95 . CABOS SUELTOS
ADELINA:
Aún era una mujer muy hermosa. Poseía una larga cabellera rubia, ojos verdes y un rostro de facciones delicadas.
Miré fríamente con desprecio la casa a la que acababa de llegar.
De joven, era considerada una belleza única, y por ello, era mimada por todos.
Mi carácter era todo lo contrario a mi belleza, decía mi padre.
Debido a mi estatus y riqueza, siempre sentí que era superior a los demás, y maltrataba sin recato a todos a mi alrededor que no me complacían como yo merecía.
Retrospectiva:
En aquella época, estaba encaprichada con Alessandro Minetti.
Quería ser a toda costa la primera dama de la mafia italiana.
Mi padre, Alfonso Conti, junto al entonces dragón de fuego que se hacía llamar Franco Rinaldi, pero que en realidad era Bertolt Weber, junto a su esposa Florencia, habían conseguido que yo fuera la elegida para ser la prometida que se casaría con Minetti.
Sin embargo, debo reconocer que mi inteligencia era muy baja, a pesar de que mi orgullo lo sobrepasaba y no aceptaba una humillación de nadie.
Para mi desgracia, Alessandro Minetti no tenía ninguna intención de conocerme, y mucho menos de llevar una relación de marido y mujer.
Lo único que le interesaba y exigía era que cuidara de su abuelo por tres años.
Así que decidida, una tarde me presenté sin ser invitada a conocer al anciano, pero él no me recibió.
Esa fue mi primera humillación, que me enfureció.
—¡¿Quién se ha creído que es para humillarme así?! —vociferaba al llegar a mi casa, donde mi hermana Eleonora y mi padre me miraron sin entender.
—¿A qué te refieres, Adelina? —preguntó mi padre—. ¿Quién puede humillarte sabiendo que eres mi hija? Dime quién se atrevió y lo mataré ahora mismo.
—¡No puedes! Fue el viejo Minetti —contesté furiosa.
—¿Qué pudo hacerte el Capo mayor? —preguntó mi hermana con interés.
—¡No me recibió cuando fui a verlo a su casa hace un rato! ¡A mí, la prometida de su nieto, no me quiso recibir! —Confesé todavía roja de furia.
Tanto Eleonora como mi padre se quedaron sin saber qué decir.
Pero podía ver la pregunta en sus ojos. ¿Cómo me atreví a ir a esa casa que nadie entraba sin ser invitado?
¿Dónde diablos tenía la cabeza? Mi padre se puso de pie, mirándome muy serio, y avanzó hacia mí.
Por alguna razón, retrocedí asustada ante su actitud amenazante.
—¿Te atreviste a ir a esa casa sin ser invitada? —preguntó casi mordiendo las palabras.
—Sí, ¿por qué no puedo? ¡Soy la prometida de Minetti! —dije con vehemencia.
—¿Qué diablos pasa contigo? —Gritó dándome un golpe en la frente—. ¿Es que no posees una sola neurona de inteligencia en esa cabeza? ¿No te dije que te mantuvieras alejada de ellos?
—Pero, padre, todos se burlan de mí porque no los conozco ni he ido a su casa todavía —dije dejándome caer en el sillón al lado de mi hermana.
—¿Y qué? —preguntó fríamente—. ¿Sabes lo que nos costó convencer a Minetti de que te aceptara? ¡No lo eches a perder, porque juro que te mato, te mato con mis propias manos!
Lo miré furiosa, sin entender por qué no podía tener mi historia bonita de fantasía como anhelaba.
Pensé que, si me convertía en la prometida de Minetti, él vendría corriendo a llenarme de lujos y mimos.
Pero no había sucedido nada de eso. Ni siquiera había querido conocerme.
Me envió el contrato con Florencia para que lo firmara y pusiera lo que quisiera.
Encima de eso, decía que era solo por tres años y no serían un matrimonio normal.
—¡No quiero casarme con él si es así! ¡Yo quiero ser su mujer de verdad, no solo de nombre y menos por tres años! —grité mientras pataleaba en el piso.
Mi hermana Eleonora, que no era tan bella como yo y era menor por dos años, pero que poseía una gran inteligencia, se me acercó burlonamente.
Nunca había tenido celos de mí, a no ser por los derechos que poseía por ser la mayor.
No sería tan bella como yo, pero no era fea, y en esos momentos era quien ayudaba a nuestro padre en todos los negocios de la familia.
También contaba con mi matrimonio con Minetti, el futuro Capo di tutti i capi. Con ello, podría adquirir mucho poder dentro de la sociedad. No quería que yo le echara a perder sus planes, así que de inmediato ideó un plan en su diabólica mente.
—Pues si quieres ser la mujer de él, solamente tienes que darle un hijo —dijo, como si no fuera algo difícil—. Todos saben que le encantan los niños y que cuando perdió al suyo, sufrió como un condenado. Todavía lo hace. Así que si logras que te embarace, serás su mujer de por vida.
—¡Eleonora! ¿Qué barbaridad dices? —la regañó mi padre—. Adelina, eres la prometida de Minetti, vivirás en su casa. Eres muy hermosa, no necesitas de esos trucos para enamorarlo. Ya verás que caerá rendido ante tus encantos. No escuches las locuras de tu hermana.
—¡Claro que no, papá! —Estuve de acuerdo con él. Era la mujer más hermosa de Roma.
Sin embargo, seguí a mi hermana al cuarto, donde me prometió que me ayudaría a acostarme con Minetti.
Pusimos manos a la obra y, ayudadas por Florencia, la esposa de Bertolt, elaboramos un buen plan para hacer que estuviera con Alessandro.
Solo que a veces las cosas no salen como se planean.
La noche en que debería suceder todo, en uno de los clubes exclusivos donde los dragones se entretenían, tomé nerviosamente unas copas de más y entré en la habitación que me había indicado Florencia que estaría Minetti.
No pude recordar nada de lo que pasó. Al despertar al otro día, estaba desnuda en una cama redonda vestida de rojo, sin rastros de Alessandro Minetti.
Pero sí llena de marcas por todo mi cuerpo, señal de que había tenido una desenfrenada noche.
No es que fuera virgen. Hacía mucho tiempo que me acostaba con uno de mis guardias de seguridad.
Por eso, nada de lo que pasó allí me era ajeno.
No era la primera vez que participaba en orgías como aquellas.
Cuando llegué a casa, le dije a mi hermana que lo había logrado.
Porque mientras me dirigía en mi auto hacia la casa, Florencia me aseguró que sí, que Minetti había estado conmigo.
Que había presenciado cuando entré en la habitación donde yo lo esperaba, pero que después se había marchado.
Recordaba vagamente haberlo visto, aunque estaba conversando con Rufino, y me pareció que se marcharon después. ¿Estaría o no con él?
Durante los días que siguieron, me comporté tranquila.
Iba todas las tardes al club de golf con la esperanza de encontrarme con mi prometido, pues me habían dicho que solía ir a comer un específico dulce que le hacía el chef solo para él.
¡Nadie más comía ese dulce! Fue la segunda decepción y humillación que recibí.
Cuando exigí que lo hicieran para mí, el chef se negó rotundamente. A menos que Alessandro Minetti lo autorizara, no lo haría para otra persona. Era una receta que había elaborado su difunta abuela para él de niño, y le había prometido no revelarla ni ofrecerla a nadie más.
—¿Por qué nadie me respeta? ¡Soy la prometida de Alessandro Minetti! —Grité a toda voz.