83 . EL PARQUE DE DIVERSIONES
GIAN:
Seguí mirando alrededor con preocupación. Mi teléfono vibraba incesantemente en mi bolsillo. Sabía que eran los guardias de seguridad. Uno de ellos me indicó un taxi y comprendí. Era el vehículo de escape. Los gritos de mi cuñada y su novio me hicieron concentrarme.
—¡Felicidades! —gritaron alborotados Bosco y Filomena, que de inmediato aceptó que fuéramos.
—Está bien, vamos —dijo emocionada—. Alexcía se conoce Roma, que nos lleve a un lugar divertido.
—Miren, un taxi —señalé la calle—. Corran, sé de un lugar al que quiero ir.
Sin esperar la respuesta de ellos, salimos corriendo, tirando de Alexcía, que me siguió emocionada de ir de mi mano.
Se montaron en el taxi que salió raudo con ellos, mientras los guardias de seguridad, montados en motocicletas, se habían detenido observando la moto del joven.
Él se dio cuenta, se escondió aún más y comenzó a escapar, al tiempo que avisó a sus hombres que había encontrado unos dragones.
Alexcía nunca en su vida había sentido tanta libertad y felicidad, aunque no dejaba de girar la cabeza con miedo.
—¿Qué miras? —pregunté al darme cuenta de su inquietud.
—¿Eh? —Se sorprendió y bajó la cabeza—. Nada, nada. Es la primera vez que mi hermana Filomena viene a un lugar como este y me da miedo de que se vaya a perder.
—No te preocupes, anda con Bosco —le dije, guiándola hacia donde ellos reían comiendo algodón rosa.
—¡Esto es fantástico, Alexcía! —exclamó Filomena—. Pero muy caro. ¿Sabes cuánto cuesta esta cosa de azúcar? ¡Dos liras! Y Bosco lo pagó.
—No se preocupen, chicos —les dije de inmediato—. Hoy todo va por mí.
—¿Qué dices? —intervino Bosco—. Pagale las cosas a tu novia, que yo le pago los caprichos a la mía, que para eso trabajo.
—Ya salió el hombre de las cavernas —dijo Filomena, pero se veía que disfrutaba de que Bosco se portara así—. ¿Quieres algodón, Alexcía?
Todos reímos al escucharlo. Miré a la pareja frente a mí, que estaban muy enamorados, y apreté la mano de Alexcía, que se veía que no estaba acostumbrada a que la llevaran así.
—No, Filo, prefiero las rositas de maíz —contestó Alexcía.
La miré con cariño. Era claro para mí que ella todavía no podía creer que estuvieran haciendo eso, y vi que no dejaba de temer.
—Pues rositas de maíz serán —dije, llevándola a comprar—. Todos vamos juntos, felices.
—¡Candela, Gian, eso vale cinco liras! —exclamó Filomena—. Oye, mi hermana, no le hagas pagar esas cosas tan caras.
Volvimos a reír con las cosas de esa chica. Era claro que habían sido muy pobres antes. Pero yo me crié en la abundancia. Era el príncipe de la mafia de Milán, con todo el dinero que deseara a mi alcance. Pero no podía olvidar mi misión. Era un joven sin muchos recursos.
—Filo, deja de mirar el precio de las cosas y vamos a divertirnos. Es la primera vez que venimos a un lugar como este. Vale la pena por una vez en la vida gastar —le dijo Bosco, llevándola a montar la estrella giratoria.
—¿Quieres subir? —le pregunté a Alexcía.
—Puedo ayudar a pagar, Gian —sugirió ella tímidamente.
—¡No me ofendas, mi novia! —dije sonriendo, disfrutando de ver cómo se sonrojaba—. Es la primera vez en mi vida que tengo una verdadera novia. Espero que sea también la última.
Le besé la mano, viendo cómo me observaba con incredulidad por lo que acababa de decir, con lo bien parecido que era, pero no dijo nada.
La entendí. Ahora me alegraba de que no supiera nada de mi vida en Milán.
Pero podía ver que le gustaba ser mi primera novia, como yo lo era su primer novio.
Así que le sonreí y le pasé el brazo por los hombros con mayor intimidad.
—Mi novia —susurré en su oído, disfrutando de su sonrojo.
—¿Dime, mi novio? —respondió toda ruborizada como una rosa roja.
Me incliné y le besé los labios suavemente.
Íbamos tan embobados en nuestro mundo de amor que no miré por donde caminaba y de pronto chocamos con alguien bruscamente, lo que hizo que se le botaran todas las rositas de maíz a Alexcía.
Cuando levanté la cabeza para disculparme, puse cara de disgusto al oír los gritos de un tipo.
—¡¿Es que acaso no ven por dónde caminan, imbéciles?! —Me espetó furioso.
—Disculpe, íbamos entretenidos —hice el esfuerzo de disculparme, colocando a Alexcía detrás de mí.
—¿Crees que una disculpa es suficiente? —preguntó avanzando hacia nosotros amenazante.
Bosco y Filomena se habían subido a la estrella felices, sin darse cuenta de que nosotros habíamos sido rodeados por una pequeña pandilla de bandoleros. No era que no pudiera con ellos, pero temía que Alexcía saliera lastimada.
—¡¿Es que acaso no ven por dónde caminan?! —repitió el que parecía ser el jefe. Un chico muy robusto que a leguas se veía que era un abusador.
—Ya te pedimos disculpas —dije muy serio.
—¿Crees que una disculpa es suficiente? ¿Para qué vienen a la capital estos campesinos? —gritó el chico riendo con sus compañeros.
—No queremos problemas —respondí, intentando mantener la calma.
Me estaba aguantando para no cortarle el cuello allí mismo.
Por menos que eso en Milán, fuera hombre muerto.
Nadie se atrevía a meterse ni insultar al príncipe de la mafia en esa ciudad.
No solo por ser hijo del capo Cian, a quien todos temían, sino porque yo mismo era temido por mis enormes habilidades, no solo luchando, sino con cuchillos y disparando.
Y como mi padre, no pensaba dos veces cuando se trataba de poner a un engreído como ese en su lugar, sobre todo si era debajo de la tierra.
Intenté romper el cerco con Alexcía abrazada a mí, estrechándome por la cintura, y pude percatarme de que se sentía segura conmigo.
Ese pensamiento me llenó de satisfacción.
Sabía que era muy varonil a los ojos de una mujer, y en ese momento despedía una aura aterradora.
Hicimos la intención de avanzar, pero ellos nos cerraron el paso de nuevo.
Estaba muy molesto y deseoso de demostrar que podía cuidar de ella.
—¿Piensas en verdad que los dejaremos ir así no más? —volvió a increparme el jefe, extendiendo la mano para tomar la punta del cabello de Alexcía. Pero se lo impedí.
Todos soltaron unas estruendosas y exageradas carcajadas mientras se burlaban de nosotros, que nos manteníamos firmes en el centro de su círculo.
—¡Chicos, parece que tenemos un valiente aquí! —rieron todos, cerrando el cerco.
—No les daré mi dinero —repetí con firmeza—. Si lo que quieren es pelear, dejen que mi novia salga y lo hacemos.
—Así no va la cosa, campesino —contestó el jefe—. Nos vas a dar tu dinero y tu novia nos complacerá a todos, si no quieres que te matemos.