99 . LA HISTORIA DE FRANCO
HUMBERTO:
Me quedé observando a mi coronel, del que creía que conocía hasta su más escondido secreto.
Y ahora me daba cuenta de que no conocía ni su verdadero nombre ni origen.
Todavía no podía creer que no supiera quién era en realidad mi mejor amigo.
A Francesco Rinaldi lo había estado buscando por años por orden de Alessandro Minetti, y nunca pude encontrarlo.
Todas las informaciones decían que estaba muerto.
Si lo hubiera sabido, hace mucho que hubiera ido por él.
—Disculpa, Humberto, realmente renuncié a esa identidad —me siguió contando, un poco incómodo—.
Ya sabes, no quería que me trataran como el millonario que solo hacía un capricho al estar en el ejército.
A mí realmente me gustaba ser un militar y quería ganarme todo por mis méritos, por mi trabajo y esfuerzo, no por mis millones.
Por eso había renunciado a todo lo de mi familia.
—¡Debió decirme la verdad, coronel! ¡Eres mi mejor amigo! —Insistí, algo dolido de que no hubiera confiado en mí hasta ese punto—. Le hubiese encontrado antes y ayudado. ¿Y dónde se metió después que me dejó?
—Tuve que esconderme en varios lugares —me contó más tranquilo—. Hasta que fui a dar a la isla de Sutera y me quedé allá hasta ahora.
—¿Por qué Sutera? —pregunté, queriendo saber todo ahora—. Es un pueblecito de mala muerte. Lo recuerdo de cuando nos llevó a escalar aquellas vacaciones.
—Porque era muy tranquilo y seguro hasta hace unos años.
Escondido en medio de la nada, detenido en el tiempo.
Ni electricidad tiene, por lo que nadie podía enterarse de quién era en realidad —explicó sin dejar de fumar.
Lo hacía cuando estaba bajo presión y nervioso—.
Pude casarme con mi Annette, que no me dejó ir solo con un niño de cinco años que lloraba todo el tiempo.
Mi hermano Ronaldo también abandonó todo y se fue conmigo.
Lo miré con una gran sonrisa por eso que acababa de decir. La teniente Annette era su esposa. Todavía no me lo creía. Ahora entendía por qué no la encontré nunca. Tampoco supe que tenían una relación entre ellos. El coronel la trataba como a los demás.
—¡Sí que sabes guardar secretos, mi coronel! Jamás imaginé que esa preciosa mujer fuera su novia. ¡Nos tenía locos a todos en el pelotón! —Reí mientras le daba una palmada en el hombro—. Felicidades, mi coronel. Te mereces a Annette di Roma.
—Estábamos enamorados en el ejército, pero nunca pasó nada —aclaró de inmediato—. Luego, como se fue conmigo, ya sabes. No teníamos por qué no amarnos y lo hicimos.
—Lo entiendo. Ella tenía adoración por usted desde que la salvó —dije, recordando que era uno de los que la pretendía.
Ella realmente era una hermosa mujer. Pero cambié enseguida y le pedí—: Explícame despacio eso de que te asesinaron a toda tu familia.
Todavía es un gran misterio para todo el mundo lo que pasó con los Rinaldi.
Levantó los hombros diciendo que no sabía qué había sucedido. Él estaba lejos. Alguien lo llamó cuando estaba conmigo en el hospital y le había dicho que se escondiera, que habían asesinado a toda su familia e iban por él y su hermano Ronaldo.
—Salí como un loco a salvarlo, que estaba en casa de un primo lejano —contó con las manos temblorosas—. Cuando llegué a su casa, maté a todos los que estaban acabando con ellos. Solo pude salvar a mi hermano y a mi primo Ray, de cinco años, que los habían escondido en un closet.
—¡Tenías que haberme llamado! —Insistí, sin poder creer que le hubiera sucedido esa tragedia a mi mejor amigo y yo no estuviera a su lado—. Aunque estaba en el hospital, podía ayudarte con mi gente, Franco.
Me puse de pie sin poder evitarlo. No podía entender por qué no me pidió ayuda. Era cierto que en aquel entonces todavía Franco no sabía con quién yo me había involucrado, pero no importaba. Debió pedir ayuda. Quería seguir reprochándolo, pero opté por seguir escuchando toda la historia de mi amigo.
—¿Y entonces has vivido todo este tiempo escondido? —Me senté a su lado desconcertado—. ¿Por qué no te quedaste en Roma para coger a los que le hicieron eso a tu familia?
—Estaba en ascuas. No tenía ni idea de quiénes eran los enemigos de mi familia.
Ya te dije, me había separado de ellos hacía muchos años —contestó mientras me miró con tristeza—.
Como mi Annette, que estaba conmigo cuando me avisaron y me ayudó a acabar con todos esos desalmados, quiso seguirme.
Tuve que dejar todo e irme. Tenía que escondernos primero y mantenernos a salvo.
Rodamos un buen tiempo huyendo de todos aquí en Italia, mientras trataba de investigar qué había pasado.
Pude apreciar que Franco estaba visiblemente emocionado.
No se me escapó que se sentía culpable de lo que le había pasado a su gente.
Pero sobre todo de que aún no tenía ni la menor idea de quiénes pudieron hacer una cosa tan monstruosa, como fue exterminar a toda su familia en solo una noche.
No dejaron a nadie vivo. Hasta los niños fueron asesinados.
Guardó silencio por un momento, en lo que tragó en seco.
—Lo intenté, Humberto. Traté de saber qué había pasado, sin resultados.
Todos los posibles caminos que encontré resultaban en que asesinaban a las personas que me querían ayudar.
Tú estabas gravísimo en el hospital, no podía llevarlos hacia ti.
Ese fue el motivo por el que no te avisé —dijo apesadumbrado, como si le doliera recordar esos hechos—.
Por lo que cuando nació mi primera hija, Filomena, me di cuenta de que tenía que dejar todo y proteger a mi familia.
Fue cuando me acordé de Sutera y me fui para allá.
—¡Tenía que haberme llamado, mi coronel, sin importar qué! —repetí, sintiéndome impotente de no haber estado a su lado en esas circunstancias tan terribles por las que pasó.
Desde que entré al ejército muy joven, estuve bajo el mando de Franco, que me libró de muchas cosas.
Pues yo era despreciado por ser hijo de una familia adinerada, junto a muchos otros niños ricos, y casi todo lo que sabía se lo debía a él, que se había convertido en uno de los coroneles más jóvenes del ejército.
Y ahora entendía por qué escondió su origen.
Se ganó los grados de coronel a pulso, trabajando hasta el cansancio.
Porque a pesar de haberle dado el peor pelotón de la historia, éramos todos niños mimados de familias adineradas que creíamos que nos lo merecíamos todo.
Pero Franco nos hizo hombres con increíbles cualidades, y no solo eso.
Nuestro pelotón se convirtió en el más efectivo de la guerra, ganándose la envidia y odio de muchos, porque no dejaba que nadie nos maltratara.
Un día lo llamaron para una reunión de emergencia, y en cuanto él se fue, a nosotros nos mandaron a que fuéramos sacrificados en una misión muy arriesgada, de la que nadie había salido vivo.
Franco se había olido la trampa, averiguó todo torturando a un oficial y fue de inmediato a donde no teníamos escapatoria. Estábamos rodeados por todas partes.
Con un tanque de guerra que les quitó al enemigo, rompió el cerco.
Nos salvó a todos solo de esa encerrona que les habían hecho.
Además, nos llevó a cumplir la imposible misión que nos habían encomendado.
Debíamos hacernos cargo de un punto estratégico que hacía más de un mes que intentábamos tomar.
Y lo logramos con cero baja mortal de nuestra gente.
A partir de ese día, todos lo respetamos, y fuimos convertidos en el cuerpo élite de las fuerzas especiales.
—¿Quiénes eran los enemigos de su familia? —Seguí queriendo saber toda la verdad para ayudarlo—. Tiene que existir alguien, mi coronel. ¿Por qué asesinarlos a todos en una noche?