80 . AL FIN TENGO NOVIO
ALESSIA:
Seguí mirando por donde se fue el chico de la motocicleta.
¿Cómo era que le daba por aparecer precisamente ahora que iba a ser novia de otro?
¿Me estaría vigilando aún? Y si era así, ¿por qué no se me había acercado?
Sentí por un instante que lo estaba traicionando, porque todo ese tiempo había sentido que existía una relación entre nosotros, aunque nunca habíamos hablado. ¿Qué debía hacer ahora?
Observé a Gian, que me sonreía muy serio. ¡Era endiabladamente sexi y me gustaba mucho! Cerré los ojos para no verlo y traté de recordar al chico de la moto. Solo tenía su imagen, siempre con casco y los ojos verdes. Tomé aire y decidí analizar lo que en verdad sentía por él.
¿Le gustaba? No lo sabía, nunca lo vi. ¿Estaba enamorada de él? Tampoco podía contestar a eso. Jamás se acercó a mí. Entonces…, ¿le temía después de enterarme de que tenía un dragón dorado? No, no le temía, pero eso solo podía significar una cosa: era un enemigo.
Porque muy pocos sabían que tenía en mi cuerpo tatuado eso, y sobre todo que era la única con un dragón dorado, categoría que fundaron para mí en la gran organización.
Definitivamente tenía que ser un enemigo que me estaba acechando.
Era a la conclusión que llegué mientras miraba a Gian, que no apartaba su mirada de mí, haciéndome sentir muy bien.
Vi a Filomena y Bosco abrazados, riendo felices un poco más allá. ¿Sería correcto hacerme su novia sin aclarar las cosas con el otro? ¿En qué estaba pensando, Alessia? ¿Qué tenía que aclarar con el otro? Nunca existió, no fueron nada, solo en mi imaginación. Ni idea tenía de cómo era.
Este otro lo tenía aquí, dispuesto a hacerme su novia.
¿Iba a perder esa oportunidad única? Porque cuando mi padre me recogiera, olvídate de tener novio, Alessia.
Capaz que me casaran con alguien que él escogiera y no podría negarme.
¡Ojalá Gian se enamorara de mí así como Bosco lo estaba de Filo!
Pensé suspirando, mientras miraba a mi enamorado, que no dejaba de sonreírme.
¡Era tan apuesto que me cortaba la respiración!
Mi corazón se aceleró ante la majestuosa visión del chico. En verdad era realmente un joven varonil y muy hermoso, y me gustaba mucho lo que veía. Sí, me encantaba Gian. No iba a desperdiciar esa oportunidad de hacerme su novia por algo que no sabía qué fue. ¿Debería contarle quién era yo primero?
Él me indicó que nos sentáramos en un banco debajo de un enorme árbol y permanecimos en silencio, hasta que me giré hacia él, decidida.
—Gian, también me gustas, pero… yo no soy… —me detuve y cerré los ojos. ¿Podía decirlo o no? ¿Y si me rechazaba por ser hija de un mafioso? ¿Debería decirle que no y esperar por el otro chico que pertenecía a mi mundo? Quizás no era un enemigo.
A veces era muy difícil despertar del mundo imaginario que nos habíamos creado, más cuando no conocíamos nada del amor.
Nos imaginamos a nuestro príncipe azul siempre viniendo a rescatarnos y haciéndonos la mujer más feliz del mundo, lejos de todo lo que nos atormentaba.
Era mi caso. Llevaba cinco años soñando con mi chico imaginario, ese que nunca me había enseñado su rostro, pero que con solo aparecer en la lejanía hacía que mi corazón saltara alborotado.
Cada día de mi vida, cuando salía en mi motocicleta, mi único objetivo era ver a mi chico.
Me lo imaginaba hermoso, caballeroso y gentil.
Que me llenaba de amor y me llevaba a los lugares más increíbles.
Sobre todo, era muy valiente, lograba enfrentar sin miedo a mi padre y arrebatármelo de su cuidado férreo, haciéndome libre y muy feliz.
Llegué a soñar tanto con él que muy pronto se volvió mi amor prohibido, mi primer novio que me cuidaba desde lejos porque mi abusivo padre no lo dejaba acercarse.
Y cada día me sentí más unida a él, sumergida en ese mundo desconocido de sensaciones nuevas.
Era feliz. Sin embargo, nada de lo que había imaginado se acercaba, ni siquiera un ápice, a lo que en verdad se sentía.
Gian había llegado para romper con toda esa fantasía, haciendo que entrara en la realidad sin estar preparada.
La primera vez que lo vi, cuando giré para enfrentarlo, mi corazón se detuvo.
¡Era el joven más apuesto que había visto en mi vida!
Todo mi cuerpo se estremeció ante su presencia.
Por eso, acobardada, no me atreví a darle la mano.
Lo rehuía porque no conocía por qué ese desconocido me hacía sentir de esa manera.
Por mucho que evitaba mirarlo, mis ojos lo buscaban todo el tiempo, y cuando nuestras miradas se encontraban, mi corazón latía tan acelerado que creía que todos a mi alrededor lo podían escuchar, y me alejaba más de él.
Me sentía como un ratoncito que el gato quería devorar. Sin embargo, no me alejaba.
La atracción que sentía por él era tan grande que, sin percatarme plenamente de que caía cada vez más por Gian, vigilaba cada uno de sus movimientos.
Me enfurecía irracionalmente cuando las demás jóvenes se le acercaban.
Aunque todavía no sabía qué era eso que me hacía comportarme así, muy dentro de mí una alarma comenzó a sonar, sobre todo cuando me encontré comparándome con las demás mujeres que lo rodeaban.
Inconscientemente, comencé a luchar con esos sentimientos que poco a poco me habían llenado.
En las noches, me sorprendía al cerrar los ojos para recordar aquellos ojos verdes que tanto me habían impresionado la noche del secuestro, haciéndome estallar en un sinfín de emociones que no pude controlar.
Cuando no eran ellos los que venían a mi mente, sino aquellos marrones que me miraban todo el día fijamente.
Por mucho que me esforzara por traer a los verdes de vuelta, los ojos de Gian permanecían mirándome todo el tiempo, fijos en mí, queriendo decirme muchas cosas.
Y dejé de luchar. Esos ojos marrones, tan reales, sinceros, llenos de amor por mí, borraron aquellos otros, llenándome de felicidad, hasta ahora que los volví a ver.
Sin embargo, a pesar de la lucha interna que tenía, contesté:
—Sí, Gian, también me gustas, pero… yo no soy… —me detuve de nuevo al ver cómo Gian se quedó mirándome fijo, haciéndome sentir acobardada, mientras estrujaba mis manos nerviosamente.
Me percaté de que no conocía quién era él en realidad.
¡No debía decirle quién era yo! Quizás esa era mi oportunidad de ver si, por primera vez en mi vida, alguien me tomaba en cuenta.
No por ser Alessia Minetti, ni por congraciarse con mi padre, o porque fuera inmensamente millonaria, ni porque estuviera vestida con las más costosas ropas que existían.
Simplemente, quería que se fijara en mí y me amara por la mujer que era.
Me quedé expectante mirando cómo Gian se colocaba agachado frente a mí para poder mirarme de frente. Sentí que no lo podía mirar. Mi rostro me quemaba, por lo que bajé la cabeza, sabiendo que debía estar toda colorada. Él me levantó suavemente la barbilla, obligándome a mirarlo a los ojos.
—¿Te gusto de verdad, Alexcía, como tú a mí? No quiero que estés de acuerdo porque tu hermana quiera —preguntó suavemente—. Dime la verdad.