84 . LA PELEA COMPARTIDA
GIAN:
No había terminado de decir aquello cuando giré a gran velocidad llevando a Alexcía conmigo y le propiné una enorme patada en el rostro al tipo, tirándolo al piso. Me sorprendí al ver cómo Alexcía hizo igual que yo con uno que venía a golpearme por detrás, colocándose espalda con espalda conmigo.
Sin tiempo para pensar, comenzamos una batalla en la que al final derrotamos rápidamente a todos. Nos miramos incrédulos y felices, antes de salir corriendo cuando vimos que se acercaba la policía, tomados de la mano, hasta perdernos entre la multitud.
Al fin llegamos a un lugar que creímos seguro, parapetados detrás de un kiosco. Alexcía estaba de espaldas a la pared, conmigo pegado a ella, cubriéndola por completo. Al ver que venían unos policías, la besé apasionadamente, pasando desapercibido. Luego me separé y la miré con admiración.
—¿Sabes luchar? —pregunté aún sin poder creerlo.
—Sí, un poco —contestó ella sonriendo—. Me enseñó papá. ¡Tú eres muy bueno luchando!
—¿Un poco? ¡Eres muy buena! Y también me enseñó mi papá a luchar —dije sin dejar de mirarla emocionado—. Incluso tu manera de pelear se parece mucho a la mía. Si antes creía que eras mi pareja perfecta, ahora lo sé.
—¿Solo porque sé luchar? —preguntó ella muy seria.
Podía ver que mi novia era muy insegura. Ya había notado cómo miraba a las demás chicas en el restaurante que vestían mejor que ella. En ese momento parecía que estaba arrepentida de haber demostrado que sabía luchar muy bien. Le tomé el rostro entre las manos y la obligué a que me mirara fijamente.
—No es por eso. Ya te dije que me gustas como mujer desde el primer día que me enfrentaste.
Tu mirada brillaba sin miedo, y ahora comprendo por qué.
Sabes defenderte. Ese día me pareciste lo más bello en mujer que había contemplado y me enamoré en ese mismo instante de ti —le confesé con sinceridad—.
Alexcía, no sé dónde nos va a llevar nuestra relación, porque hay muchas cosas que debemos aclarar, y quizás cuando sepas en verdad quién soy, no me aceptes.
—¿Qué quieres decir, Gian? —preguntó muy seria.
—Aún no puedo decirte nada —dije sintiéndome mal—. Pero sin importar todo lo que pueda que nos separe, quiero que sepas que estoy perdidamente enamorado de la mujer que eres.
Ella se quedó en silencio sin dejar de mirarme fijamente. Luego cerró los ojos y se desprendió de mi agarre, bajando la cabeza. La vi soltar su aire y cómo sus hombros se relajaron. Luego, al levantar su mirada, vi decisión en ella.
—Gian, yo también tengo que aclarar muchas cosas contigo.
Quizás seas tú el que no quiera estar conmigo cuando sepas todo.
Nunca antes tuve un novio, eres mi primero, y acabamos de empezar —habló con una sinceridad que me hizo sentir que estaba más unido a ella—.
No sé, vamos a ver qué sucede, y cuando llegue el momento hablaremos con la verdad por delante.
—De acuerdo. Solo te pido que creas en mis sinceros sentimientos, aunque todo te indique otra cosa —la volví a besar delicadamente—.
No sé si sientes esta enorme conexión entre los dos.
Es como si te hubiera estado esperando toda la vida.
Eres mi mujer, Alexcía, lo puedo sentir. Me siento completo contigo.
—Gian…yo…
—Lo sé, lo sé. Me doy cuenta de que voy muy rápido y que no sabes mucho de esto. Me alegra ser el primer hombre en tu vida y espero ser el único —dije sinceramente—. Porque yo sí sé lo que es el amor, Alexcía. Y esto que estoy sintiendo por ti es el más puro amor que había experimentado hasta ahora.
Alexcía se quedó mirándome fijamente con el ceño fruncido y una mirada llena de dudas, temores y esperanza.
Me tomó la mano y jugó con ella, entrelazando su pequeña y delicada mano con la mía.
Luego levantó la vista y recorrió despacio mi pecho hasta que llegó a mi nuca.
Tiró de mí, haciendo que bajara hasta que nuestros labios se unieron.
—Tú me gustas mucho, Gian, solo puedo decirte eso —dijo todavía con los ojos cerrados—. Me gustas, y quiero sentir por ti ese gran amor del que hablas.
—Haré que te enamores de mí, Alexcía —me apresuré a decir—. Te lo prometo. Te amaré tanto que lo harás, mi novia.
—Gian, sé que te va a sonar extraño esto que te voy a pedir —se detuvo mientras me miraba a los ojos, suplicante—. ¿Puedes repetir eso último diciéndome Alessia?
—¿Alessia? —La miré sin entender.
—Sí, un día te diré el por qué —contestó con los ojos cerrados, sin dejar de acariciarme—. ¿Puedes decirme así cuando estemos solos?
—Alessia es un nombre lindo. Si te gusta más, lo haré —dije sin entender, pero no me importaba. Quería complacerla—. Serás mi Alessia, solo yo te diré así. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. Cuando estemos solos dime así. Gracias, Gian. Ahora no lo entiendes, pero hoy es el día más feliz de toda mi vida —dijo con una gran sonrisa—. En tan pocas horas has cumplido todos los sueños que tenía y que creía irrealizables.
Volví a besarla, disfrutando de sus carnosos labios.
No me cansaba de besarlos, y a pesar de que acabábamos de iniciar, me sentía compenetrado de una manera que ni yo mismo comprendía con ella.
No quería separarme de ella ni un segundo.
Pero me intrigó lo que acababa de decir.
Franco parecía una buena persona, y ella tenía la misma edad que Filomena, que ya tenía novio.
¿Cómo era que ella no había experimentado el amor hasta entonces?
—¿Qué quieres decir con eso? —pregunté al soltarla—. ¿En verdad no tuviste un novio antes? ¿Y por qué dices sueños que creías irrealizables?
Suspiró, separándose de mí y saliendo de detrás del kiosco. Al ver que ya no nos perseguían, nos tomamos de las manos y retrocedimos hacia la estrella giratoria, mirando con cuidado todo a nuestro alrededor. Ella de pronto se detuvo y me miró con una sonrisa triste.
—Digo eso porque soñaba con tener un novio muy guapo así como tú, que me amara por ser yo, que viera la mujer en mí.
Que me llevara de su mano a pasear y me defendiera contra el mundo.
Sobre todo, que me aceptara tal como soy —confesó, y aunque no entendí por qué decía eso, no la interrumpí—.
A otros no les agrada que su chica sepa combatir y no sea una mujer debilucha a la que hay que proteger. Pero tú me miras con admiración.
—Me gustas, Alessia, me gustas mucho —me apresuré a decir—. Me gusta todo de ti y estoy realmente enamorado de la mujer que veo. Que sepas artes marciales no disminuyó tu encanto ante mis ojos, todo lo contrario. Lo aumentó, y un día vas a saber por qué. Encajas perfectamente en mi vida.
Sonrió al escucharme y dejó que la abrazara de nuevo, debido a la gran cantidad de personas que nos rodeaban.
—También me gusta que sepas luchar —dijo sonriente—. Ruego al cielo que siempre sea así. Porque sé que te voy a amar tanto o más de como tú dices que lo estás haciendo. Ojalá que como hoy, un día luches así por mí delante de quien sea.
—¡Lo haré, Alessia, te lo prometo! —dije con vehemencia—. Sin importar quién sea, me enfrentaré a él para que no te alejen de mí.
—¿Aunque sea un dragón negro? —preguntó de pronto.
—¿Eh? —Mi corazón saltó acelerado—. ¿Un dragón negro?