¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 78 . INTENTANDO COSAS NUEVAS
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78 . INTENTANDO COSAS NUEVAS

LILIAN:

Alessandro había cumplido lo que me prometió.

Subía todos los días a dormir y me complacía en todo.

Pero a mi hermana Lucy ahora le había entrado la agonía de que, cuando ellos desaparecieran, yo fuera a cometer la locura de estar con cualquiera.

Por eso nos había citado a Migue y a mí en el sótano, aprovechando que todos los hombres se fueron por una semana.

—¿Qué hacemos aquí, Lucy? —pregunté sin entender.

—Te dije que íbamos a aprender cosas para cuando Alessandro se desaparezca más de dos semanas —inició diciendo Lucy—. Vi que en realidad es el tope de tu abstinencia. Por eso pienso que quizás nosotros deberíamos hacer algo para ayudarte y que no quieras comerte a Rufo.

—¿Qué quieres decir con eso, Lucy? —preguntó Migue de inmediato—. ¿Cuándo la loca de Lily quiso comerse a mi Papichuli?

—¿No se lo contaste, Lily? —preguntó, girando hacia mí.

Me apresuré a decir que lo iba a hacer, pero me daba pena. Le reproché que no debió decírselo así. Miguel era mi mejor amigo y no quería que hubiera ningún malentendido entre nosotros.

—¡Lily, habla claro conmigo ahora mismo o esto se va a poner feo! —me pidió Migue, realmente celoso y molesto.

—Disculpa, Migueliño, no lo hice a propósito —le tomé las manos—. Y no solo era a Rufo. Hasta a ti te miraba con ganas de saltarte arriba. Por favor, perdóname, no pasó nada entre él y yo.

—Cuéntame ahora mismo todo antes de que mi amistad contigo sufra mucho. Sabes muy bien que Rufo es el amor de mi vida y ni siquiera contigo lo voy a compartir —me dijo muy serio.

Por suerte, Lucy intervino de inmediato. Le explicó que todo era por el problema que me quedó de la operación de cuando quise suicidarme. Migueliño levantó una ceja mientras ella seguía explicando que era una secuela de querer hacer sexo todo el tiempo.

—¿Pero no se te había quitado? —preguntó, sorprendido.

—¡No! Lo que pasa es que Ale me lo vive haciendo cada vez que quiero, así que no me siento con necesidad de nada más —expliqué de inmediato—. Pero con el problema de Alessia, me dejó sola un mes y medio sin tocarme, y por poco me vuelvo loca.

—¿Y por qué no me lo dijiste? Te hubiera ayudado —cambió de actitud de inmediato—. ¿Soy tu mejor amigo o no, Lily? ¿Crees que no te iba a ayudar en una situación tan seria como esa?

Lo abracé emocionada. En verdad, nunca Miguel me había fallado.

No sé por qué no le conté antes. De seguro encontraría una manera de ayudarme a no volverme loca.

Si había alguien que conocía todo sobre la satisfacción femenina, ese era él, pero me daba pena pedírselo.

Miguel, después de saber de qué se trataba el asunto, se olvidó de sus celos inmediatamente.

Ya había notado a Rufo nervioso, como si quisiera decirle algo sin atreverse. De seguro era eso.

—Por eso es que estamos aquí, Migue —aclaró Lucy—. Y le pedí a Rufo que te dejara con nosotras para que nos enseñaras.

—¿Tú también quieres aprender? —preguntó Migue picaramente.

—¡Por supuesto, y mi gemela Ellie también!

Tenemos que estar listas por si todos ustedes nos dejan solas —dijo con una seguridad que me asombró—.

Esta loca le quiere saltar a cualquier hombre arriba.

Fíjate que dice que veía a todos los hombres como penes y que andaba con Rufo por si le iba a saltar a alguien, para que fuera a él.

Migue y yo soltamos una estruendosa carcajada al escuchar. Sobre todo porque Lucy era muy introvertida y le avergonzaba hablar de ese tema. Se molestó al ver cómo nos reímos, hasta que ella también se rió.

—Haces muy bien en saltar arriba de Rufo. Aunque me ponga celoso, Lily, si ves que no puedes aguantar, pídele a mi Papichuli que te complazca, pero corres después a decírmelo, ¿de acuerdo? —Me pidió seriamente—. O me llamas a mí.

—¿Qué quieres decir, Migue? ¿Puedo hacerlo contigo también? —pregunté, jamás imaginando esa posibilidad—. ¿Funcionas con las mujeres también?

En verdad, si él podía funcionar, preferiría con él que con Rufo, porque así no sentiría que traicionaba a Ale.

De todos modos, pensé que esa idea de mi hermana era la mejor.

Quizás aprendiéramos a darnos satisfacción solas.

No me imaginaba haciéndolo con mi hermana o Ellie.

Hasta con Migue me resultaría extraño, pero era hombre y no familia.

Miré a Lucy mientras iba hasta una enorme caja que había en el centro de la habitación.

—¿Qué es eso? —pregunté llena de curiosidad.

—Migue, ayúdame. Compré todos los aparatos que pude encontrar de autosatisfacción —respondió mientras abría la caja—. Pero como comprenderás, no sabemos usarlos y ahí es donde entras tú. ¡Tienes que ayudarnos a saber qué hacer!

Migue se adelantó curioso. A él le encantaban todas esas cosas de los aparatos.

Se pusieron a extraer todas las cajas que había y cada vez se emocionaban más.

Aunque, para ser honesta, preferiría que fueran nuestros esposos quienes nos enseñaran primero.

Esa Lucy no escatimó. Había tantos, muchos conocidos y otros completamente desconocidos para mí.

—Sabes qué, Lucy, fue muy buena idea que compraras esto —dijo Migue—. Pero realmente creo que, ya que vamos a romper la barrera familiar…

—¿Qué quieres decir? —pregunté, sin tener ni idea de para qué servían todos esos aparatos.

—Hasta ahora, aunque hemos visitado los clubes de sexo con nuestras parejas, no hemos roto eso —siguió diciendo Migue—. Y creo que, con tu problema, Lily, va siendo hora de que lo hagamos. No solo yo y Rufo, los que podemos complacerte. Tienen que entrar Damián y Renart si van a participar ustedes.

—¿Qué? ¡No! Yo me atrevería a estar contigo y tal vez con Rufo, pero con Damián y Renart, no —negué categóricamente.

Siempre, durante todos los años que llevaba casada con Alessandro, hablamos de intercambiar parejas, pero en realidad jamás lo hicimos.

Porque, aunque íbamos a esos lugares, nos complacíamos tanto y nos satisfacíamos de una manera tan increíble que nunca habíamos sentido la necesidad de integrar a nadie más.

Alessandro Minetti era un semental que me llevaba a la locura en todas sus formas, y yo lo complacía en lo que a él se le ocurriera hacerme.

—Migue, yo tampoco sé si mi Dami me va a dejar estar con otro, ni si yo quiero hacer eso —dijo Lucy—. La idea que tengo es aprender a usar todos esos aparatos de autocomplacencia y ayudar a mi hermana cuando sea necesario.

—No lo entienden, chicas —dijo de pronto sacando un gran pene—. Estos aparatos te ayudan hasta cierto punto. Pero al final terminan haciéndote desear más a tu hombre.

—Eso es verdad, Lucy —estuve de acuerdo, lo probé—. Cuando usé el consolador que me dio Rufo, me entraron más ganas de que Ale me diera con todo.

—¿De veras? —Dijo desconsolada—. Entonces esto no va a servir si te va a aumentar el deseo de estar con un hombre. ¿Qué hacemos?