¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 71 . HACIENDO MI TRABAJO
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71 . HACIENDO MI TRABAJO

GIAN:

Me había pasado todo el día sentado detrás de la caja observando a Alexcía.

Era realmente hermosa, pero parecía que, por algún motivo, me evitaba.

Sin embargo, no se me escapó cómo cambió su expresión por un momento cuando escuchó mi respuesta.

Por breve que fue, pareció relajarse, e incluso creí ver una leve sonrisa dibujarse en sus labios en cuanto Noelia bufó, molesta.

No pude evitar sonreír también. Le guiñé un ojo, y ella se ruborizó de inmediato, desviando la mirada.

Era increíblemente adorable. Entonces siguió caminando rápidamente, como si quisiera escapar de lo que acababa de suceder.

Estaba casi seguro de que le interesaba, aunque ella lo negara incluso ante sí misma.

Esa mezcla de distancia y sutileza me tenía completamente cautivado.

Esperé el momento en que se dirigió al despacho de Claudio y, discretamente, la seguí.

Cuando llegué, escuché cómo él le gritó primero, para luego cambiar el tono a uno...

mucho más desagradablemente insinuante. Apreté los puños, luchando contra el impulso de entrar de inmediato, pero me obligué a esperar detrás de la puerta, atento a cada palabra.

De repente, escuché dos fuertes golpes —¡plaf, plaf!

— y antes de que pudiera reaccionar, Alexcía salió del despacho como una tormenta, furiosa, cerrando la puerta de un portazo.

Por suerte, no me vio. Me escondí rápido tras una columna.

Su mirada estaba fija al frente, y por un instante me quedé congelado viendo esa fuerza iracunda que parecía envolverla.

Después de que se alejó, entré sin más al despacho de Claudio, sin ni siquiera molestarme en tocar. El muy idiota estaba sentado detrás de su escritorio, sobándose el rostro. Parecía que ya había recibido una lección, pero yo iba a asegurarme de que fuera la última.

—¿Gian? ¿Qué haces aquí? —balbuceó, atónito, mientras intentaba recomponerse.

—¿Sabes quién me contrató, verdad? —le solté, directo—. El dueño de este lugar, y te recuerdo que le debe muchos favores a mi padre.

—¿Por qué mencionas eso? Gian, tú no tienes problemas conmigo… —me respondió, fingiendo calma, aunque el nerviosismo era evidente en su voz.

—Escucha bien —proseguí, acercándome un poco más, sin dejar de mirarlo a los ojos—.

Si se te ocurre volver a gritarle a Alexcía, o si vuelves a mirarla como si fuera un trozo de carne, te aseguro que te las verás conmigo.

Y no solo por ella, también por Filomena.

¡Son mis amigas y te juro que te mataré como a un perro si las tocas!

Sin dudarlo, saqué el cuchillo que llevaba escondido y lo lancé con fuerza. La hoja se clavó en la mesa, entre sus dedos, y el hombre dio un respingo, pálido como un papel. Se quedó petrificado, con los ojos llenos de terror.

—No me conoces, Claudio —le dije mientras le di un golpecito en la mejilla, un gesto que parecía inocente, pero no lo era en absoluto—. Compórtate. Haz bien las cosas, y ni ellas ni yo te daremos problemas.

Recogí mi cuchillo con calma, sin dejar de mirarlo fijamente, asegurándome de que viera el arma que llevaba en la cintura. Sus manos temblaron, y lo escuché balbucear mientras trataba de contener la furia que bullía en mi interior.

—No vuelvas a llamar a Alexcía a este despacho, ¿entiendes? —seguí hablando fríamente—. Ella no vendrá nunca más. Seré yo quien venga en su lugar. Y escucha bien: a partir de ahora, todo lo que ellas rompan aquí lo vas a pagar tú, ¿capisci?

—Sí… sí, Gian, no te preocupes —respondió aterrado—. Las… las trataré mejor. Te lo juro.

—Me alegra escucharlo —dije antes de salir del despacho sin mirar atrás.

De regreso en la caja, busqué con la mirada a Alexcía.

Estaba trabajando como siempre, con esa mezcla de concentración y tensión que parecía acompañarla todo el tiempo.

Estábamos en un lugar de mala muerte, la comida era terrible y, para colmo, los clientes parecían creer que tenían el derecho de tratarlas como les daba la gana.

Las palabras groseras volaban, y podía ver cómo ella y Filomena intentaban mantenerse firmes, incluso cuando era evidente que los insultos les dolían.

Apreté los dientes, furioso, y por un momento quise intervenir pero recordé lo que me ordenó Humberto: "No interfieras a menos que sea absolutamente necesario." Me costó seguir su consejo, especialmente cuando vi todo lo que tenían que soportar.

Por ahora, dejé que las cosas siguieran su curso, pero seguí observando.

Alexcía y Filomena creían que estaban solas en eso, pero no iba a dejarlas.

Me lo había prometido. “Alexcía… algún día te darás cuenta de que siempre he estado aquí, cuidándote. Quizá no me necesites, lo sospecho. Pero eso no me va a detener.”

Seguí mirando a las chicas que susurraban entre ellas.

Luego vi a Alexcía dirigirse al baño, visiblemente afectada porque un cliente le tiró un plato de sopa encima.

Me puse de pie de un salto, listo para ir a abofetearlo.

Pero ella negó con la cabeza y me dijo que estaba fría.

El hombre, al verme detenerme a su lado — soy muy alto y fuerte y mi aura es intimidante — levantó la vista.

—Tienes que pagar por ese plato y la ropa de la camarera, si no quieres que te muela a palos —le dije inclinándome sobre él—. Y si vuelves a hacer una cosa como esa, mañana no respirarás.

El hombre levantó la cabeza al escucharme, listo para rebatir, pero al verme se encogió sobre sí mismo. Conocía a los tipos como él. Abusaban de los que no podían defenderse, como las camareras. Me enderecé mostrando toda mi estatura y le tendí la mano.

—Paga —ordené.

El tipo sacó la billetera con manos temblorosas y depositó una buena cantidad en mi mano. Luego agarró su saco y se fue casi corriendo. Filomena vino a mi encuentro emocionada.

—Bravo Gian. Pero… ¿no vas a espantar a todos los clientes con esa actitud? Cuida que no te vea Claudio —me susurró.

—No te preocupes —dije con una sonrisa—. Tipos como este son el pan de cada día. Si les aguantas la primera, se pondrán peores cada vez. Hizo eso porque quiso hacer que Alexcía fuera castigada y el restaurante le pagara la comida. Lo he visto antes.

Filomena me miró con incredulidad. Le sonreí y regresé a la caja.

Quería ir al lado de Alexcía, pero sabía que no debía entrar en el baño de las mujeres y ella necesitaba tiempo.

Tenía la impresión de que nunca antes había trabajado.

Parecía una señorita mantenida. Si me acepta…

“Deja de soñar, Gian. Cuando se entere de que eres el príncipe de la mafia en Milán, de seguro me sale huyendo. Concéntrate en tu trabajo.”