían confirmar lo que se decía de ellos en los rumores. Todo se volvió rojo.