91 . EL CHICO EN LA MOTO
ALEXANDER:
Desde mi escondite detrás del árbol, vi cómo las dos parejas salían corriendo y tomaban un taxi.
No podía seguirlos. Las motocicletas de Minetti comenzaron a rodear el parque sistemáticamente.
No eran pocos. Eran demasiados para enfrentarlos solo.
Reconocí la formación. Era la misma que usaban los dragones cuando acorralaban a alguien.
Alguien me había visto y avisado. Ahora habían llegado como un enjambre de avispas.
Vi que no le prestaban atención a la chica que creía era Alessia Minetti.
¿Me habría equivocado? Se habían ido solos, sin que nadie los siguiera.
Siempre andaba rodeada de un cuerpo élite de hombres que no dejaban que nadie se le acercara.
Pero en ese momento no era el momento de comprobar si era o no ella.
Retrocedí pegado a la pared del edificio más cercano, sin hacer ruido. Vi cómo uno de ellos se detuvo exactamente donde yo había estado parado minutos antes y apuntó una linterna hacia los arbustos. Contuve la respiración. Ahora estaba seguro de que era a mí a quien buscaban.
Las parejas se habían ido pasando por el lado de los motociclistas como si no los conocieran.
El joven que enamoraba a la chica que yo creía era Alessia Minetti la había tomado de la mano con demasiada familiaridad.
Todavía no estaba seguro de si era ella o no.
La reacción que tuvo al verme en el semáforo me lo hacía creer, pero también podía tratarse de la hija de Ronaldo, que según mis hombres era casi su copia exacta.
Siguieron llegando hombres, ahora en autos. Escuché con claridad cómo el jefe le avisaba al Capo Mayor.
—¡Lo encontramos, jefe! Encontramos al chico de la moto con el dragón dorado pintado —y supe que tenía que escapar o era hombre muerto.
Me moví despacio hacia donde había dejado mi motocicleta, dos calles más al norte.
Cada paso era calculado. Conocía muy bien Roma.
Había pasado años estudiando sus calles, sus callejuelas, sus salidas secretas.
Todo por ella. Quité mi chaqueta de cuero con el dragón dorado pintado en su espalda y me escabullí entre las sombras.
Cuando llegué a la moto, ya escuchaba las motocicletas acercándose.
Arranqué sin encender el faro y me perdí por una callejuela estrecha que conectaba con el mercado nocturno.
La oscuridad era mi aliada. Pero ellos eran muchos y estaban bien coordinados.
Debían haber alertado no solo a los hombres del Capo Mayor, sino a todos los que estaban por debajo de él.
Me detuve antes de desembocar en una calle mayor.
Dos motocicletas pasaron despacio revisando cada agujero o recoveco.
No podía salir o ellos me verían. Retrocedí sin hacer ruido hasta dar al otro lado.
Escuchaba el ruido ensordecedor de todas las motocicletas.
Por ellos supe que estaba acorralado. Al fin logré salir a la avenida principal.
Aceleré a fondo al salir a ella, esquivando los pocos autos que circulaban a esa hora.
De inmediato me vieron. Parecía que tenían ojos en toda la ciudad.
Al momento vi por el retrovisor al menos cuatro motocicletas que me seguían.
Eran rápidos y organizados como siempre.
Dos intentaron cerrarme por los flancos mientras una tercera venía directamente detrás.
Los reconocí de inmediato. Eran de los mejores de Minetti. ¿Por qué me estaría persiguiendo con tanto ahínco? ¿Sería porque me vio el día del rapto de Alessia? ¿Sospecharía de mí? Llevaba cinco años detrás de su hija y nunca me persiguieron.
Tomé una curva cerrada sin reducir la velocidad, confiando en años de práctica. Sentí la moto inclinarse peligrosamente antes de estabilizarse. Una de las motocicletas que me flanqueaba no pudo seguirme y chocó contra un contenedor de basura con un estruendo metálico. Quedaban tres.
Me adentré en el barrio antiguo donde las calles se volvían laberínticas e irregulares.
Aquí nadie podía seguirme a alta velocidad sin conocer cada giro.
Reduje la marcha calculadamente, dejando que se acercaran, y en el último momento doblé por un pasaje tan estrecho que solo cabía una moto a la vez.
El primero que intentó seguirme tuvo que frenar en seco.
Los otros dos me perdieron en la oscuridad del pasaje.
Salí por el otro extremo a una plaza pequeña, la crucé y me perdí entre las calles secundarias que bordeaban el río.
Solo cuando el sonido de los motores se hizo lejano me detuve bajo un puente, apagué el motor y escuché.
Esperé quince minutos sin moverme, con el casco puesto y la mano sobre el manillar, listo para salir en cualquier momento. Cuando estuve seguro de que no había nadie, arranqué despacio con el faro apagado y tomé las rutas más largas y oscuras hacia casa.
Quedaba en los suburbios de Roma. Al fin logré llegar sin que me hubieran descubierto. Entré tirando la puerta furioso. No podía dejar de pensar en la chica del parque. ¿Sería ella? ¿O sería la hija de Ronaldo? Tenía que averiguarlo antes de actuar.
—¿Qué te pasa, Alexander? Estás muy extraño estos días. ¿Todavía no sabes dónde escondieron al dragón dorado? —se aventuró a preguntarme mi madre, Adelina Conti.
—Mamá, mejor me dejas tranquilo —le dije con rabia, mientras me alejaba rumbo a la escalera que daba a la segunda planta, pero me giré y la increpé—.
¡Si no hubieras hecho las cosas tan mal, no me encontraría en esta situación!
Ahora mismo sería muy respetado y poderoso.
Así que déjame tranquilo, no quiero discutir contigo.
—¡Alexander, no le hables así a tu madre! —me regañó mi abuelo, Alfonso Conti, que salió del despacho al escuchar cómo le grité a su hija—. ¡Tienes que respetarla!
—No te metas, abuelo, que sabes que tengo razón —respondí y seguí subiendo las escaleras ante su mirada atónita, mientras lo escuchaba decir:
"Este nieto cada día se parece más al odioso de su padre."
Tenía razón. Jamás lo respeté después de que me dijera, al cumplir doce años, quién era yo en realidad. Desde ese momento me sentí superior a todos y con el derecho de hacer lo que quisiera.
Suspiré y estaba a punto de entrar al despacho cuando lo escuché preguntar desde la planta baja:
—¿Ya encontraste a la chica?
Me detuve en medio de la escalera. No contesté de inmediato. Pero había cosas que deseaba averiguar. Por ello me digné a mirarlo.
—Por cierto, abuelo. ¿Ya averiguaste dónde está el dinero?
—pregunté, viendo cómo se ponía nervioso—.
Llevas desde que tengo uso de razón diciéndome que existe una enorme fortuna a nombre de Rinaldi, que solo teníamos que encontrarlo y obligarlo a firmar unos papeles.
Pues ya apareció. ¿Lo sabías? ¡Está aquí en Roma!
—¡¿Qué?! ¡Eso es imposible! —gritó mirando alrededor como si temiera que Rinaldi estuviera a su espalda—. Todos estos años he estado buscando y estaba desaparecido. ¿Cómo puedes decir que está aquí si no lo conoces?
—¡Lo conozco muy bien! ¡Y está en Roma! —Aseguré dándole la espalda. ¡Cobarde!