90 . PERMISO CONCEDIDO
FRANCO:
Apenas sentí el calor del abrazo que Alexcía me ofrecía por primera vez con sinceridad.
Desde que supe que era mi verdadera hija, ahora era que mi corazón sintió que me reconocía como su padre.
No quería decir que estuviera completamente de acuerdo con Gianpiero, pero no pude resistirme al brillo y la súplica en la mirada de ella.
Había sufrido demasiado, y aunque no me gustara, ese chico la hacía feliz.
—Suéltame, pareces una niña pequeña —le dije, pero era yo el que no la soltaba. Me sentía realmente feliz de que me hubiera abrazado así—. Ya tienes novio.
—Disculpa, padre —dijo Alexcía, separándose de mí un poco temerosa y toda ruborizada—. Pero gracias, padre, muchas gracias. No sabe lo feliz que me hace que me diera su bendición para que fuéramos novios. Me portaré muy bien… no lo avergonzaré, se lo prometo.
—Vaya niña, parece que te he concedido el cielo —bromeé con ella, revolviendo su cabello como acostumbraba a hacer—. Bueno, de acuerdo, espero que no me hagas arrepentirme de esta decisión.
—No lo hará, padre, se lo prometo —dijo Alexcía bajando la cabeza.
Estaba toda ruborizada, como si hubiera hecho algo malo. La atraje y le besé la frente. Ella miró a Gian, que no dejaba de sonreír y era felicitado por Bosco y Filomena.
—Ve con él —la empujé con cariño, mientras pensé que era una nueva preocupación.
Alexcía corrió y se sentó a su lado sonriendo, mirándolo con adoración.
Él le tomó la mano y la besó emocionado.
De la manera en que ella miraba a ese chico, él había subido muchos puntos en el amor de su ahora novia oficial.
Aunque volvió a poner toda su atención en mí, que los observaba complacido y preocupado a la vez.
—Gianpiero, hablaste muy bien —dije seriamente—. Espero que todo lo que dijiste sea cierto, porque si no…, te la tendrás que ver conmigo, y créeme, no te va a gustar verme molesto.
—¡Padre, no lo asuste! —me dijo Alexcía con miedo a que Gian escapara.
Sonreí al ver que me llamaba con mayor confianza padre. Ya hasta se parecía a Filomena. Estaba más relajada y se estaba integrando muy bien a la familia. Pero la forma en que se comportaba me decía que en los años que no estuvo a mi lado sufrió mucho.
—Muchas gracias, mi suegro. Le aseguro que no lo defraudaré. Amaré y cuidaré a Alexcía toda mi vida —dijo Gian, apretando la mano que le tendí—. Aun cuando el mundo entero vaya contra mí, lucharé por ella, se lo prometo.
—Bueno, vamos a ver cómo sigue todo. Antes de hablar palabras tan grandes, acaban de iniciar su relación —no pude dejar de decir—.
Un consejo: antes de hacer grandes compromisos, conózcanse, ámense, respétense.
Pero, sobre todo, y va para los dos, Bosco y Gianpiero: solo son novios de mis hijas, nada más hasta que llegue la boda.
Sé que entienden a lo que me refiero, ¿capisci?
—¡Sí, señor! —respondieron ambos jóvenes.
Caminé hacia la cocina donde se había metido mi esposa. Al entrar, la vi emocionada. La estreché fuertemente. Sabía que se asustó mucho cuando ellos desaparecieron, al punto de llamarme aterrada.
—Son jóvenes —le dije en tono de disculpas.
—No es eso —dijo girando en mis brazos—. ¿No viste el enorme miedo que tenía Alexcía? Parecía que estaba esperando que la maltrataran o le impidieran todo. ¿Qué demonios le hacían tu hermano Ronaldo y la loca de Eleonora a la pobre chica?
—No tengo ni idea. Un día nos lo dirá —dije acariciando su rostro—. Al menos ya me dice padre con sinceridad, no se obliga. Ya verás que nuestro amor la cura.
Apenas sentí el calor del abrazo de mi esposa cuando mi teléfono sonó. Había estado en silencio durante toda la reunión y comenzó a vibrar insistente en el bolsillo de mi chaqueta.
—¿Quién llama ahora? —musitó Annette, inclinando la cabeza con el ceño aún más fruncido.
—Debe ser Ray, lo dejé solo en la guardia —respondí de inmediato—. ¿Dime, Ray?
—Franco, tienes que regresar. El jefe quiere verte —me dijo enseguida—. ¿Los chicos están bien?
—Sí, solo se escaparon al parque de diversiones —contesté, tomando el café que me alcanzaba Annette—. En diez minutos estoy allá.
—De acuerdo, ven con calma, todo está tranquilo —dijo Ray.
Podía escuchar el alboroto que tenían los cuatro chicos en el salón.
Sobre todo, Filomena, que era la que más hablaba como siempre.
Creí que ella estaba ayudando mucho a su hermana Alexcía.
Menos mal que traje a Bosco conmigo, porque con lo buena e inocente que era, podría encontrarse con un mal hombre.
—¿Es muy lejos el trabajo? —me sacó de mis pensamientos Annette.
—No, estamos cuidando una empresa a diez minutos de aquí —contesté, entregando la copa vacía—. Es todo muy tranquilo, así que no te preocupes y duerme.
Me dirigí hacia la puerta, escuchando las risas y el bullicio en el salón.
Filomena era quien dirigía todo, siempre la más ruidosa de los cuatro.
Pero me sonaban diferentes. Eran más genuinas y sinceras, sobre todo las de Alexcía.
Me detuve un momento sonriendo y los observé.
Gianpiero estaba en medio de Filomena y Alexcía, riendo a carcajadas a su lado, mientras Bosco no dejaba de reír con las cosas de su novia como siempre.
Alexcía miraba a Gian con fascinación. ¿Estaba empezando a sanar su alma? El brillo de sus ojos me decía que era feliz en ese momento. Y yo cuidaría de que siguiera siendo así. Annette se acercó y me puso una mano en el brazo.
—Parece que ya se siente en familia… ¿No lo crees? —susurró, como si no quisiera romper esa atmósfera.
—Sí, lo parece —murmuré sin apartar la mirada de Alexcía.
Deseé con toda mi alma que pudiera durar para siempre esa felicidad en sus ojos, y que ninguna de las sombras de su pasado volviera a tocarla nunca.
Aunque en ese momento no era el mejor tiempo.
Estaba siendo perseguido por mis enemigos y los deudores de mi hermano.
Le acaricié la mejilla a Annette con ternura.
—Vamos a protegerla, cariño. Haremos lo que sea necesario —la besé en los labios mientras ella me abrazaba por la cintura—. Todo va a estar bien, lo lograremos.
—Sé que lo haremos. Eres el hombre más terco que conozco, y también el más protector —me detuvo antes de abrir la puerta—. Pero recuerda algo, Franco: Alexcía también necesita luchar por ella misma. Y por lo que veo, ya ha empezado.
—Lo sé, cariño. Por eso acepté a Gian —dije, volviendo a mirarlos—. Me tengo que ir. Ray me necesita en el trabajo. Bosco, confío en que vigilarás que no hagan tonterías.
Al fin logré salir de la casa. Miré con cuidado alrededor antes de dirigirme al auto que había dejado a la entrada del edificio.
El frío de la noche hizo que me relajara un poco.
Me había asustado mucho con la llamada por la desaparición de los chicos.
Respiré una bocanada de aire y saqué un cigarrillo.
Lo encendí antes de abrir el auto. Al exhalar el humo, contemplé la calle semidesierta y el brillo tenue de las farolas. ¿Qué querría el jefe ahora?