¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 92 . VISITA A CASA DE GIAN
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92 . VISITA A CASA DE GIAN

ALESSIA:

Después de que Franco nos diera permiso, acompañé a Gian por primera vez a su casa.

Él estaba muy feliz de que en tan solo unas horas había pasado de ser el chico que yo rehuía a ser mi novio con la bendición de mis padres.

Lo primero que hizo fue besarme en cuanto entramos a su casa.

Me dejé llevar por la emoción, pero lo alejé y comencé a curiosear.

Me asombré al ver lo bien organizado que estaba todo. Me detuve ante una foto de su familia.

—¿Tienes un hermano? —pregunté.

—Sí —contestó Gian, pero me percaté de que se colocó delante de ella como si quisiera esconderla de mí—. Alessia, ¿puedes responderme algunas preguntas que no entiendo?

Al escucharlo me tensé y me olvidé de la fotografía. Temí que me preguntara sobre mi vida, y en ese momento no creí que fuera el momento de confesarle toda la verdad. Quizás pensara que me había estado burlando de él. Tenía que esperar a que la relación avanzara.

—¿Por qué salieron huyendo de Sutera? —preguntó Gian, haciéndose un lugar junto a mí en el sofá—. Te pregunto porque no entendí lo que me dijo Bosco. ¿Es verdad que tu papá es un dragón de la décima de esa increíble organización secreta mafiosa?

Lo miré fijamente, intentando ver el motivo por el que preguntó eso, al tiempo que pensé que tenía que darle un buen regaño a Bosco por hablar de nuestras cosas con un extraño. Me observó con una intensidad que me preocupó.

—Ray también me dijo que tú conocías todo sobre esa organización —siguió diciendo, y parecía muy interesado—. ¿Es verdad? He visto peleas entre ellos y tú parece que las conoces.

Me quedé mirándole muy fijo, en alerta. Gian había ganado la confianza de mi familia muy rápido, al punto de que le habían contado todo.

¿Sería un espía? Aunque en verdad esa información de la organización todos la podían averiguar.

Lo que no podían saber tan fácilmente era quiénes la conformaban.

Por lo que decidí ser franca dentro de lo que cabía con él.

Quisiera decirle en ese momento toda la verdad, porque sentía que muchas cosas podían alejarlo de mí.

Era un chico común. Se veía que, aunque estaba bien preparado para la vida, no era mafioso.

¿Me aceptaría cuando supiera quién era yo, o saldría huyendo de mi padre?

Era verdad que enfrentó a Franco y me parecía que lo haría con mi padre el Capo di tutti i capi, pero…

¿tenía el derecho de meterlo en esa peligrosa vida?

—Alessia, disculpa si pregunté algo que no debía. Tienes todo el derecho de no contestar. Son cosas de tu familia —me dijo Gian al ver cómo me había quedado mirándolo fijamente, estudiándolo o dudando de él.

—No es eso, Gian —cambié mi mirada—. Créeme, en estos mismos momentos quisiera dejar todo claro entre nosotros, pero no te voy a mentir: tengo miedo.

—No debes temer —rápidamente me tomó las manos—. Sin importar quién seas o lo que me ocultes, jamás te dejaré.

—¿Lo prometes? —pregunté sin mirarlo.

—Te doy mi palabra —prometió seriamente—. Y realmente espero que tú tampoco me dejes cuando sepas algunas cosas de mi familia.

No respondí. Solo asentí con la cabeza, dándome cuenta de que ambos teníamos cosas que deberíamos resolver más adelante.

—Está bien, es una promesa —dije con una leve sonrisa—. Si te mantienes fiel a mí, amándome como dices que lo haces, yo haré lo mismo contigo, sin importar todo lo que nos separe. ¿De acuerdo?

—¡Trato hecho! —Y extendió su mano hacia mí, que la tomé y se la estreché con una gran sonrisa.

—En cuanto a lo que me preguntaste del motivo por el que nos fuimos de Sutera, es verdad todo eso que te dijeron —decidí decir la verdad—.

Bosco llegó una noche y dijo que los dragones de fuego nos iban a asaltar para agarrarnos a Filo y a mí, que fue el principal motivo por el que mi padre salió huyendo.

—Ya veo —dijo pensativo—. Hicieron bien en escapar. En una isla es muy difícil defenderse.

—En cuanto a si mi padre Franco es un dragón, no lo es. Según sé, y estudié esa organización porque me gustan los dragones —aclaré enseguida—. Todos tienen su dragón tatuado en la espalda, y mi padre no tiene nada de eso, solo unos números en su brazo de cuando estuvo en el ejército.

Gian frunció el ceño pensativo. Y por un momento tuve la impresión de que estaba averiguando algo que no me decía. No sé si fue porque me acostumbré a dudar de todos. En esos momentos sentí recelo por todo lo que me preguntaba.

—¿Seguro? ¿Por qué me preguntaste aquello de si me enfrentaría a un dragón negro entonces? —Ahora entendí cuáles eran sus dudas. Yo misma se las provoqué.

—No me hagas caso por ahora. Un día lo entenderás.

Mi padre Franco no tiene otro tatuaje que no sea ese que te mencioné —traté de sacarlo de sus sospechas—.

Y no le hagas caso a lo que te diga Bosco.

Se debe haber confundido. No sé si sabes que mi padre llegó a tener el grado de coronel en el ejército.

A lo mejor le dijeron dragón porque es muy bueno en lo que hace. En Sutera todos le temían.

—Vaya, coronel ¿eh? Por eso se comporta así. Tengo que portarme muy bien para que nunca me rechace —dijo, y me pareció que estaba decepcionado de que Franco no fuera mafioso.

—Tienes que hacerlo —me burlé de él—. Porque te aseguro que te van a evaluar más allá de lo que puedes imaginar. Así que estás aún a tiempo de arrepentirte.

—¿Por qué me dices eso? —protestó enseguida, girando para verme de frente—. Te dije que me enfrentaré a quien fuera por ti y acabo de hacerlo. No temas. De mi parte nunca dejaré que nos separen.

No respondí. Franco era difícil, pero Alessandro Minetti era peor.

En verdad me gustaba Gianpiero. No sabía si era porque era mi primer amor verdadero.

Pero de solo pensar que mi papá lo iba a ahuyentar de mi lado al saber que no pertenecía a la mafia, hacía que mis ojos se llenaran de lágrimas.

Bueno, hasta entonces no había venido por mí.

Quizás en verdad me sacó de su familia para toda la vida como le pedí, y podría seguir viviendo como una chica normal.

—Ojalá, Gian, ojalá. Porque aunque te dije que solo me gustas, ver cómo enfrentaste a mi padre Franco hizo que sentimientos que ni siquiera yo sabía que tenía afloraran en mi pecho —confesé, recostada en su pecho—.

Creo que estoy muy enamorada de ti. Sí, no me mires así.

Recuerda que es mi primera vez y aún no sé qué significan todas esas emociones que me haces sentir.

—¡Me haces muy feliz, Alessia! —exclamó mientras me estrechó fuerte—. Ya los había sentido y visto en tu mirada. Deja que crezcan, cariño. No te defraudaré jamás, te lo prometo.

Y me besó apasionadamente, sintiendo cómo lo estreché muy fuerte, temiendo que desapareciera en cualquier momento. De solo pensarlo me estremecí en sus brazos. Me estrechó aún más fuerte.

—No me iré, cariño, no temas —susurró besando mi cabeza—. Aun si te escondieran de mí, te encontraría. Ahora quiero que me respondas algo. ¿Conoces a ese chico de la motocicleta que vimos en el semáforo? ¿Por qué te asustaste?