¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 68 . ESO NO ME LO CREO
27%

68 . ESO NO ME LO CREO

ALESSANDRO:

Humberto se rió al escucharme y siguió contándome todo lo que había visto mientras seguía a Alessia. La había visto llevar a todos a comprar unos baratísimos teléfonos en una tienda de mala muerte.

—¡Baratísimos! ¿Mi Alessia? ¿Estás seguro de que estás hablando de mi hija y no te equivocaste? —pregunté ahora sin poder creer eso. No la creía capaz de renunciar a la opulencia por propia voluntad—. ¡Tienes que estar equivocado Humberto! ¡Siempre se compró lo más caro del mercado!

Se rió al ver mi cara de sorpresa junto a mi incredulidad. Sacó su teléfono y me lo mostró. Tenía las tomas de seguridad de la tienda. Las obtuvo previendo que yo no le creyera. Ni él mismo lo había creído cuando lo vio. Por eso me aconsejó que la dejara un tiempo más vivir de ese modo en la ciudad.

—Si lo hace, creo que obtendrá el resultado que está buscando —dijo sin dejar de sonreír.

—Que nadie se entere de esto —le pedí sin dejar de sonreír, mirando a mi hermosa hija—. ¿Puedes comprar un apartamento en el mismo edificio y piso de ellos?

—Ya lo hice, mi Capo —No supe ni para qué pregunté. Siempre se adelantaba a mis pensamientos.

—Bien, bien. Entonces ve por Gianpiero, el hijo de Cian, y ponlo a vivir en ese lugar.

Quiero que cuide de Alessia y que se hagan buenos amigos —ordené de inmediato, feliz de saber dónde estaba mi hija—.

No interferiremos en nada de su vida, solo si está en un real peligro.

Nada de ayudarle. Me gusta que esté aprendiendo.

Debí hacer eso hace mucho tiempo. Ahora vamos, quiero verla personalmente.

Nos montamos en un auto discreto, disfrazados, y condujimos hasta frente al edificio.

Nos detuvimos a cierta distancia. Luego de una hora vimos a Alessia salir sonriendo con Filomena, Bosco y Ray.

Los seguimos sin que se dieran cuenta hasta ver que se introdujeron en un pequeño restaurante.

Los chicos se fueron y ellas se quedaron.

No pude creer lo que vieron mis ojos cuando nos acercamos: ¡mi hija estaba trabajando de camarera en ese lugar!

—Eso debe haber sido hoy, mi Capo —susurró Humberto, que también estaba sorprendido.

—Está bien, coloca hombres de custodios. O mejor compra el edificio y el restaurante —ordené respirando gordo—. ¿Ya le avisaste a Gianpiero? No le digas quién es Alessia, solo que necesito que se haga amigo de ellos y la cuide. Ponlo a trabajar de cajero ahí.

—De acuerdo, mi Capo —dijo mirando a Alessia con una bandeja en la mano que casi se le cayó—. Velaré yo mismo por ella.

—No, Alessia te conoce muy bien —me negué. Creí que ese castigo era muy bueno. Ella estaba aprendiendo lo que era la vida de verdad—. Busquemos a alguien que ella no conozca, ¿de acuerdo?

—Sí, tengo los indicados —contestó de inmediato.

—¡No le digas a nadie que es mi hija! —Ordené. Algo tenía que salir bien de ese castigo—. Que eviten que los maltraten, solo eso. Quiero ver si es capaz de desenvolverse en este cruel mundo. Me traes todos los días las grabaciones de las cámaras de seguridad, y pon en su apartamento también.

Todavía nos quedamos un tiempo más mirándola.

Alessia, ajena, trabajaba junto a Filomena.

Se veían muy torpes y les gritaba a cada rato el responsable.

Por momentos quise ir a romperle la cara al tipo, pero me aguanté.

Al fin decidí irme, porque si seguía mirando, entraría y mataría al infeliz que se atrevía a insultar a mi preciosa hija.

Me fui a hablar con Gianpiero personalmente. El chico estaba muy emocionado. Quería asegurarme de que lo que me dijo Rufo era verdad. Lo inspeccioné en cuanto me abrió la puerta. Era un joven alto, bien formado, educado, muy bien parecido y que seguro volvía loca a todas las jóvenes a su alrededor.

—¿Mi Capo? —se asombró al verme en la puerta.

—¿Puedo pasar? —pregunté mirando alrededor.

De inmediato nos dejó entrar. No era que no supiera quién era yo.

Pero por ser joven jamás había participado en las cosas de su padre.

Y verme delante de él lo llenó de emoción.

Desde que Cian le dijo que había llamado expresamente solicitándolo, tomó todas sus cosas y voló el mismo día a Roma.

No había salido, esperando por mí. Ese era el mayor anhelo de todos los jóvenes en Milán: ser elegidos por el Capo di tutti i capi.

Por eso no sabía cómo comportarse, y permaneció de pie delante de mí.

—Gian, la misión que te voy a encomendar es muy importante. ¿Estás dispuesto a realizarla con la mayor profesionalidad y discreción? —pregunté seriamente.

—¡Claro, mi Capo! Ordene y lo obedeceré —respondió con firmeza.

—Bien, bien —lo observé atentamente.

Caminé a su alrededor y de pronto le lancé un fuerte puñetazo. Gian esquivó con gran agilidad. Ambos nos reímos complacidos. Era verdad lo que dijo su padre, estaba muy bien entrenado.

—¡Bravo! ¡Muy buenos reflejos! ¡Perfecto! —Lo elogié satisfecho—. ¿Sabes disparar?

—Desde que tengo uso de razón —respondió serio Gian—. Soy muy bueno en eso.

Seguí observando al que casi consideraba mi futuro yerno. Aunque la idea todavía no me llegaba a cuadrar, tenía que hacerlo. Humberto, al verme, se dio cuenta de que en ese momento había empezado a dudar y se adelantó.

—Gian, para esta misión necesitamos una persona que no tenga ataduras. Por eso dinos ahora: ¿tienes a alguien que te vaya a estar llamando o buscando, que pueda poner en riesgo esto? —preguntó directo.

—No, no señor —respondió firme—. No tengo a nadie. No le niego que anduve con mujeres, pero nada serio.

—¿Eso quiere decir que no tienes novia ni estás enamorado? —intervine de inmediato.

—¡Exacto, mi Capo! —Contestó mirándome fijamente—. Todavía no ha aparecido la mujer que me remueva el alma.

Guardé silencio sin dejar de mirarlo. Era un gran chico.

Por su imagen casi podía dedicarse al modelaje.

No sabía si eso era bueno o malo. No quería que mi hija sufriera.

Apreté las mandíbulas sintiendo que estaba tragando una medicina amarga.

Y le pedí que recogiera todo, porque en ese momento se iría a vivir en un edificio al lado de un apartamento en el que vivían cuatro jóvenes.

—Tienes que hacerte amigo de ellos —le ordené y me detuve—. Recuerda, no eres rico, sino más bien pobre y necesitas trabajo. Hemos arreglado para que lo hagas junto a ellos de cajero en un pequeño restaurante.

—Como ordene, mi Capo —respondió a todo lo que le dije.

—Hay dos chicas que se llaman Alexcía y Filomena.

Quiero que veles por ellas, sobre todo por Alexcía, que no tiene novio —me detuve, queriendo detenerme.

¿En serio le estaba entregando mi hija a ese chico?

Pero recordé lo que me dijo Rufo y proseguí—.

No quiero que se le acerque otro joven que no seas tú, ¿capisci?

—¿Qué quiere decir, mi Capo? —Me miró muy serio.

—Lo que entendiste. Pero no te propases.

Solo quédate a su lado. Cualquier cosa, avisas a Humberto —estaba a punto de detener todo—.

Franco es un buen amigo suyo, pero es muy orgulloso para pedir ayuda.

Tiene grandes enemigos y necesitamos saber quiénes son.

Tú eres el encargado de averiguarlo, por eso tienes que ganarte la confianza de los jóvenes. No digas que eres de Milán.

—De acuerdo, mi Capo. No le fallaré —respondió de nuevo.