¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 86 . EL PROBLEMA DE TODOS
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86 . EL PROBLEMA DE TODOS

LILIAN:

Con el sufrimiento que pasé durante el tiempo de abstinencia al que me sometió Alessandro, estaba acobardada, porque en verdad fue muy difícil.

Era consciente de que si cualquier hombre me hubiera agarrado en esos días, no hubiera podido resistirme.

Así que, decidida, me puse a estudiar todas las instrucciones de los distintos aparatos que compró Lucy.

Pasamos toda la semana en eso, hasta que aparecieron los hombres. Las cuatro cargamos con los que queríamos para sus respectivas habitaciones, decididas a hablar seriamente con nuestros esposos.

—Ale, tenemos que hablar —le dije a Alessandro, abrazada desnuda a mi esposo después de que este se pasara una hora dándome placer como a mí me gustaba—. Estoy muy asustada.

—¿Asustada? ¿Por qué? —preguntó enseguida.

—Porque me dejaste por un tiempo y casi violo a Rufo. Por eso, antes de que digas nada, mira lo que tengo aquí —dije, tomando la bolsa al lado de mi cama y vaciando su contenido—. Quiero que me enseñes a usar todo esto.

Alessandro me miró sin poder creer que le estuviera proponiendo eso.

Me abrazó fuerte porque podía sentir el miedo que tenía de que alguien se enterara y se aprovechara de mi debilidad.

Supe que se sentía un poco culpable por haberme dejado sola.

Hasta entonces no lo había comprendido ni realizado a cabalidad.

—¡No te hace falta, amor! Yo no volveré a dejarte sola. Te lo prometo, linda —me aseguró, pero al ver cómo lo miré con miedo, se sentó serio y empezó a mirar uno a uno los aparatos—. ¿Quieres en verdad utilizar estos aparatos?

La idea de experimentar con ellos no le molestaba, aunque hasta entonces nunca había tenido necesidad. Sin embargo, sabía que tenía razón. Los rumores de que los seguidores del dragón de fuego se estaban preparando para ir contra él eran muy serios. ¿Y si tenía que faltar mucho tiempo?

No podía dejar a Rufo. Era su Consiglieri, y era el único al que estaría dispuesto a dejar que me hiciera el amor, porque sabía que lo haría para ayudarme. No existiría nada más.

—Migue cree que debemos romper lo familiar —murmuré insegura.

—¿Lo familiar? ¿Qué quieres decir? —Levantó la cabeza para mirarme.

—Que debemos estar todos con todos para que los hombres me ayuden si tú no estás —solté por fin la bomba.

Se quedó paralizado por un momento al escucharme. Se apretó el puente de la nariz, lo que me indicó que estaba haciendo un gran esfuerzo para mantener el control.

—¿Los hombres? ¿Qué hombres? —preguntó al fin.

—Damián, Renart, Rufo y Migue. ¿Qué opinas? —Lo miré con temor.

—¡No! —protestó enseguida—. El único que va a estar contigo que no sea yo es Rufo, y puedo tolerar a Migue. ¡Nadie más!

—Pero tú te los llevas contigo —le recordé—. Damián y Renart son los que más están aquí en la casa.

Alessandro se quedó un momento en silencio mirándome.

En verdad estaba asustada y sabía que era cierto.

Después de la operación y de saber que me había quedado esa secuela, no podía dejarme sola ni tres horas, porque me volvía loca y se le aparecía en el trabajo para que me hiciera el amor.

Se acostumbró a aparecer en el hospital o en casa a cada rato solo para complacerme, y a él le gustó mucho tenerme siempre dispuesta.

Ahora era diferente. Se avecinaba una guerra. Pudiera llevarme todo el tiempo con él, me había entrenado bien, aunque eso era muy peligroso. Definitivamente teníamos que encontrar una solución.

—Está bien, amor. Primero vamos a probar si puedes aguantar con estas cosas. Te enseñaré a usarlas bien —aceptó al fin, aunque pude ver que no le gustaba—. Si no te alivian lo suficiente, entonces dejaré a Migue contigo aquí. Lo harás con él. ¿De acuerdo?

No dije nada de inmediato. Todavía no estaba convencida de poder hacerlo con mi mejor amigo. Me senté a su lado, recosté mi cabeza en su hombro y le pregunté si no podía llevarme como hacía antes.

—Ya te dije que buscaré una solución —evadió la respuesta—. Ven aquí, iniciemos con este. Creo que te va a gustar.

LUCILA:

Estuve muy preocupada con el problema de mi hermana.

Quería ayudarla, pero no podía decir que me gustara la idea de prestarle a mi esposo para que la complaciera.

Damián, después de escuchar todo el asunto, se quedó mirándome muy serio hasta que se puso de pie y caminó de un lugar a otro. Se detuvo y me miró fijo.

—¡Jamás voy a dejar que otro hombre te toque, Lucy! ¿Me oíste? —se negó rotundamente—. Puedo ayudar a tu hermana si eso me pides, ¡pero tú no estarás con nadie!

—Dami, cualquier bacteria a la que no estés acostumbrada puede hacer que recaigas —Rufo me lo había aclarado—. No te dejaré hacer nada con otro. Pero sí ayudaré a Lily si Alessandro me lo pide directamente.

Lo abracé aliviada. Luego saqué los aparatos que había traído, y al ver cómo sus ojos brillaron de curiosidad, supe que la noche iba a ser larga.

—¿Quieres que te enseñe? —preguntó acercándose seductoramente.

—Sí, sí quiero, ji, ji, ji…

ELLIE:

Le expliqué cuidadosamente todo el asunto a mi esposo Renart, que se quedó sin saber qué decir. Me reí al ver cómo se ruborizó cuando le describí el problema de Lilian y que debería ayudarla cuando Alessandro no estuviera.

—Ellie, no creo que sea capaz de hacer el amor con otra mujer que no seas tú. No me pidas eso, cariño —me rogó tímidamente—. Además, sabes que me avergüenza mi miembro.

—Estoy cansada de decirte que lo tienes normal —repetí una vez más—. No es pequeño y me satisface mucho. Solo sería en caso de emergencia, y yo estaría contigo.

—No te prometo nada. Solo la ayudaré si en verdad no hay nadie más —cedió al fin.

No lo presioné más. Sabía que se iba a negar. Sin decir otra palabra, le mostré los aparatos que trajo mi hermana.

—Vamos a probarlos todos. Traje las instrucciones —dije emocionada.

Renart, chapado a la antigua, tardó solo unos segundos en desnudarse y tomar el primer aparato que encontró, mientras mis ojos brillaban y yo comenzaba a quitarme la ropa también.