100 . LA HISTORIA CONTINÚA
HUMBERTO:
No dejaba de mirar a mi coronel. El hombre había envejecido, como todos, pero se mantenía en forma, lo podía apreciar. Pero lo que le había sucedido fue un golpe mortal que podría acabar con cualquier ser humano.
—¡No lo sé, Humberto, te juro que no tengo la menor idea!
—Esta vez fue Franco quien se puso de pie con impotencia—.
Mis padres siempre fueron muy pacíficos.
Que yo sepa, se dedicaban solo a su negocio de joyas, nada más.
He tratado de investigar a escondidas, hasta he contratado a detectives.
Pero todos terminan siendo eliminados, por lo que dejé de hacerlo.
Hace poco mataron a mi hermano Ronaldo y a su esposa Eleonora en un accidente de tráfico, dijeron, pero yo sé que no fue así.
Ahora mismo estoy aquí huyendo de Sutera.
Pero el departamento donde estaba creo que lo encontraron los enemigos de mi familia, y lo peor es que no tengo idea de quiénes son.
—¿Qué quieres decir con que te encontraron aquí? ¿Los viste? —pregunté, comprendiendo que esto era más grande que una simple venganza.
Mis hombres solo me informaron que se había mudado de repente.
Pensé que era por la universidad de los chicos, pero al parecer era ese el motivo.
La situación era peor de lo que creía. Hasta entonces pensaba que andaban solo detrás de la señorita Alessia.
Pero si era como contaba Franco, mi Capo la dejó en medio de un lugar muy peligroso.
—¿Por qué no me buscó, mi coronel? ¡Le aseguro que lo hubiera cuidado muy bien y hasta ya supiera quiénes mataron a su familia! ¡Demonios! —Estaba realmente furioso—. ¡Usted no tiene idea de lo poderosa que es la gente para la que trabajo. Le hubieran ayudado!
Me sentía realmente frustrado de no haber podido ayudar al hombre que me convirtió en lo que era en ese momento, todos esos años. Y no solo eso, al que le debía la vida. Si no llega a ser por él, la última vez que lo busqué para que me ayudara, no estaría vivo.
—Humberto, no es que no quisiera contactar contigo.
Pero es que cuando escapé se me perdió todo y tu número de teléfono también.
No quise ir al hospital para no ponerte en peligro.
Todos sabían que, de mis hombres, tú, mi capitán, eras mi mejor amigo, y que confiaba ciegamente en ti.
Por eso no me preocupé, porque sabía que dejaba a mis hombres en buenas manos.
¿Están todos bien? —preguntó Franco, tratando de restarle importancia al ver lo afectado que me había puesto.
—Sí, muy bien —me detuve antes de agregar—. Todos dejamos el ejército con usted.
—¿Qué? ¿Por qué? —Me miró desconcertado.
—Coronel, ¿en serio me hace esa pregunta? ¡Sin usted no era lo mismo! —Le contesté, caminando de un lugar a otro.
Me detuve y lo observé. Por un momento dudé. Franco siempre fue un hombre muy recto, y no sabía si lo que le iba a decir le iba a gustar. Pero no pretendía esconder nada de él.
—Además, mi coronel, en cuanto usted envió su renuncia, se hicieron planes de desmantelarnos —me detuve de nuevo—.
Entonces nos hicieron una mejor oferta de trabajo que preferimos aceptar para mantenernos juntos.
Le digo, mi coronel, ¡todo su pelotón está aquí!
Seguimos siendo lo mejor de lo mejor, solo nos falta usted.
¡Tenía que ir por mí a Milán! Le di todas mis verdaderas informaciones.
—¡Lo hice, Humberto! —Respondió frustrado Franco—. Fui a Milán una vez a donde me dijiste que vivías y no pude localizarte. Nadie sabía dónde estabas.
—¡Diantres! Me mudé para aquí sin decirle a nadie —dije frustrado—. ¡Pero debió insistir! Me hubiese encontrado aquí en Roma.
La situación nos resultó exasperante. Él estaba huyendo de Roma y no podía volver. Eso lo entendía. No debía poner en peligro a su familia. Solo pensaba en esconderse para ponerlas a salvo.
—Luego nos iba bien allá en Sutera, éramos felices. Si no llega a ser porque me encontraron, todavía viviría allá —me siguió contando—. Tuvimos que salir huyendo, como te dije. Es por eso que regresé. No voy a huir más. Quiero resolver de una vez por todas el misterio del asesinato de mi familia.
—¡Lo haremos, se lo prometo, mi coronel! —dije con vehemencia.
—De acuerdo, creo en ti, mi capitán —dijo al fin—. Ahora me vendría bien tu ayuda para proteger a mi familia, si es verdad que puedes.
—¡Puedo! ¡Le aseguro que no le pasará nada! —dije con firmeza—. ¿Dígame qué es eso que dice que le pasó en Sutera? ¿Quién lo atacó y por qué?
Sutera, hasta hacía poco, era un lugar olvidado por todos. Muy pacífico y tranquilo. Él era el jefe de la seguridad. Puso a todos en su lugar. Pero aparecieron los dragones de Minetti, robando y acabando con todo.
—¿Qué? ¡Eso es mentira! Le aseguro que no son de Minetti —refuté enseguida.
—Ya lo sé, me lo dijo una de mis hijas —dijo, y respiré aliviado.
Debió ser la señorita Alessia—. Ella vivió desde que nació aquí en Roma y se aprendió todo.
Me dijo que no eran de Minetti, sino seguidores del dragón de fuego.
Todos tienen un dragón negro debajo de su pata derecha. Ella dice que son los enemigos del UNO.
—¡Tiene razón su hija, son enemigos! —afirmé categórico—. ¿Qué tienen que ver contigo?
—No lo sé, Humberto, pero es la segunda ocasión que escucho mencionar al dragón de fuego y mi vida se vuelve un infierno —me contó muy serio—.
La primera vez fue aquella en que fuimos a hacer aquel trabajo que me pediste de favor que te acompañara y los eliminamos a todos.
¿Lo recuerdas? ¡Tú mismo me dijiste que eran seguidores del dragón de fuego!
Asentí de inmediato. ¡Claro que lo recordaba! Me cargó y caminó conmigo herido casi cinco kilómetros. No me dejó abandonado. ¿Cómo no me iba a acordar? Le debía la vida, coronel. Por eso tenía que dejarlo ayudar. Además, salvó a alguien muy importante aquel día.
—¡No te imaginas a quién salvaste ese día, Franco! —Me puse de pie decidido—. Se irán a trabajar conmigo ahora mismo. Será nuestro coronel de nuevo. Los chicos se pondrán felices de verlo.
—No lo sé, Humberto —dudó Franco—. Ahora solo me interesa mantener a mi familia segura e investigar.
—¡Los que los persiguen no son unos meros maleantes, mi coronel! —casi grité desesperado—. Acepte por favor. Necesita de todos nosotros ahora para mantener a su familia segura. Ahora creo que es por mi culpa todo lo que le pasó. Perdóname, mi amigo, perdóname, mi coronel.
Caí de rodillas delante de Franco, que me hizo poner de pie enseguida. Sabía que no me entendía. Pero no tenía idea de que iban a averiguar quién era y le harían eso a su familia.
—Espere un momento. Llamaré ahora mismo a mi jefe. ¡Lo arreglaré, mi coronel, lo arreglaré! —dije nerviosamente—. Estoy seguro de que fue por esa misión.
—¿Por qué me dices eso? ¿Quiénes eran esos dos hombres que salvé? ¿Qué tiene que ver con todo lo que me ha pasado? —preguntó muy serio—. ¿Qué tan peligrosos son esos que me persiguen y asesinaron a toda mi familia en una noche?
Le hice señas de que tuviera paciencia mientras llamaba a mi Capo. Pero eran muy peligrosos y tenía que salvarlos. La enorme culpa que estaba sintiendo en esos momentos de haber sido el culpable de todo lo que le había pasado me estaba matando. Podía ver que se estaba impacientando.
—No te estoy entendiendo, soldado —cambió de actitud Franco. Ya no era mi mejor amigo, era mi coronel superior pidiéndome explicaciones—. ¡Habla claro! ¿Por qué dices que eres el culpable de todas mis desgracias?