87 . BUSCANDO UNA SOLUCIÓN
RUFO:
Era el doctor de Lilian. Nadie mejor que yo conocía la terrible secuela que le había quedado de la operación que le realicé.
Por eso estaba muy preocupado con lo que había sucedido.
Lo vi en sus ojos: quería que le hiciera el amor desesperadamente, y estuve a punto de ceder al ver que con el aparato más bien se había desesperado más.
No era que Alessandro, Damián y yo no hubiéramos compartido mujeres en el pasado, pero esto era distinto.
Ella era la esposa que amaba mi mejor amigo.
Por otro lado, estaba en una relación seria con Miguel. Era muy feliz y no quería que nada ni nadie me rompiera eso. Por ello había estado buscando una solución, pero hasta entonces no la había encontrado.
—¡Rufino! ¿Por qué demonios no ayudaste a mi mejor amiga cuando más lo necesitaba? ¿Eh? —me increpó Miguel en cuanto me vio—. ¿Sabes lo que hubiera sucedido si se descontrolaba?
Me quedé paralizado ante su ataque. No entendía nada.
Había estado todos esos días, desde que pasó el incidente en el hospital, buscando la manera de decírselo, con miedo a que me montara una escena.
Sobre todo temía que, si se lo decía, la hermosa amistad que tenían Lilian y él se rompiera.
Ahora resultaba que estaba molesto porque no le hice el amor a ella. ¿Qué era lo que se me escapaba?
—¿Migue…? —lo llamé, acercándome despacio hacia él.
—Papichuli, tienes que entender que eso era una emergencia. Si me lo llegas a decir, yo mismo la hubiese ayudado —dijo melosamente.
—¿Qué quieres decir? —pregunté receloso—. ¿No me estás insinuando que tendrías sexo con Lilian o sí?
Ahora era yo el que estaba celoso. Estaba realmente enamorado de mi pareja. De acuerdo, ambos éramos hombres y teníamos una hermosa relación. De solo imaginar que él estuviera con una mujer no me hacía sentir cómodo.
—¿Y por qué no? Sabes muy bien que soy muy potente y la puedo ayudar —dijo sin dejar de acariciarme—. Se lo haría hasta el cansancio. No porque me guste, sino porque no quiero que a mi mejor amiga la agarre un cualquiera y se aproveche de su situación. ¿Me entiendes? ¡Eso no lo voy a permitir!
—¡Ni yo que estés con ella! —vociferé, perdiendo todo mi autocontrol—. ¡Se lo haré yo todas las veces que haga falta, pero tú no la tocarás! ¿Me escuchas?
Ahora era Migue quien me miraba complacido.
Su témpano de hielo, como me decía, estaba celoso, muy celoso.
Lo cual hacía muchos años que no le mostraba.
Al inicio sí me volvía loco cuando salíamos a clubes y lo miraban mucho.
Me lo llevaba enseguida. Pero con el tiempo aprendí a confiar en él y no volví a celarlo.
Quién iba a decir que me pondría celoso de su mejor amiga.
—Migue… —le tomé la barbilla, obligándolo a que me mirara a los ojos—. Prométeme que no se lo harás a Lilian.
—¿Hacerle qué a Lilian? —se escuchó la voz de Alessandro, que abrió la puerta en ese momento.
Nos giramos para mirarlo. Estaba detenido en la puerta de nuestra habitación, mirándonos con recelo.
Venía precisamente a hablar de ese mismo asunto; lo vi en su mirada en cuanto entró y cerró, caminando hacia nosotros sin decir nada.
Era evidente para mí que no quería romper, por los problemas de su esposa, la hermosa relación que teníamos Migue y yo.
—No es nada, Ale —dije caminando a su encuentro—. Pero es un problema que debemos resolver. Estoy pensando en volver a operar a Lilian para ver si logro reparar ese nervio que la hace así.
—¿Crees que es buena idea? —preguntó de inmediato Alessandro—. La otra vez me dijiste que era muy peligroso y que no estabas seguro de si ella después iba a quedar normal. No quiero arriesgarme, Rufo. Podemos solucionarlo entre nosotros. Puedo llevarla conmigo a todas partes.
—Esa no es una solución, te lo dije —me apresuré a decir—. Es verdad que es peligrosa la operación en su cerebro, pero la voy a estudiar a ver si puedo hacer algo. Pero no quiero que Migue participe. Me niego.
Para todos era claro que en esos momentos, con el problema de Alessia y la amenaza de los dragones enemigos, el problema de Lilian nos añadía una presión que no habíamos querido sumar al ya tenso ambiente reinante en la casa.
Sin embargo, la preocupación por Lilian no desaparecía con solo negarnos. Teníamos que encontrar una solución y tomar una decisión.
—Puedo dormirla cada vez que tengamos que alejarnos de la casa más de dos semanas —propuse, aunque al momento me arrepentí.
Miguel se soltó de mi agarre mirándome horrorizado. Era el mayor defensor de su mejor amiga. Estaba decidido a hacer cualquier cosa por ella. Lilian lo había salvado y ayudado cuando nadie más lo hizo. Le debía su vida y se querían como hermanos.
—¿Te volviste loco, Rufino? ¿Te escuchas? ¡No! No permitiré que le hagas eso por tus celos mezquinos —protestó con vehemencia—. Busquen otra solución. Me quedaré con ella todo el tiempo. No iré con ustedes a sus excursiones.
—Migue, ninguno de nosotros quiere que Lilian sufra —comenzó a decir Alessandro, con una voz cargada de gravedad—. Pero dormirla por dos semanas o más no lo acepto. En cuanto a arriesgarla a otra cirugía sin garantías, eso me tiene inquieto. ¿Lo hablaste con ella?
Negué con la cabeza. Pero Lilian estaba tan asustada que no sería capaz de decir que no sin importar los riesgos de la operación.
Caminé hasta la ventana, realmente preocupado.
El sol de la tarde iluminaba el jardín con un tono cálido, y podía ver cómo cada uno de nosotros lidiaba con sus propios demonios internos, intentando encontrar una salida.
—No le he dicho nada —respondí, apoyando mis manos en el marco de la ventana—. Pero si no hacemos algo, la desesperación de Lilian podría llevarnos a todos a un punto de no retorno.
—Lo sé, Rufo. Ella me mostró una serie de aparatos de placer queriendo que la enseñara a utilizarlos, pero creo que eso no es la resolución del problema —dijo Alessandro pensativo.
Miguel se acercó despacio a mí. Suspiró mirando la hermosa vista del exterior y me abrazó por la espalda, acariciándome con cariño. Sabía que quería calmarme después de revivir los nervios de antes.
—Entonces, ¿qué haremos? Porque las soluciones temporales no son reales… ni soluciones —su mirada pasó de mí a Alessandro.
Era cierto. El problema era real y estábamos obligados a resolverlo. Este conflicto definiría nuestra próxima decisión con Lilian. No podíamos romper el equilibrio cuidadoso que habíamos mantenido en nuestras vidas personales y las relaciones entrelazadas que tanto valorábamos.
En ese momento el teléfono de Alessandro sonó. Al ver quién era, lo puso en altavoz.
—Mi Capo, no pudimos atraparlo —escuchamos la voz de Matías—. Pero creo que la encontró.
—¿La encontró? ¡Encuéntralo a como dé lugar! ¿Capisci? —Ordenó de inmediato y me dirigió una mirada—. Vamos, Migue, cuida de Lilian.