¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 72 . TÚ LE GUSTAS
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72 . TÚ LE GUSTAS

ALESSIA:

Me senté un rato en un banco, suspirando.

Estuve a punto de romperle la cara al cliente por lo que hizo, pero me aguanté.

Sí que era terrible la vida de los que no tenían nada.

De seguro mi mamá pasó por ese tipo de humillaciones.

Según lo que me dijo mi tía Lucila, ellas eran muy pobres.

Tenían que bajar la cabeza y tragarse la rabia cuando pasaba algo así para no perder el trabajo.

La tía estaba muy enferma. La abuela y mamá no podían darse ese lujo.

Ni siquiera tenían un hombre que las defendiera, así que no podían decir nada.

Yo, al menos, tenía a Franco y a Ray. Si quería, podía quejarme y vendrían a ponerlo en su lugar.

También me acompañaba Filomena y hasta Gian, que seguro me defendería si le pedía ayuda.

Mamá estaba sola. ¿Cómo me pudo decir que le iba bien?

¿Qué vida hermosa y de libertad podía tener en medio de esa miseria?

Pensé que en la ciudad me iría mejor que en Sutera porque podía trabajar, pero no era así. ¡Era muy difícil!

—¿Alexcía, estás bien? —me sacó de mis pensamientos Filomena.

—Sí, el tipo tenía razón, la sopa estaba fría y es pésima —dije con un suspiro, corriendo para que se sentara a mi lado.

—¿Sabes qué estaba pensando, mi hermana? —dijo de pronto—. Decirle a mamá que venga a cocinar aquí. De seguro lo hace mejor que ese viejo.

—No es mala idea. Aunque Filo, no sé si la tía Annette va a aguantar todos estos desplantes y humillaciones —dije pensativa. Ella tenía un carácter muy fuerte—. Es terrible la forma en que todos nos tratan y uno no puede decir nada porque el cliente siempre tiene la razón. ¿Qué locura es esa?

—Mamá sí puede. Ella pone a ese tonto de Claudio en su lugar rápido —dijo emocionada y tan optimista como siempre—. Vamos a hablar con él, quién sabe.

La miré con verdadera admiración. A ella la habían humillado y gritado como a mí.

Sin embargo, seguía como si nada, radiante y feliz.

Le contestaba a los clientes de igual modo y muchas veces los hacía reír.

Hasta le dejaban buenas propinas. En cambio yo no podía hacer eso.

Me avergonzaba y se me atascaban las palabras en la garganta.

—No creo que Claudio acepte —bajé la mirada y le conté—. No sé ni cómo no me ha venido a despedir después de que le di unas cachetadas por desvergonzado.

—¿Qué pasó? ¿Qué te hizo? Ah, no, ahora mismo voy a arreglar cuentas con ese desgraciado —dijo arremangándose las mangas y quitándose el delantal.

Le tomé la mano e hice que se sentara a mi lado mientras la abracé. Si había algo que agradecía de ese castigo era haber conocido a Filomena. Ella en verdad creía que era su hermana. Me defendía como una leona. No sé por qué, pero me creía débil. No podía dejar que se buscara problemas por mi causa.

—Cálmate, no podemos perder las dos el trabajo —le dije cuando la solté—. En cuanto a lo que propones, mejor habla con Gian. Me parece que le cae bien al dueño o lo conoce. Lo vi ir a hablar con él y ahora lo trata muy bien.

—Está bien, se lo pediremos ahorita cuando nos vayamos —dijo enseguida—. Es buena persona Gian, ¿verdad? Y creo que le gustas.

—Filo…, no comiences —le pedí, pero sentí que mis mejillas se sonrojaron.

—Es verdad, no te quita los ojos de arriba —insistió con lo suyo—. ¿No me digas que no te has dado cuenta?

—Deja de inventar cosas, Filomena —me puse de pie para cambiarme de ropa.

Aunque me ruborizaba de imaginar que Gian podía estar interesado en mí.

Era realmente guapo y lo había estado mirando a escondidas, al igual que las demás camareras que se desvivían por complacerlo.

Aunque lo había escuchado cada vez que lo invitaban a algo, rechazándolas y mirándome a mí cuando lo hacía.

¿Sería verdad que le gustaba? Había chicas mejor vestidas y arregladas que le caían atrás.

¿Sería que al fin podría tener un novio?

Gian parecía un modelo y era muy bien educado.

Desde que lo conocí, me trató con mucho respeto.

No podía negarlo, me pondría muy feliz si se fijara en mí.

Porque lo haría no porque fuera la hija de alguien importante, sino porque le gustaba como mujer.

Ahora entendía a mi padre. En verdad sería lindo enamorarme sin que él supiera de quién se trataba, y no de mi fortuna.

Quería un amor lindo como el de Filo y Bosco.

De solo imaginar esa posibilidad, me ruboricé.

Pero... ¿me querría Gian si se enterara de que era la hija del Capo di tutti i capi? Él se veía tan honesto, simple, normal. ¿Aceptaría a mi familia mafiosa? La voz de Filomena me trajo a la realidad.

—Perdona, mi hermana, olvidé que tienes novio y estás comprometida. ¿Cuándo lo vamos a buscar? —La miré desconcertada. ¡Diantres, lo había olvidado!

—En cuanto a eso, Filo —hablé, viendo la oportunidad de decirle la verdad—. Mentí, no tengo novio. Kenet es alguien muy especial para mí, pero no es mi novio ni nunca lo será. No sé ni por qué dije esa mentira. A lo mejor pensé que si lo decía me traerían de regreso a Roma. No quería vivir allá.

—Entiendo, pues eso es bueno —dijo ella aceptando mi explicación sin preguntar más—. ¡Puedes hacerte novia de Gian!

—¡Filo! —exclamé.

—No me vas a decir que no te gusta. Te pones toda roja cada vez que lo menciono.

Tampoco se me ha escapado cómo lo miras —me abrazó emocionada—.

No seas tonta, aprovecha antes de que otra te lo quite, como Noelia que se le tira encima.

Él vive a nuestro lado y siempre anda con nosotras.

¡No podemos dejar que otra lo agarre, es nuestro primero!

—Ja, ja, ja…, estás loca… —la miré divertida.

—Loca nada. Te digo que tú le gustas, vive mirándote. Todos lo hemos visto. No te hagas la que no te diste cuenta, que también lo miras —insistió en su cometido.

Me quedé en silencio y la seguí fuera del camerino.

Lo primero que vi fue la mirada de Gian, preocupada, encima de mí.

Le sonreí levemente, sonrojándome. Eso no se le escapó a Gian, que sabía muy bien lo que significaba.

Estaba algo confundido. No sabía si lo que le advirtió el Capo di tutti i capi era que no se hiciera novio de ella o que lo hiciera.

Aunque la cosa no era tan fácil. Le gustaba mucho desde la primera vez que la vio.

Era realmente linda y diferente a las demás.

Se desprendió de Noelia y vino a mi encuentro.

—Alexcía, ya no tienes que ir a ver al jefe nunca más. Dijo que solo tengas más cuidado —me informó con una sonrisa.

—¿De veras? ¿No me despidió? —pregunté sorprendida.

—No, ¿por qué iba a hacerlo? —preguntó muy serio Gian—. No te preocupes, estoy seguro de que no se atreverá a despedirte. Ya casi terminamos. Vamos para pagarles. Me esperan, tengo que hacer entrega del dinero y luego nos vamos.

—Oye Gian —intervino Filomena—. ¿Crees que le puedas decir que mi mamá cocina mucho mejor que ese cocinero que tiene?

—¿Tu mamá quiere trabajar? —preguntó enseguida Gian.