97 . LA MATRÍCULA EN LA ESCUELA
ALESSIA:
Junto a Franco y Annette, nos dirigimos a la universidad de Sapienza.
Según supimos, tenía todas las especialidades que queríamos estudiar.
Filomena y yo estudiaríamos diseño. Bosco se inclinaba por administración de empresas, y Gian, ingeniería en computación y administración.
Me recordaba a mi hermano Kenet. Eso era lo que él quería estudiar.
Para nuestra felicidad, todas las carreras tenían plazas disponibles y no estaban lejos unas de otras. Lo más importante era que solo teníamos que abonar un precio simbólico porque lo demás lo pagaba el gobierno, y no nos exigieron ningún papel de nuestras anteriores escuelas.
—¡Papá, jamás imaginé que podía estudiar en una escuela como esta! —exclamó Filomena con todos los papeles en las manos después de hacer la matrícula—. Aunque, papá, a mí me gusta eso de diseñar ropa, pero prefiero dibujar joyas. ¿Crees que lo pueda hacer?
Franco la miró sin poder creer lo que ella decía.
No podía negar que tenía en la sangre la herencia familiar.
Sin embargo, no mencionó nada. Algún día se lo diría.
Estaba muy contenta porque iba a reiniciar mis estudios junto a Gian, sobre todo como si fuéramos chicas normales.
Nadie se fijó en nosotras cuando llegamos, y eso que compramos ropas más bonitas.
Me había mantenido pintándome el cabello de negro, con ayuda de Filo, porque le dije que no me gustaba que fuera rojo.
Fueron los chicos quienes llamaron más la atención.
Ambos eran muy apuestos, aunque iban vestidos con un simple jean y una camisa arremangada.
Su masculinidad los hacía resaltar. Por ello, me prendí de la mano de Gian cuando vi a un grupo de chicas mirándolo.
Filo hizo lo mismo con Bosco, dando a entender que ya tenían dueñas, ante la complacencia de ellos, que nos pasaron un brazo por los hombros, reafirmando lo que queríamos dar a entender.
—Filo, ¿no ves que puedes elegir eso? —pregunté mientras le mostraba el folleto de las especialidades que impartía la universidad—. Si te gustan las joyas, te dedicas a eso. Yo haré lo mismo con las ropas.
—¿En serio? —preguntó emocionada—. ¿Puedo hacer eso, papá?
Franco la miró de una manera que no entendí.
Era una mezcla de orgullo y preocupación.
Le pasó la mano por la cabeza asintiendo.
Yo seguí explicándole que el primer año teníamos que estudiar juntas las principales asignaturas, luego algunas separadas.
Pero estaríamos en la misma parte de la universidad. A los chicos les pasaba lo mismo.
—Lo más importante es que estamos cerca. Nos veremos en las horas de receso. Iremos y vendremos juntos. Solo tenemos que coordinar los turnos en el trabajo —dijo Gian, también emocionado.
¡Sí que el Capo di tutti i capi sabía arreglar las cosas!
Pensaba para sus adentros sin dejar de sonreír.
Había llamado a Humberto la noche anterior y avisado de lo que pretendíamos hacer por la mañana, y todo estaba arreglado.
Estaba feliz porque, aunque trabajaba para el Capo Mayor, se había preocupado porque había tenido que posponer sus estudios por ello. Y ahora los reanudaba sin problemas.
—No trabajarán más por ahora —dijo Franco, que estaba muy silencioso y miraba a cada rato a todas partes—. Vamos para que vean el nuevo lugar que alquilamos muy cerca de aquí para vivir y que puedan venir caminando.
—¿Qué quieres decir, padre? La escuela vale mucho dinero —dije con preocupación—. No podemos darnos el lujo de alquilar algo cerca de aquí. ¡Es muy costoso!
—No, hija, la escuela la paga el gobierno.
Lo poco que tengo que pagar me lo gano en una sola guardia.
Mejor concéntrense en estudiar, que llevan dos meses atrasados.
Es un milagro que los hayan aceptado aun sin traer los papeles de su escuela anterior.
Lo demás déjenlo a nosotros —dijo muy serio Franco, sin dejar de mirar receloso alrededor, lo mismo que Annette—.
Gian, sé que tienes tu apartamento solo, pero si no te molesta, ya que estudiarás con ellas, puedes venir a vivir con nosotros. Hay espacio suficiente.
Todos nos detuvimos para mirar a Franco, sobre todo Gian, que se había estado rompiendo la cabeza para pedirle que los dejara acompañarnos. Aunque Humberto le había asegurado que le buscaría algo cerca, también sugirió que era mejor que tratara de permanecer con nosotros.
—¿Lo dice en serio, mi suegro? —preguntó, rebosante de felicidad.
—No te hagas ilusiones, no es que vayas a dormir con tu novia —se apresuró a aclarar Franco—. Te invito porque me preocupa que, si te quedas viviendo allá tan lejos, Alexcía te vaya a visitar, y no me agrada la idea de que esté en aquel barrio. Si no quieres, no hay problemas. Te entiendo.
—¡Sí quiere! —respondí antes que Gian, poniéndome colorada—. ¿Verdad, Gian?
—¡Sí, sí, claro que quiero! —contestó sonriendo feliz al escuchar a su novia decir aquello.
Era un claro indicio de que no quería separarse de él—.
Pero me dejarás ayudar a pagar la renta y todo lo demás de la casa.
No es que mi padre sea millonario, pero me manda algo y, si voy a ahorrar todo lo del alquiler, transporte y demás, voy a estar muy cómodo, señor.
—De acuerdo, no esperaba menos de ti —dijo Franco muy serio—. Veré si te busco un trabajo más adelante junto a Bosco. ¿De acuerdo? Ahora vamos para que vean la nueva casa.
Y salimos caminando sin ningún tipo de problemas, hasta llegar cerca de la Iglesia de la Sapienza. El lugar quedaba cerca del edificio donde estaban ubicadas nuestras especialidades. Esta vez era en planta baja, muy bueno. No era una casa cualquiera. Definitivamente no era un alquiler barato.
—Padre, ¿cuánto pagó por esta casa? —pregunté con preocupación.
—No debes preocuparte, es de un antiguo compañero —aclaró Franco, sin dar más explicaciones.
En realidad era muy amplia, de construcción antigua al estilo romántico.
Estaba muy bien amueblada y tenía todo lo que podíamos necesitar, aunque parecía que hacía mucho nadie habitaba allí.
Pero conocía muy bien las obras de arte, y las que estaba viendo eran originales.
Todo lo que contenía era de excelente calidad.
—¡Qué lindo! Parece un castillo de los cuentos de fantasía —exclamó Filomena, deteniéndose frente a una enorme pintura en el centro de la sala—. Oye, papá, esa familia se parece a nosotros.
—¿Qué dices, Filo? —se adelantó Bosco—. Vaya, mi suegro, tiene razón. Esos dos niños parecen usted y su hermano. Y esta señora se parece a Filo, solo que tiene el pelo rojo. Pero el señor parece su padre. Y los viejos también se parecen a usted ahora.
—Dejen eso —los regañó Annette al ver la cara que había puesto Franco, quien, sin más, se adentró en lo que parecía el despacho—. Ahora vayan ustedes dos con Ray en ese camión a buscar todo lo de ustedes al apartamento.
—¡Nosotras también vamos, mamá! —exclamamos Filomena y yo.
La tía Annette estuvo de acuerdo, pero nos pidió que no nos demoráramos y que no olvidáramos que éramos seguidas por enemigos. Era otro de los motivos por los que cambiamos de residencia.
—Así que vengan derechito para la casa. Recojan todo rápido y regresen, ¿de acuerdo? —Insistió con cara seria—. ¡Y nada de ir a despedirse a ese restaurante de mala muerte! Al parecer nos encontraron por estar trabajando allí.
—¿Qué quieres decir, mamá? —preguntó Filomena, y yo también me giré.
—Tu padre detectó a varios hombres merodeando sospechosamente el área. Vayan y vengan rápido. Traten de pasar desapercibidos —contestó con el ceño fruncido.
Guardamos silencio. Miré alrededor asustada. ¿Me habrían encontrado los enemigos de papá? ¿O habría mandado a mi cuerpo élite a cuidarme? A él no se le escapaba nada. Debía saber que estaba en Roma.