89 . ES MI PAREJA PERFECTA
ALESSIA:
No tuve tiempo de seguir pensando cuando lo vi aparecer. Gian llegó al parecer sin ningún tipo de miedo. Bosco, que lo seguía, se veía más asustado que él. Entró decidido bajo la mirada de todos. Posó la suya en mí, que le pedí disculpas con mis labios.
—¿Me mandó a llamar, señor Franco? —preguntó firme Gian, mirándolo directamente a los ojos.
—Sí, siéntate ahí, al lado de Alexcía —le ordenó Franco con voz firme—. Dime ahora mismo qué pretendes con mi hija.
—¡Padre…! Por favor, solo es mi novio desde hace unas horas. Disculpa por esto, Gian —dije mirándolo suplicante.
—¿Gian? —lo apremió Franco sin escucharme—. Contéstame honestamente. Si te atreviste a pedirle que sea tu novia, tienes que tener tus intenciones muy claras. ¿Qué es lo que quieres con Alexcía?
—¡Todo! —respondió firme y seguro Gian, tomando mi mano, que ahora lo miré realmente sorprendida—. ¡Lo quiero todo con ella! ¡Es mi pareja perfecta!
Se hizo un silencio sepulcral al escuchar a Gian responder tan categóricamente, mirando a su suegro de frente sin ápice de miedo.
Franco lo miró incrédulo por la respuesta tan firme que le había dado.
Ese muchacho no parecía tener la edad que tenía.
Era todo un hombre, y eso le gustó. Por eso repitió en forma de pregunta su respuesta:
—¿Es tu pareja perfecta?
—Sí, señor —volvió a responder Gian, muy seguro.
Todos lo miramos asombrados de que dijera tal cosa. Esperaba que dijera que le gustaba como mujer y hasta que estaba enamorado de mí. Hacía poco tiempo que nos conocimos. ¿Cómo podía dar una respuesta tan grande y categórica?
—¿Puedes explicar qué quieres decir con eso, Gian? —preguntó Franco, queriendo saber lo que significaba eso para el joven.
—Señor Franco, puede que suene un poco falso o increíble. Pero le aseguro que desde el mismo instante que vi a Alexcía, me di cuenta de que mi búsqueda había terminado —explicó Gian sin pizca de miedo.
—¿Tu búsqueda? —En ese momento estaba tan intrigada como Franco.
Hacía poco tiempo que nos conocíamos. La manera en que hablaba me tenía desconcertada.
Aunque me gustaba mucho escucharlo decir que era su pareja perfecta y, sobre todo, que su búsqueda había terminado, lo miré recelosa.
¿Acaso sabría que era Alessia Minetti? Se parecían a las palabras de los chicos que se me acercaban antes.
No dije nada. En ese momento me gustaba que Franco lo estuviera presionando.
—Señor Franco, la vida que yo he tenido ha sido muy ardua, créame.
Mi padre no me dejó pasar nunca una, aunque me daba cierta libertad para que conociera la realidad —habló con un tono muy firme—.
Por eso, no le voy a negar que tuve muchas relaciones, y es el motivo por el que sé exactamente lo que le digo.
¡Alexcía es la mujer con quien lo quiero todo!
Ya le dije, ¡es mi pareja perfecta! Porque ninguna de esas mujeres me hizo sentir lo que su hija con solo mirarme amenazadoramente la primera vez que la vi.
Me quedé de una pieza. Ya sabía yo que un chico tan apuesto como él no hubiera tenido relaciones antes.
Entonces… ¿por qué me dijo que yo era su primera novia?
¿Sería un mentiroso de palabras dulces? Franco lo miró fijamente sin decir nada.
Pude ver que apretaba sus mandíbulas y me dedicaba miradas furtivas.
—Hijo, estoy de acuerdo en que puedes estar deslumbrado por la belleza de mi Alexcía —al fin rompió el silencio—. Pero de ahí a afirmar que es tu pareja perfecta, va mucho. ¿Es que sabes lo que eso significa?
El silencio que nos rodeaba era aterrador. No se escuchaba ni siquiera el zumbido de un mosquito. Parecía que todos estábamos aguantando la respiración. Miré a Gian, completamente de acuerdo con mi ahora padre.
—¡Por supuesto que lo sé! —respondió Gian y giró a mirarme—. Significa que esta mujer llegó a mi vida para completarla y que llenó el vacío que he sentido siempre. Con solo mirarme, Alexcía llena de felicidad mi alma. Aunque era imposible que aún me correspondiera, yo esperaría a que lo hiciera.
Se detuvo como si necesitara tomar aire, sin dejar de mirarme fijamente. Yo no sabía qué hacer. Mis manos me temblaban y toda yo, por primera vez, comencé a sentir que era una mujer deseada por un hombre.
—Por ella soy capaz de luchar contra cualquiera para mantenerla a salvo y feliz.
Nunca dejaré de amarla por el resto de mi vida.
Porque sé que a Alexcía le gusta el hombre que ve delante de ella, no quién soy o cualquier otra cosa que no viene ahora al caso —se interrumpió, mirándome con preocupación—.
Su hija me aceptó a mí, al hombre que la va a amar por el resto de su vida si me lo permite.
Así que señor Franco, ya que me mandó a buscar, aunque solamente hace unas horas de que ella me aceptara y no le he pedido permiso para decir esto, quiero que me dé su bendición para ser, a partir de ahora y hasta que ella lo decida, su novio o todo.
Nadie dijo nada ante tal avalancha de cosas que había dicho Gianpiero con toda seguridad.
Franco lo miró con una tenue sonrisa, y me pareció que le gustó.
Y aunque apenas lo conocíamos, podíamos ver sinceridad en lo que acababa de decir.
Mientras lo miré como si lo hiciera por primera vez.
¿Dónde estaba Gian antes? Si lo llego a encontrar, de seguro que enfrentaría así al Capo di tutti i capi.
—¡Bravo Gian, bravo! Te lo dije papá, Gian es un verdadero hombre que respetará y cuidará de mi hermana —exclamó emocionada Filomena, rompiendo el incómodo momento.
—¿Cuándo le dijiste eso, Filo? —pregunté asombrada.
—No te pongas así, mi hermana. Desde el primer día me di cuenta de que ustedes dos eran la pareja perfecta y se lo dije a papá —rió mientras se prendió de mi brazo—. ¿Viste que tenía razón, mamá? Felicidades, ya las dos tenemos novios con permiso de papá.
—Filo… —gruñó Franco por lo bajo, y me asusté.
—¡No te eches para atrás, papá! —dijo Filomena de inmediato—. ¡Dijiste que ojalá tuviera razón, que Gian parecía un buen muchacho!
—¿Padre, eso quiere decir…? —pregunté esperanzada al ver que no se había negado.
Mi corazón latió tan acelerado que tuve que llevar mi mano al pecho para calmarme un poco.
En ese momento estaba tan ansiosa que creí que me iba a desmayar.
Mis manos sudaban y estaban muy frías. Me llené de valor para mirar a Franco, que no dejó de observarme con el ceño fruncido.
Al ver el miedo reflejado en mi rostro, sonrió y asintió.
—Que tienes mi bendición para ser su novia, Alexcía —se puso de pie y vino a mi encuentro, y para mi sorpresa, me abrazó—. ¿Cómo me voy a negar a tu felicidad, hija?
Creí que había escuchado mal. Me puse de pie para mirarlo a los ojos.
Al ver cómo me observaba con los ojos brillantes y sin dejar de sonreír, comencé a creer que sí, que me permitió tener un novio.
La felicidad me inundó. Todo el miedo y el temor que me embargaban salieron de mi pecho.
Y salté feliz y lo abracé muy emocionada, llenándolo de besos.
Era la primera vez que lo hacía con verdadero entusiasmo, como hacía con mi verdadero padre.
—¡Gracias, padre, muchas gracias! —Y en verdad estaba comenzando a quererlo como un padre.