81 . EL ENCUENTRO DEL AMOR
GIAN:
Esperé la respuesta de ella. Creí que Alexcía era muy tímida y quizás se estaba dejando llevar por su hermana Filomena, que desde un inicio sabía que quería que me hiciera novio de ella.
Pero no quería eso. Me gustaba demasiado para engañarme.
Quería que el amor de nosotros fuera sincero, honesto y limpio.
Sobre todo, que naciera de nosotros mismos, de lo que sentíamos uno por el otro.
—Sé honesta conmigo, no me voy a molestar —insistí de nuevo—. Desde que nos conocemos me rehuyes, quiero que me digas mirándome a los ojos. ¿Te gusto como hombre, Alexcía?
—Sí —contestó enseguida Alexcía, perdida en mi mirada, en espera de ver qué iba a pasar después de haberme confesado que también le gustaba, sintiendo el calor de mis dedos en su barbilla que aún no había retirado.
—¿Entonces eso quiere decir que podemos ser novios, Alexcía?
—preguntó Gian—. Antes de que me contestes, quiero que lo pienses bien, porque yo no estoy jugando contigo.
Como te dije antes, me enamoré de ti en cuanto te vi, y cada día que ha pasado ese amor ha ido en aumento.
Quiero amarte con todas las fuerzas de mi corazón y espero recibir el mismo amor de tu parte.
Sé que no debiera estarte presionando así, pero soy un hombre recto y me gusta dejar las cosas claras desde el inicio.
Entonces mírame a los ojos y respóndeme. ¿Quieres ser mi novia?
—Creo..., creo que sí, pero…
—¿Crees? ¿No estás segura? —pregunté acercándome de a poco, hasta casi estar pegado a su rostro—. ¿Sí o no? ¿Quieres ser la mujer de mi vida, Alexcía?
—¡Sí quiero! —contestó toda ruborizada.
Mi respiración chocaba contra su rostro, haciendo que ella levantara su mirada para mirarme. Me estaba enloqueciendo. Todo mi cuerpo quería a esa mujer y no tenía dudas.
—Gian, antes…, ese chico…, yo…, tengo que decirte… —habló tímidamente Alexcía.
Pero de pronto se detuvo al ver cómo acortaba la distancia entre los dos. La tomé y la besé suavemente en los labios. Ella me respondió emocionada, cerrando los ojos.
—No me interesa quién es ese chico, Alexcía. Olvida todo y sé solo mía —susurré encima de sus labios.
Saboreé suavemente sus carnosos y rojos labios, provocándole la más increíble de las sensaciones, queriendo que olvidara todo. Me besó tímidamente, levantando la barbilla pidiendo ser besada, y lo hice de la manera más increíble que vi que jamás había experimentado.
No era un novato. Todo lo contrario, era un experto en los gajes de la seducción. Sobre todo ahora que sentía que al fin encontré a la mujer de mi vida, que me hacía vibrar hasta la última fibra de todo mi ser.
De a poco hice que Alexcía se pusiera de pie. La estreché muy fuerte contra mi caliente cuerpo. Quería sentirla completamente. Mi cuerpo entero había reaccionado de una manera que nunca imaginé que podía hacerlo. Me estremecí cuando ella dejó que la pegara completamente a mí.
La estreché emocionado, queriendo fundirme con ella, mientras en mi mente retumbaban campanas y repetía una y otra vez: ¡la encontré! ¡Encontré a la mujer que me llena por completo!
ALESSIA:
Sentí una inefable felicidad al sentir cómo me estrechó muy fuerte.
El calor que transmitía el cuerpo de Gian era tan grande que casi lo podía sentir traspasándome, haciéndome vibrar cada fibra de mi cuerpo mientras lo abracé por el cuello, feliz.
Tiré de él, subí mi barbilla en busca de sus besos.
¡Jamás imaginé que se pudieran experimentar tantas sensaciones con un solo beso!
Era como si de pronto mi mundo se llenara de colores y fuegos artificiales estallaran por todas partes.
¡Gian era mi chico, nadie más! Me dije a mí misma mientras lo besé de nuevo suavemente en los labios, y él profundizó el beso, también feliz.
Al separarnos, nos quedamos mirándonos a los ojos, sonriendo como un par de tontos enamorados.
Él volvió a besarme, esa vez más profundamente, y sentí que estaba volando entre las estrellas.
Sin embargo, pareció percatarse de que no sabía besar y de que eran mis primeros besos, porque Gian me guió muy bien. Sentí una gran alegría al saber que era su primera novia.
—Gian, tengo que decirte que yo no soy quien tú crees… —no sabía por qué sentía la necesidad de ser sincera con él, pero sentía que Gian también lo era conmigo.
—Suss..., yo también tengo que confesarte algo, pero no ahora, linda —me interrumpió—. Deja que te bese. Tenemos todo el tiempo del mundo para confesarnos nuestros secretos.
En ese mismo instante, no sabía que unos ojos verdes que conocía demasiado bien estaban fijos en nosotros, sin perder detalle de lo que hacíamos.
Sentía por primera vez en mi vida que era libre y que estaba viviendo la realidad.
El amor que tanto había soñado había llegado justo cuando papá me había alejado de su lado.
Gian me tenía sujeta por la cintura, y el leve roce de sus dedos sobre mi piel desnuda, debajo de la blusa, me provocó un estremecimiento que fue imposible de contener.
Mis labios aún temblaban cuando nos separamos, pero mi corazón latía tan rápido que temí que Gian pudiera escucharlo.
—¿Estás bien? —preguntó, con esa ternura—. ¿Sucede algo, Alexcía?
No sabía por qué, me sentía vigilada. Pero a pesar de que miraba alrededor no veía a nadie. Solo a Filomena y Bosco al otro lado del parque, abrazados, olvidados del mundo a su alrededor. Traté de tranquilizarme respirando profundamente.
—Estoy bien —susurré bajando la mirada—. Demasiado bien. ¿Se daría cuenta de lo que escondían mis palabras? ¿Sospecharía ya la verdad que me moría por decirle? Es solo que… todo esto es nuevo para mí.
Confesé ruborizada al admitir que era mi primera vez. Esquivé su mirada, porque sabía que esos ojos castaños y cálidos me desarmaban y me hacían olvidar cualquier vestigio de razón. Gian sonrió, y su dedo índice rozó mi barbilla para obligarme a volver a mirarlo.
—Me gustas mucho, Alexcía —dijo con voz firme—. ¿Soy tu primer hombre?
Sentí que todos los colores subían a mi rostro. Me sentía avergonzada. Tenía veintiún años y era inexperta. Bajé la cabeza y dije que sí con la cabeza, incapaz de pronunciar más palabras, porque mi respiración ya estaba atrapada en las redes del amor.
De pronto Gian me separó y me tomó la mano. Lo sentí nervioso mientras miraba en una dirección. Y salió a caminar hacia donde Filomena y Bosco conversaban, olvidados de todos.
—¿Chicos, vamos al centro? —preguntó de pronto Gian.
—¿Al centro? —preguntaron ambos al mismo tiempo.
No habíamos salido desde que llegamos a Roma, siguió diciendo Gian. Y era cierto. Franco nos había dicho que debíamos quedarnos en el barrio, y cuando saliéramos debíamos ir con los hombres.
—¿Vamos ahora? —Luego levantó nuestras manos unidas—. ¡Quiero celebrar que Alexcía y yo nos hicimos novios!