69 . INTRODUCIENDO A GIANPIERO
ALESSANDRO:
Mientras salíamos del hotel seguí instruyendo a Gian.
Que no fuera petulante y sobre todo que se olvidara de que era el heredero del capo Cian.
Dejó de ser el hijo predilecto que todos se volvían locos por complacer.
Ahora era un joven que tenía que luchar muy duro para sobrevivir. Estaba aquí para estudiar.
—Trata de saber a qué escuela pretenden ir y avísame —seguí ordenando. Él asentía a todo.
—Entonces debo ir a comprar ropa más sencilla. Toda la que traje no la puede costear un joven normal —dijo mirando el traje que llevaba.
Estuve de acuerdo con él. Por lo que le ordené a Humberto que fuéramos al mercado.
Luego de hacer todo y de llevarlo al edificio, indicándole dónde era su apartamento, nos retiramos satisfechos, dejando todo muy custodiado.
Le ordené a Humberto que siguiera averiguando toda la historia de Franco.
Teníamos que saber quién andaba detrás de él.
Tenía que encontrar la manera de contactar con Franco sin que Alessia se diera cuenta. También investigar la vida de ese hermano que mataron. Ahora quería saber por qué a su hija le hicieron cirugía para que se pareciera a la mía.
—Tenemos que estar muy seguros en qué estaba metido y si Franco no lo sabía —dije mirando por la ventana pensativo—. Luego ver cómo le decimos toda la verdad y llevarlo a ver a su verdadera sobrina o hija.
—Eso es una buena idea. Haré todo como lo ordena lo antes posible, porque si los que lo persiguen son en verdad muy peligrosos, tenemos que sacar a la señorita Alessia de esa familia —dijo Humberto.
—Llena el barrio de nuestros hombres —ordené, pensando que tenía razón—. Que alquilen todas las casas vacías del barrio y mueve al cuerpo élite completo de Alessia. Que esta vez la cuiden bien o acabaré con todos ellos. No volveré a aceptar errores.
—Como ordene, mi Capo —dijo Humberto mientras mandaba mensajes por su teléfono.
Tenía que cuidar a mi hija. No podía dejar que la volvieran a atrapar. Me pareció que habíamos descubierto sin querer un gran complot en mi contra.
ALESSIA:
Junto a Filomena habíamos estado trabajando de camareras toda la tarde.
Terminamos pasadas las diez de la noche.
Fue Ray quien nos consiguió el trabajo. No estaba lejos de nuestra casa, por lo que caminamos juntas por la acera mientras conversábamos.
Nunca imaginé que ese trabajo que veía a otros hacer con tanta naturalidad fuera tan pesado y difícil.
Los hombres ya habían empezado sus guardias nocturnas y en casa solo estaba la tía Annette, por eso íbamos solas.
—Oye, hermana —me dijo Filomena prendida de mi brazo—. Nunca imaginé que fuera tan difícil cargar esas bandejas llenas de platos de comida. ¡Estoy muerta!
—Ni yo tampoco, Filo, pero al final del día no lo hicimos tan mal, ¿verdad? —le contesté, sintiendo un gran cansancio. Ese trabajo era agotador—. Lo que pagan es una miseria por tanto esfuerzo.
—¿Miseria? —me respondió Filomena, sorprendida—. ¡Alessia, nos dieron veinticinco liras! ¿Sabes cuánto vino tenía que vender papá en Sutera para ganar esa cantidad?
No dije nada, solo asentí con una sonrisa. Ya aprendería lo cara que era la vida en Roma. Igual que yo estaba aprendiendo lo mucho que costaba ganarse la vida con el esfuerzo propio, como cualquier persona normal.
Mientras seguíamos hablando, no pude evitar darme cuenta de que un joven nos seguía. Noté su presencia y, preocupada, tomé la mano de Filomena y aceleramos el paso hacia el edificio. Para mi sorpresa, él también entró detrás de nosotras. Me detuve, me di la vuelta y lo enfrenté.
—¿Por qué nos sigues? —le pregunté, firme, mirándolo a los ojos.
—¿Perdón? —respondió el joven, con seriedad—. No las sigo, señorita, vivo en este edificio.
—¿Vives aquí? —le pregunté, avergonzada—. Disculpa entonces, nosotras acabamos de mudarnos.
—Ya veo. Yo también acabo de mudarme —dijo extendiendo la mano—. Soy Gianpiero, pero mis amigos me dicen Gian.
—Filomena, y ella es mi hermana Alexcía —se adelantó Filomena, estrechándole la mano con naturalidad.
Yo todavía lo miraba con desconfianza. Si algo me enseñó papá fue a no confiar en nadie.
Y ya aprendí suficiente con lo que pasé por culpa de aquel asesino en serie.
Apenas incliné la cabeza como saludo y entramos al ascensor.
Gian pulsó el mismo piso que nosotras, lo que me puso aún más alerta.
Al bajarnos, lo vimos avanzar hasta el apartamento justo al lado del nuestro.
—¿Somos vecinos? —preguntó Filomena, entusiasmada.
—Eso parece. Solo alquilo aquí —respondió Gian con naturalidad—. Vine a estudiar y a trabajar para costear todo. Por cierto, no sé si me vieron. El jefe de ustedes me contrató como cajero.
—¿De verdad? —exclamó entusiasmada Filo—. Alessia, ahora tenemos con quién ir y venir sin miedo. ¡Claro, si Gian está de acuerdo!
—Filo, no deberías confiar tan rápido en los extraños —le dije mientras abría la puerta de nuestro apartamento y entraba.
—Hasta mañana, Gian —le oí decir a Filomena—. Si necesitas algo, ya sabes dónde vivimos.
—¡Filo! ¡Deja de ser tan confiada! —la regañé tirando de ella para que entrara en la casa—. ¿Cómo puedes creer tan fácilmente en lo que dice?
—Ay, hermana, ¿no lo viste? —me dijo mientras me seguía—. Se nota que es una buena persona, y además es muuuy guapo, ja, ja, ja… A lo mejor se enamora de ti.
—¡Filo! —exclamé, irritada pero sonriendo un poco ante sus ocurrencias.
Aunque no podía dejar de reconocer que era verdad lo que dijo.
Gian era alto, de cuerpo atlético, de carácter muy jovial.
Parecía sincero y amistoso. Su cabello negro y ondulado lo llevaba peinado al lado, lo cual hacía que le cayera siempre sobre su frente.
Sus ojos de color marrón miraban intensamente a todos, pero en especial a mí.
Vestía igual que nosotras, dando a entender que éramos de la misma clase. Tampoco podía negar que se comportó muy atento con nosotras dos y con mucho respeto. A lo mejor podíamos ser amigos.
Al otro día le contamos a los demás del nuevo vecino.
Bueno, lo hizo Filomena, que no sé cómo llevó a su novio para que lo conociera.
Bosco, que era tan confiado como ella, ya se había hecho su amigo y hablaba de él todo el tiempo.
Nos percatamos de que decía la verdad cuando volvimos al trabajo.
Allí estaba él, sentado detrás de la caja.
Por la noche regresamos con él del trabajo.
Aunque seguí desconfiando y apenas le hablé, Filomena lo presentó a todos en la casa.
A Franco también le pareció buen chico, por lo que no dijo nada.
Según su opinión, era mejor que alguien nos acompañara mientras ellos trabajaban.
Era bueno que un hombre estuviera al tanto de nosotras.
Haría que Bosco fuera a estudiar en la misma escuela que nosotras por lo mismo. Todavía no sabíamos a cuál ir. Las que yo conocía eran todas en extremo costosas y no podíamos pagarlas. En verdad era terrible ser pobre.