¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 98 . UN ENCUENTRO NO ESPERADO
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98 . UN ENCUENTRO NO ESPERADO

FRANCO:

Llegamos a la empresa donde trabajaba ese día.

Ray y yo teníamos guardia en solitario esa noche.

Estaba muy contento de que todo se hubiera resuelto bien en la escuela.

Aunque tenía la impresión de que alguien movía los hilos para que aceptaran a los chicos.

Debía ser muy cuidadoso. Por eso decidí regresar a esa casa de mi familia que nadie conocía.

Y le pedí a Gianpiero que se quedara con nosotros.

Bosco me contó que era muy bueno luchando y que había defendido a Alexcía contra muchos.

Me senté en mi puesto. La noche parecía que iba a ser muy tranquila. De pronto, unos pasos hicieron que levantara la vista, solo para ver a un hombre que venía saliendo, y me quedé asombrado al ver de quién se trataba.

—¿Humberto? ¿Eres realmente Humberto? —pregunté, realmente feliz.

—¡Mi coronel Franco, qué alegría me da verlo! —exclamó complacido Humberto al verme.

Nos estrechamos riendo en un fuerte abrazo.

No podía creer que lo hubiera encontrado en la capital.

Humberto era de Milán. Era el amigo que había estado buscando desde que sucedió la tragedia de mi familia.

Sabía que estaba en Roma, pero no esperé encontrarlo así. Me sentí en verdad afortunado ese día.

—Yo vivo aquí en Roma desde que salí de las fuerzas especiales. Trabajo para un buen hombre —contestó Humberto—. ¿Y usted, qué hace en esta empresa de mala muerte?

—Inicié a trabajar aquí. ¿Tienes prisa? Justamente a ti quería encontrar porque necesito hablar contigo. Ray, Ray… —lo llamé para que se acercara—. Mira, este es el capitán Humberto, era mi subordinado. Me salvó el pellejo muchas veces.

—Y usted a mí, coronel Franco. Si estoy vivo es por usted —dijo, extendiendo la mano—. Mucho gusto, Ray.

—El gusto es mío —contestó Ray, apretándole la mano, emocionado—. He escuchado muchas historias de usted.

—No tengo nada urgente que hacer ahora, coronel. Solo vine a ver si reclutaba algunos hombres que me hacen falta —nos dijo Humberto.

—¿Qué quieres decir con reclutar, capitán? —pregunté, interesado.

Humberto se sentó en unas mesas que había cerca, mientras le hacía señas a uno de sus hombres, que vino enseguida y esperó a que regresara Ray. Me indicó que le dijera qué área me tocaba cuidar para que se encargara mientras él y yo pudiéramos conversar tranquilos.

—No hace falta, lo hago junto a Ray. Y ya dejé de ser coronel. Vamos a obviar los grados y tratarnos como lo que somos, mejores amigos —le pedí, sonriendo, todavía sin poder creer que lo hubiera encontrado tan fácilmente.

Estaba muy feliz de haberlo encontrado. Era a él a quien planeaba ir a buscar a Milán. Confiaba en Humberto como si fuera yo mismo, y a pesar de haber pasado tantos años sin verlo, podía percibir que nuestra amistad seguía intacta, y eso me llenó de regocijo.

Después de haber descubierto a los hombres que seguían a los chicos, estaba realmente preocupado de que los enemigos de mi familia, de los cuales no tenía idea de quiénes pudieran ser, nos hubieran encontrado.

Tenía la seguridad de que Humberto podía ayudarme a protegernos e investigar todo lo sucedido.

—De acuerdo, mi coronel…, digo Franco —aceptó Humberto mientras vio a su hombre alejarse con Ray—. Ahora dime, ¿qué puedo hacer por ti? Desapareciste en cuanto llegamos aquel día. ¿Cuánto hace? ¿Veinticinco años?

—Sí, más o menos —contesté sentándome frente a él.

—¿Qué pasó, Franco? —Me hizo la pregunta que esperaba—. Me dejaste solo sin decirme nada en el hospital, moribundo. Te busqué como un loco cuando salí y no te encontré. ¿Dónde te metiste hasta ahora?

—Disculpa, Humberto, que no te haya dicho nada y te dejara solo en el hospital —me detuve y prendí un cigarrillo—. Es que asesinaron a toda mi familia.

—¿Qué quiere decir con eso de que le asesinaron a toda su familia? —preguntó inclinándose hacia mí.

Lo miré sabiendo que lo que seguía podía ponerme en un gran peligro. Lo estudié con detenimiento. Siempre confié en ese hombre, pero habían pasado veinticinco años desde que nos separamos. Y en ese tiempo un hombre puede cambiar. Pero decidí arriesgarme.

—Hay algo de mí que no conoces, Humberto, y fue el motivo por el que quizás no me encontraste —dije apagando el cigarrillo en el cenicero en medio de la mesa entre los dos. Levanté la cabeza y lo miré fijamente—. Yo no me llamo Francisco Morarti.

—¿No? ¿Y cómo se llama? —preguntó con el ceño fruncido.

Sabía que no me podía andar por las ramas con ese hombre. Era demasiado inteligente, y en esos momentos era la única persona que tenía para que me ayudara. Por lo que decidí hablar claro con él y contarle toda mi historia.

—¿Conoces a la gran familia Rinaldi? —pregunté, para ver si no tenía que profundizar mucho.

—¿Qué familia Rinaldi? —Entrecerró los ojos y prosiguió—. ¿Te refieres a la que poseía un imperio en joyas, que la exterminaron en una sola noche y nadie sabe por qué?

—¡Esa misma! Mi verdadero nombre es Francesco Rinaldi.

Soy el hijo mayor de esa gran familia que mencionas y que eliminaron en una noche —conté por primera vez, y sentí al decirlo en voz alta que todavía estaba muy afectado, ante la mirada incrédula de Humberto—.

Precisamente la otra noche que regresamos de aquella misión en que te rescaté y te llevé al hospital sucedió el exterminio.

Humberto se enderezó en la silla. Ahora era él quien me estudiaba detenidamente. En todos los años que estuvimos juntos en el ejército, nunca nadie supo que yo era de esa familia. Soltó un silbido antes de decidirse a hablar.

—¿En serio, mi coronel? —preguntó todavía con incredulidad—. ¿Eres el heredero de los Rinaldi? Lo he estado buscando todo este tiempo.

—¿Qué quieres decir con que has estado buscando a un Rinaldi? ¿Para qué? —pregunté sin entender y con recelo.

Después de que asesinaran a toda mi familia, desaparecí para que me dieran por muerto a mí también. Me enderecé en la silla y crucé los brazos, observando a mi subordinado con cautela. Humberto me conocía demasiado y enseguida se percató de mi actitud.

—Buscaba al heredero de los Rinaldi por orden de mi jefe —aclaró de inmediato y continuó—. Tiene algo que le pertenece y desea devolverlo.

—Ya veo. Bueno, no me encontraste porque me escondí con el nombre de Franco Moret —dije, decidido a confiar en él—. No podías encontrarme con el nombre que me conocías ni con Francesco Rinaldi. Nadie sabe que me llamo así, ni siquiera mi familia.

—¡¿Qué?! ¿Y por qué no me dijo que se llamaba así? —protestó con vehemencia—. ¡Soy su mejor amigo, debió hacerlo! Yo confié en usted ciegamente y le dije mi verdadera identidad. ¿Por qué no lo hizo igual, mi coronel?