¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 74 . POR QUÉ TUVE UNA HIJA
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74 . POR QUÉ TUVE UNA HIJA

ALESSANDRO:

En mi oficina miré la escena que me había traído Humberto y solté un resoplido. A pesar de que yo mismo mandé a Gian que se le acercara de esa manera, ver cómo Alessia se estaba enamorando del chico no me parecía una muy buena idea ahora.

—Humberto, adviértele a Gian que no quiero que haga sufrir a Alessia —dije aguantando las ganas de ir por ella.

—Mi Capo, usted mismo le dijo que hiciera eso.

Deje que Alessia tenga una linda historia de amor con él, y quién sabe si se casan.

Es un chico tremendo. Lo he investigado muy bien, a pesar de que es el hijo de Cian —me dijo Humberto ante mi desconsuelo—.

Además, no tiene novia. Así no corremos el peligro de que se enamore de ese joven del dragón dorado que la ha seguido por cinco años y que aún no encuentro.

Es como si se lo hubiera tragado la tierra.

Pienso que ese fue el motivo por el que ella ocultó que lo veía a cada rato. Se imaginó que era un enamorado.

Lo miré de inmediato. Me había olvidado de ese chico que persiguió a mi Alessia por cinco años. Me di cuenta de que era verdad lo que decía. Era mejor que se enamorara de Gianpiero antes que de un extraño que no mostraba la cara. No podía negar que Humberto tenía un buen punto.

—Si fuera un enamorado de ella, en cinco años se hubiese declarado —pensé en voz alta—. ¿Tienes alguna idea de quién puede ser?

—No, estoy ciego. Y eso que alerté a todos los dragones para que si lo ven me avisen, pero nada. ¡No lo hemos encontrado! —Me informó decepcionado—. Por eso le aconsejo que deje que la señorita Alessia se acerque a Gian.

—¿No crees que se va a molestar con él y conmigo cuando se entere de que fui yo el que lo puse a su lado? —pregunté preocupado por mi plan.

Humberto levantó los hombros, negando. Aseguró que no podía responder a esa pregunta.

Aunque podíamos aconsejarle a Gian que, si se acercaban lo suficiente y si estaba interesado en ella de verdad, se hiciera novio de ella.

Después de todo, él no sabía que era mi hija.

Veríamos qué sucedía cuando debieran separarse y si aguantaban esa prueba.

—Pensamos igual. Gian no puede saber que es mi hija para ver si en verdad va por ella porque es la mujer que le guste —dije imaginando un nuevo plan—. Está bien, dejaré que la enamore, pero que no vaya muy rápido, y nada de lo otro. ¡Lo mato si la toca antes de casarse con ella!

Humberto soltó una gran carcajada. No pude dejar de reír con él también. Sabía que me comportaba ridículamente cuando se trataba de mi hija, pero no podía controlarlo.

—Está bien, mi Capo —se puso serio—. Hablando de otra cosa, ya arreglé todo para encontrarme con Franco como si fuera casualidad. Si es mi amigo, le avisaré en el momento.

—Bravo, avísame todo lo que averigües —dije complacido.

—Seguro, mi Capo. También hay algunos rumores de que los seguidores del dragón de fuego se están organizando para venir contra usted —lo miré con seriedad—. Solo son rumores, pero recuerde el dicho: cuando el río suena, es porque trae piedras.

Tenía razón en lo que decía. Tenía que informarle a Rufo para que hiciera un plan para desenmascarar a todos esos que creían que podían aplastarme así de fácil. Por eso debíamos cuidar aún más a Alessia. Me informó que ya había comprado todo el edificio y mandado a reforzar la seguridad del mismo.

—No puede correr peligro ni darse cuenta de que la cuidamos —le recordé a Humberto—. ¿También compraste el restaurante en el que trabajan?

—También, mi Capo. Creo que deberíamos hacerle algunos arreglos y subir la calidad, es pésimo.

Y ese tipo, Claudio, es un patán que quiso aprovecharse de Alessia, pero ella le propinó dos cachetadas —me mostró el video de la oficina del restaurante—.

Y aunque dice mi jefe de seguridad que le dijo a Gian que no hiciera nada, mire lo que hizo.

—Ja, ja, ja… me gusta. Ese es el tipo de hombre que se merece mi hija. ¿Estás seguro de que no sabe quién es Alessia? —pregunté al ver cómo la defendía vehementemente.

—No, no lo sabe —aseguró Humberto.

—Busca a alguien que tenga conocimiento de restaurantes —le pedí muy serio—. Pero nada de quitar a Alessia por ahora de camarera. Si vemos que vale la pena y hace todo con calidad, le subiremos el puesto.

—Si sigue así, mi Capo, se va a dar cuenta de que la está ayudando —me advirtió de nuevo.

Estaba consciente de lo que me advertía Humberto.

Era un riesgo que tenía que correr. Pero a mi hija Alessia no podía fallarle de nuevo.

Reconocí que ella se merecía la oportunidad de pelear y ganar su lugar por mérito propio.

No era bueno seguir facilitándole la vida.

Ahora estaba convencido de que necesitaba experimentar el amor y todas las dificultades como deseó.

—Evitaremos a toda costa que ella se dé cuenta de que la estamos cuidando —dije pensativo—. Pero que experimente no quiere decir que deje que abusen de ella.

—¿Debo enviar a alguien que hable con Claudio también? —prosiguió Humberto, atento a mis silencios.

—No hace falta. Gian ya hizo su trabajo allí, y bastante bien, por lo que vi en el video —dije complacido—.

Ese Claudio necesitará más que un cambio de actitud para recuperar su confianza después del cuchillo que Gian le lanzó entre los dedos.

Pero deja que mejore un poco la condición del restaurante.

Deja que contraten a la esposa de Franco.

Humberto estuvo de acuerdo conmigo. Era un hombre de ojos sagaces, pero también un fiel ejecutor de mis órdenes. Lo vi salir a ejecutarlas mientras me quedé pensando. ¿Qué haría si Gian y Alessia se acercaban demasiado? Peor aún…, ¿qué iba a hacer si se enamoraban cuando esa fachada se cayera?

—Ufff, esto de ser cupido no es lo mío —me dije mientras volví a mirar cómo Alessia le sonreía tímidamente a Gian. Era muy claro para mí que se estaba enamorando de él—. ¡Diantres! ¿Por qué tuve una hija?

Esa misma noche, después de dar mis últimas instrucciones, decidí darme una vuelta por el lugar, de incógnito, como siempre.

Allí estaba mi hija, con su cabello recogido pero suelto lo suficiente como para que unos mechones cayeran y enmarcaran su rostro.

Por un instante me detuve a verla desde lejos.

Tenía la misma expresión que su madre cuando nos conocimos.

Fiera, orgullosa, capaz de enfrentar al mundo con la frente en alto.

Gian la miraba desde la caja embelesado. Me recordó a mí cuando miraba a mi esposa. ¿Y si estaba cometiendo otro error?