88 . TODOS LOS PADRES SON IGUALES
ALESSIA:
Al regresar del paseo, felices, de pronto nos encontramos con la mirada aterradora de la tía Annette. Era evidente que se había asustado al vernos desaparecer sin avisar. Los tres nos sentamos en el salón bajo su atenta mirada.
—¿Mamá…? —inició a hablar Filomena.
—¡Susss! —la calló, colocando un dedo en su boca.
Fue en ese preciso momento que nos dimos cuenta de que, con el lío de hacer que Gian y yo nos hiciéramos novios, se nos olvidó avisarle a ella.
Por la expresión en su rostro, entendí que la preocupación que les provocamos al pensar que nos había pasado algo la había afectado mucho.
Hasta avisó a Franco, quien entró casi corriendo por la puerta y se detuvo al vernos.
Soltó todo el aire al cerciorarse de que estábamos sanos y salvos.
—¿Me pueden explicar qué historia es esa de que desaparecieron sin decirle nada a Annette? —preguntó en un tono que nos hizo encoger ante su evidente disgusto—. ¿Saben el enorme susto que nos dieron?
—Disculpa, papá —dijo primero Filomena—. No lo hicimos a propósito. Gian nos invitó a ir a un parque de diversiones y fue tanta la emoción, porque sabes que nunca habíamos ido, que se nos olvidó decirle a mamá.
—¿Y por qué no contestaron el teléfono? —preguntó Annette, con los brazos cruzados.
—No lo llevamos, mamá. Se supone que solo iríamos aquí al frente.
Luego nos invitó Gian y, como no estamos acostumbrados a andar con ellos y tampoco habíamos tomado nuestras carteras…
—Filomena se detuvo al ver cómo sus padres la observaban con las mandíbulas apretadas—.
Pero solo estuvimos dos horas, porque una sarta de maleantes atacaron a Alexcía y Gian…
—¡Filo, qué te dije! —le grité, horrorizada. Le había dicho que no mencionara eso. Ahora sí estábamos en serios problemas.
Filomena no estaba acostumbrada a esconder nada de sus padres y lo dijo sin darse cuenta. Me pidió disculpas con los labios, y supe que lo hizo inconscientemente. Pero eso no quitaba que ellos lo hubieran escuchado.
—¿Alexcía, qué pasó? —preguntó Franco, mirándome fijamente.
—No fue nada serio, padre —comencé a contar resignada. Me pareció estar enfrentándome al juicio de mi verdadero papá—. Unos pandilleros muy jóvenes trataron de robarle a Gian y él los enfrentó. No pasó nada más. Gian es muy bueno luchando y los derrotó a todos.
—¿Él solo? ¿Estás segura? —insistió Franco al verme ruborizarme y bajar la mirada. Creí que ya él lo sabía todo—. ¿Luchó solo?
—Yo lo ayudé un poco, pero no estábamos en peligro, se lo juro. Gian me cuidó muy bien —aseguré, no queriendo que se pusiera en contra de él—. ¡Te digo que es excelente luchando! Puede estar tranquilo, padre. Con él estoy segura. No me dejará que me pase nada.
Franco y Annette intercambiaron una mirada al escucharme, mientras Bosco y Filomena se apresuraron a asentir con la cabeza apoyándome. Franco se sentó delante de nosotros sin dejar de mirarnos, sobre todo a mí.
—Um..., veo que tu opinión sobre él ha cambiado mucho hoy —dijo Annette con un tono insinuante—. Alexcía, ¿no me dijiste que tenías novio?
—¡Era mentira, mamá! Ahora es novia de Gian —exclamó Filomena, creyendo que estaba ayudándome.
—¡Filo! —la regañé nuevamente.
—¡Ups! Disculpa, mi hermana —dijo apenada y aclaró—. Es que yo no les oculto nada a ellos y tú tampoco deberías hacerlo. Diles la verdad. ¡Son nuestros padres!
—¿Alexcía? —preguntó Franco, muy serio.
—Lo siento, padre —tomé aire resignada, no había escape—. Es verdad que les dije mentiras sobre mi novio. Kenet no es mi novio, nunca antes tuve uno. Gian… Gian es mi primero, por favor…
En ese momento temía que Franco, como lo hacía mi verdadero papá, se negara y me prohibiera tener novio o volver a ver a Gian. Lo miré expectante. No podía hacerme lo mismo, ¿o sí? Me llené de un terrible miedo y lo miré suplicante y anhelante, esperando ver qué me iba a decir.
Franco no se había perdido una sola de mis reacciones, y no se le escapó el terror en mis ojos.
Volvió a intercambiar una mirada con su esposa, y casi pude leer lo que pensaba: ¿De verdad su hermano Ronaldo me habría maltratado a tal nivel que yo lo mirara como si me fuera a castigar o impedir ser feliz?
Estaba segura de que podía percibir que Gian, al que consideraba un buen chico, me gustaba mucho.
Después de todo, había sufrido bastante. Era hora de que empezara a ser feliz.
—¿Estás segura de que ese chico es serio contigo, pequeña? —preguntó con suavidad y cariño, para mi sorpresa.
—¡Sí, sí, padre! —me apresuré a responder, con una mirada llena de esperanza—. Me dijo que quiere todo conmigo, que está enamorado de mí. Por favor, prometo portarme bien y cuidarme mucho. No haré nada para que se avergüence de mí. ¡Por favor, déjame ser su novia!
—Con una condición —dijo muy serio.
—¡La que sea! —Me apresuré a prometer.
Eso era más de lo que nunca mi papá hizo conmigo. Nunca me dejó hablar con él de ningún chico. Me interrumpía y me decía tajantemente que no, que era muy joven para pensar en el amor, y me mandaba a marchar. Pero Franco parecía que me iba a permitir ser novia de Gian.
—¡Nunca más van a desaparecer así sin decir a dónde van!
Eso va para ustedes dos también, Bosco y Filomena.
Son los mayores, tenían que decirle a Annette a dónde iban.
Mira cómo tuve que dejar el trabajo. Y sobre todo, carguen con esos aparatos, ¡pueden salvarles la vida!
—nos regañó con fuerza. Al ver cómo bajamos la cabeza, continuó—: Recuerden que tenemos enemigos persiguiéndonos.
Prefiero que se encuentren dentro de la casa.
Gian vive aquí al lado, no necesitan ir a conversar al parque. ¡No lo vuelvan a hacer!
Los tres nos apresuramos a asentir y prometer que nunca más íbamos a hacer una cosa como esa. Parecía que nos habíamos librado de un buen castigo. Sobre todo, que me dejaría tener una relación con Gian. Estaba de lo más feliz hasta que lo escuché.
—Bosco, ve a llamar a Gian —ordenó.
—¿Padre…? —Lo miré sin querer creer que iba a hacer lo mismo que hacía mi verdadero padre con todos los chicos que se me acercaron.
—Alexcía, que te permita ser su novia no quiere decir que no hable con él. Soy tu padre —dijo muy serio, y sentí que la historia se repetía—. Quiero saber qué intenciones tiene contigo. Aunque parece un buen muchacho, apenas lo conocemos.
—Solo llevo unas horas siendo su novia… —balbuceé desanimada. Definitivamente, todos los padres son iguales, pensé acongojada—. ¿No puede esperar un poco para hablarle?
—Bosco, ve a llamar a Gian —le ordenó Franco, sin dejar de observar mi cara de tristeza.
Bosco se retiró mientras Filomena me pedía disculpas, y yo estaba comprobando que sí, todos los padres eran iguales. Porque en ese momento Franco se me parecía mucho a papá, siempre queriendo hablar con todos los que decían que eran mis amigos y, al final de cuentas, terminaba espantándolos.
¿Resistiría Gian, o saldría huyendo como todos los anteriores que decían que querían ser mis amigos hasta que el Capo di tutti i capi les hablaba?
¿Qué iba a pensar de esto? A pocas horas de hacerse mi novio, ya había tenido que defenderme de un ataque y ahora lo llamaba mi padre.
¿Sería verdad que se le enfrentaría a todos, incluso a Franco, que en ese momento me aterrorizaba?
Papá nunca se detuvo. No importaba cuánto le rogara. Él siempre hablaba con el chico y Franco parecía igual.