¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 70 . COMPAÑEROS DE TRABAJO
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70 . COMPAÑEROS DE TRABAJO

ALESSIA:

Nos propusimos recorrer las escuelas más accesibles, especialmente aquellas donde la educación era cubierta por el gobierno.

No protesté. Estaba de acuerdo en estudiar en la que pudiera pagar con mi propio esfuerzo.

Pero ahora, viendo la miseria que me pagaban por ocho agotadoras horas de trabajo, no sabía si podría costearlo.

Me pregunté cuántas horas tuvo que trabajar mi madre para poder pagar las medicinas de mi tía Lucy y además sus estudios. Estaba sumida en esos pensamientos cuando, sin darme cuenta, choqué con una mesa y dos vasos cayeron de mi bandeja, rompiéndose a mis pies.

—¡Si vuelves a romper algo te voy a despedir, Alessia! —me gritó Claudio, mi jefe inmediato, con todo el veneno en su tono—. ¡No entiendo cómo mi jefe pudo contratarlas! No sirven para nada. Seguro lo hizo solo por sus caritas bonitas, ¡como siempre!

—Disculpe, señor. No volveré a hacerlo —respondí, roja de vergüenza, inclinando la cabeza con los puños apretados.

Mi respiración se aceleró, pero intenté controlar la ira que hervía en mi pecho. Era la primera vez que alguien se atrevía a humillarme de esa manera.

—Oye, deja de avergonzar a mi hermana —intervino Filomena, desafiante. Ella nunca temía enfrentarse a nadie—. Si tanto te molestan estos vasos, descuéntalos de nuestro sueldo.

—¡Eso es seguro! —gruñó Claudio antes de dar media vuelta. Pero, antes de marcharse del todo, se giró hacia mí con esa mirada burlona y prepotente—. ¡Y tú, Alexcía, cuando termine tu turno, ven a verme a mi despacho… sola!

Seguí agachada recogiendo el desastre que armé, mientras apretaba los puños para aguantarme. Estaba a punto de explotar, pero Filomena se agachó para ayudarme.

—¡Alexcía, no puedes ir sola, yo te acompañaré! —me dijo en un susurro—. Ese tipo quiere algo contigo.

—No te preocupes, Filo. Sé tratar con idiotas como este que se creen la gran cosa y no son nada —le respondí, intentando calmarla.

Por dentro estaba muy furiosa. Quería darle una lección a Claudio por la humillación, aunque sabía que si lo hacía, seguramente me despedirían, y no podía permitirme eso.

Durante todo ese intercambio, sentí la mirada de Gian sobre mí, observándome en silencio desde la caja.

Desde que lo conocimos, había intentado acercarse a mí reiteradas veces, haciendo preguntas como si quisiera entablar conversación o conocerme mejor.

Pero yo apenas le respondía. No tenía tiempo ni ganas para complicarme con alguien de su tipo...

o al menos eso intentaba convencerme. Pese a eso, algo en su mirada me confundía.

Gianpiero seguía observándome, y por momentos sentía su presencia como una sombra constante.

Sabía cómo mirarme, y eso me ponía nerviosa, aunque nunca dejaba que lo notara.

Pero algo curioso había pasado últimamente.

Me di cuenta de que cuando otras chicas se le acercaban y él las rechazaba, me quedaba mirándolo, casi satisfecha.

Esa sensación me desconcertaba y no quería aceptar lo que podía significar.

De repente, escuché que Filomena, que seguía furiosa y estaba visiblemente preocupada por mí, se acercó a Gian y comenzaron a hablar.

—Gian, ¿puedes hacerme un favor? —le preguntó, con esa facilidad con la que confiaba en todo el mundo.

—Claro, Filo. Lo que necesites —respondió él con sinceridad.

—Ya viste cómo Claudio trató a mi hermana y le exigió ir sola a su despacho.

Pero yo no quiero que vaya sin alguien que la cuide —lo miré con incredulidad, pero no podía ir porque estaba atendiendo una mesa—.

Sé que no debería pedirte esto, pero si vas y lo resuelves, te lo agradeceré mucho.

Puedes fingir que es tu novia si te preguntan por qué te metes.

No podía creer que le hubiera dicho eso.

Gian guardó silencio por un momento, mirando primero a Filomena y luego volteándose hacia mí.

Sentí cómo todos los colores subían a mi rostro.

Me observó de una manera que no pude definir, mientras yo fingía que estaba concentrada trabajando, aunque cada palabra suya me llegaba como un susurro en el aire.

—No te preocupes, Filo, lo arreglaré —le dijo al final, mientras yo reprimía el impulso de mirarlo directamente.

—Gracias, Gian, de verdad —agregó Filo, visiblemente aliviada—. Aunque mi hermana parezca distante, no es mala... solo que la vida no la ha tratado bien.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Gian.

—Un día te lo contaremos —respiré aliviada al ver que no le decía nada—. Ahora debo seguir trabajando. Solo… cuida de ella, ¿sí?

—Trato hecho —aseguró él con firmeza.

Desde lejos escuché cómo se despidió Filomena, mientras Noelia, otra compañera, se acercó a hablar con Gian. Desde que comenzó a trabajar allí, Noelia no había perdido la oportunidad de coquetear con él. Su risa falsa y su fingida coquetería me irritaban, aunque no entendía bien por qué.

Decidí acercarme a las mesas cercanas a donde estaban ellos, con la excusa de limpiar. Desde allí podía escuchar mejor su conversación.

—Hoy vamos a una discoteca, Gian, ¿quieres venir? —preguntó Noelia, casi pegándose a él.

Esperé inconscientemente la respuesta, mientras mis manos se tensaron, apretando con demasiada fuerza un vaso.

Algo me enerva y ni siquiera quería admitir qué era.

Por primera vez, sentí una punzada de incomodidad que no supe de dónde venía.

"Qué importa lo que diga", me repetí en la mente, intentando ignorar cómo mi corazón latía más rápido.

—Está en el centro, te va a gustar —insistió Noelia—. Puedo presentarte a mis amistades. ¿Vas a venir? Puedo acompañarte a tu casa, esperar que te arregles y marcharnos juntos.

Al escuchar eso, no pude evitar girarme para ver a Gian. Y sin darme cuenta, otra vez dejé caer unos vasos que se estrellaron a mis pies.

—¡Por el camino que vas, acabarás con todo! —Me gritó Noelia.

—¡Alexcía! —escuché a Claudio llamándome furioso—. ¡Ven en este mismo instante a mi despacho! ¡Ahora!

—Ja, ja, ja…, estás despedida —rió Noelia ante la cara de odio que puse, queriendo estrellarla contra el piso. Al ver mi mirada me dijo burlona—: Conmigo no la cojas, yo no te he hecho nada. Bueno Gian, entonces te espero para ir a tu casa y marcharnos juntos para la discoteca.

Me iba alejando rumbo a la oficina de Claudio cuando, al escucharla, me detuve en seco y giré la cabeza despacio para mirar a Gianpiero, que me sostuvo la mirada mientras le decía a Noelia:

—Lo siento Noelia, tengo cosas más importantes que atender.

Y me guiñó un ojo, haciendo que mi corazón saltara alborotado y me ruborizara. ¿Qué demonios era eso? ¿A mí qué me importaba con quién él saliera?

Retomé mi camino y me alejé rápidamente. No sabía qué me sucedía. Nunca antes me había sentido de esa manera. Alessia, concéntrate, tienes que enfrentar a Claudio. Le haré saber quién es la hija del Capo di tutti i capi.