¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 94 . YA SABEMOS QUIÉN ES
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94 . YA SABEMOS QUIÉN ES

ALESSANDRO:

Observé a mi esposa pensativo por la mañana al levantarme.

La noche de ayer fue agitada. Ese chico era muy resbaladizo.

¿Cómo se nos pudo escapar? Hasta que escuché sonar mi teléfono.

Lo tomé y salí al balcón al darme cuenta de quién me llamaba.

No quería que Lilian se enterara de nada relacionado con Alessia.

—Dime, Humberto, ¿lo viste? —pregunté de inmediato.

—No, mi Capo. Franco tuvo una emergencia anoche y regresó a su casa. Y antes de que se preocupe, le digo que todo está bajo control —se apresuró a decir.

—Explícate —dije secamente.

—Bueno, jefe… —se detuvo antes de decir—: Al parecer Gianpiero y la señorita Alessia se hicieron novios ayer.

—¡¿Tan pronto?! —pregunté sin poder impedirlo. Respiré profundamente para controlarme—. ¿Cómo estás seguro de eso? ¿Y esa fue la emergencia de Franco? ¿Le hizo algo Gian a ella?

Sabía que estaba siendo en ese momento un poco paranoico al escuchar que mi hija tenía novio.

Aunque fuera el que yo escogí, no podía controlarme.

La idea de cederla a un hombre todavía no me convencía, a pesar de que sabía que tenía edad suficiente para eso.

Coloqué de nuevo el teléfono en mi oreja para escuchar a Humberto continuar su informe.

—No, todo lo contrario. Si me permite decirle, creo que es una de las mejores decisiones que usted ha tomado con respecto a la señorita Alessia —me quedé sin entender a qué se refería.

No estaba convencido de que fuera la mejor idea que había tenido al colocar un chico tan guapo al lado de mi hija, y que ya supe andaba con muchas mujeres en Milán. Aunque Rufo me aseguró que nunca se había tomado a ninguna en serio, no dejaba de ser un mujeriego.

—¿Qué quieres decir? —pregunté mientras me calmé.

—Según me contó Matías, ayer los chicos fueron al parque de diversiones y una pequeña pandilla encerró a Gian y a Alessia.

Me trajeron un video. Si los viera, mi Capo, ¡esos dos nacieron para unirse!

—Dijo emocionado, riendo, Humberto—. Combatieron espalda con espalda y derrotaron a todos.

Los chicos le hicieron un video. Espere, ahora se lo envío.

Mi teléfono sonó con la entrada del mensaje y lo abrí.

Aunque estaba un poco oscuro, reconocí esa danza de defensa de los dragones.

¡Maldita sea, era verdad lo que decía! Esos dos parecían que entrenaban todos los días juntos.

Eran lo mejor de lo mejor. ¡Vaya! Gianpiero era en verdad muy bueno. ¡Ja, ja, ja…!

—Mi Capo —escuché a Humberto llamarme—. La señorita Alessia se ve realmente feliz con Gian, ¿verdad? Él me confesó cuando me llamó para saber si era su hija, que nunca antes se había enamorado de una mujer como de ella.

—¿Te llamó? ¿Crees que sospeche algo? —pregunté enseguida, concentrándome en la conversación.

Humberto negó de inmediato. Las dudas resultaron porque vio al chico que perseguía a Alessia en el semáforo justo delante de ellos y ella reaccionó. Al parecer fue una falsa alarma, eso ya lo sabía. La motocicleta sí tenía un dragón pintado, pero no dorado completo.

—Aunque puede ser que fuéramos nosotros aquella noche quienes no vimos bien y por eso no lo hemos encontrado todavía —siguió informando Humberto—. O cambió la pintura que vimos la noche del rapto.

—¿No es dorado? ¿Estás seguro? —Insistí en saber.

—Sí. Ya le mandé la foto que lograron sacar. Mírelo usted mismo, es dorado, rojo y negro —dijo con seguridad.

—No tenemos ese color en nuestra organización —dije mientras las revisaba—. El único que contiene dorado es el de Alessia, por eso mamá escogió ese color. Ni siquiera tiene mi signo todavía.

Seguí mirando las fotos. Todo era muy extraño. El del joven tenía un signo de poder que se parecía al mío, pero no lo era. Humberto me informó que ordenó que siguieran investigando.

—También lo llamé ahora para decirle que los chicos van a ir a la universidad de Sapienza, esa del gobierno, hoy —ahora entendí su llamada tan temprano—. Solo le aviso que necesita hacer que los reciban y les hagan creer que no tienen que pagar nada ni les exijan ningún papel de las otras escuelas.

—De acuerdo, lo arreglo ahora. ¿Algo más? —pregunté, viendo cómo Lilian había terminado de vestirse y miraba hacia mí—. Espera un momento, Humberto, no cuelgues.

Entré en la habitación para decirle a mi esposa que no saliera todavía, porque hoy iba a andar todo el día conmigo. No quería que le diera otro ataque de ansiedad. Tenía que estar con ella para cuidarla.

—Tengo programada una operación a primera hora, Ale —me contestó—. Me voy con Rufo y Migue. Ve después. La operación debe durar tres horas. ¿De acuerdo?

—Está bien, pero no te separes de ellos —le pedí preocupado. Anoche casi no me dejó dormir—. Lili, hazme caso esta vez.

—No me alejaré de Rufo, no te preocupes —dijo viniendo a besarme—. Además, me va a hacer muchas pruebas, dice.

La vi marcharse con su maletín de doctora en la mano, su hermoso cabello rizado rojo libre.

Me encantaba mi esposa, pero me aterraba la idea de que mis enemigos descubrieran la enorme debilidad que ella tenía.

No solo por ella, sino por todos nosotros.

Todos daríamos la vida por ella. Regresé a mi llamada con Humberto.

—¿Algo más que informar, Humberto? —pregunté, saliendo a la terraza, viendo cómo Lilian se iba en compañía de Rufino y Miguel, rodeada de su cuerpo élite.

—Jefe, los hombres me acaban de informar quién es el motociclista. No lo va a creer. ¡Se lo dije, no debimos dejar cabos sueltos! —Dijo, y pude escuchar incredulidad en su voz—. Es Alexander Dimitrov, el hijo de Adelina Conti, su ex prometida.

Me quedé de una pieza. ¿Esa mujer que apenas la vi el día de la boda tenía un hijo? ¿Con quién se casó?

—Eso no es nada bueno, Humberto —dije caminando de un lado a otro—. Ya viste cómo se pusieron los Conti cuando me casé con Lilian y no con ella. Estoy seguro de que quieren vengarse de mí con Alessia. ¡Tengo que ir por ella y traerla ya!

—No haga eso, mi Capo —dijo para mi sorpresa Humberto—.

La señorita Alessia está muy bien vigilada.

Ya va a iniciar la escuela y meteremos a muchos guardias en ella para cuidarla.

No le sucederá nada. Además, piense: si ese chico le hubiera ido a hacer algo, ya lo hubiera hecho.

No olvide que la estuvo siguiendo por cinco años.

Tuve que reconocer que era cierto lo que decía Humberto. Incluso pudo llevarse a Alessia sin que nos diéramos cuenta, porque ella nos lo ocultó. Respiré tratando de tranquilizarme. Si la traía ahora, todo el trabajo que había hecho se iría al traste.

—Humberto, ahora que sabes quién es, no lo pierdan —ordené en contra de mis deseos de ir por mi hija—. Yo me encargo ahora mismo de que los acepten en la universidad a todos juntos. ¿Crees que es buena idea que mande a Kenet para allá?