¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 67 . LA ENCONTRAMOS
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67 . LA ENCONTRAMOS

ALESSANDRO:

Humberto llevaba unos días buscando en Roma.

Lo hacía personalmente sin involucrar a nadie más y les había seguido sin problemas la pista.

Supuso que con el historial de Franco, que al fin creía saber quién era, buscaría ser un guardia de seguridad, y creó una alerta en todas las agencias.

Por uno que tenía una, supo que los habían contratado en una pequeña empresa y le dio su dirección. No descansó hasta dar con ellos.

—Mi Capo, ¿puedo pasar? —preguntó tocando la puerta de la oficina de mi empresa.

—Sí, pasa, pasa. ¿Los encontraste? —pregunté sin poder contenerme.

Asintió con una gran sonrisa, colocando varias fotos encima de mi buró mientras me explicaba que estaban viviendo en Testaccio, en un apartamento que alquilaron en esa zona de apartamentos para los refugiados.

Ya los había dejado muy bien custodiados para que nada les pasara.

El otro chico que mencionara antes y que no conocía se llamaba Bosco, el novio de la hija mayor que se llamaba Filomena.

—Disculpe jefe, ¿cómo logró hacer pasar a Alessia por la hija del hermano de Franco? —preguntó Humberto sentándose frente a mí.

Le conté que fue pura casualidad. Cuando iba con Alessia en el auto la noche que me la llevé, casi delante de mí vi cómo mataron a una pareja.

Escuché todo lo que hablaron los maleantes.

Luego investigué bien y supe que Franco no veía a la niña desde los cinco años y que era una excelente persona.

Y como vivía en Sutera, se me ocurrió mandar a Alessia para que viera la vida de los verdaderos pobres que no tenían nada.

—Si llego a saber que lo conocías, hubiera sido más fácil —dije sin dejar de ver a mi hija en las fotos. Estaba más delgada—. No le hubiese mentido.

—¿Y la verdadera sobrina de Franco dónde está? —preguntó Humberto con curiosidad.

Levanté la cabeza para mirarlo fijamente.

Aunque me habían fallado con el cuidado de mi hija, era un gran hombre y confiaba en él.

Le conté que tenía a la verdadera chica recluida en el hospital de Rufo.

La había encontrado tirada en la calle toda ensangrentada esa misma noche, antes de llegar a donde estaban los maleantes.

Al parecer iba con sus padres cuando tuvieron el accidente.

Ella se había escapado antes de que llegaran los otros.

Cuando supe de quién se trataba, por un momento había pensado llevarla así mismo con Franco y hacer pasar a Alessia por una amiga. Pero estaba en tan malas condiciones que no creí que fuera buena idea. La mandé para el hospital y todavía seguía inconsciente.

—Por eso llevé a Alessia en su lugar. Sabía que si la llevaba conmigo para Sutera moriría —seguí explicando y le mostré la foto de la joven en mi teléfono—.

Observa, esa chica se parece muchísimo a mi hija.

Rufo cree que le hicieron cirugía plástica para que se le pareciera.

A lo mejor era una admiradora y quiso parecérsele.

—Mi Capo, este asunto es muy serio. Tenemos que hablar con Franco lo antes posible —sugirió de pronto Humberto—. Eso que acaba de decir es muy grave. ¿Quién va a querer imitar a la señorita Alessia y por qué? ¿No le parece? ¿Está seguro de que fue casualidad lo que pasó?

—¿Tú también crees que me hicieron una trampa para que abandonara a Alessia? Rufo, después de ver a la chica que hasta el cabello rojo tiene, lo sospecha —dije pensativo mirando la foto. Podía pasar por gemela de Alessia.

Humberto la observó también. No sabía si era eso, pero casi estaba seguro de que algo tramaban con esa chica y mi hija Alessia. Lo que no sabía era cómo entraba Franco en ese lío, pero cuando hablara con él lo sabría.

—Que yo sepa, si es quien yo creo, no tenía una familia muy grande. Tampoco era adinerado. Lo que se ganó lo hizo por sus propios medios y esfuerzos —siguió diciendo sin dejar de mirar las fotos de Alessia y la otra.

—Humberto, el día en que me llevé a Alessia, nadie me vio salir.

Hice todo solo. ¿Cómo iban a saber que pasaría por allí a la hora del accidente, que ni yo mismo sabía?

—Negué con la cabeza—. Es una ruta que evade todas las cámaras de seguridad.

¡Tendríamos que tener un espía en el cuerpo élite, y ni así! ¿Tú supiste cuando me fui?

—No, mi Capo. Ninguno de nosotros, que somos sus guardias de seguridad, nos percatamos —contestó frunciendo el ceño—. ¿Por dónde salió de la casa?

—Es un secreto que solo Rufo y yo sabemos —contesté pensativo—. Mi hermano jamás me traicionaría, lo sabes.

Asintió de inmediato. Pero insistía en que algo se nos estaba escapando. A lo mejor no tenía que ver con lo que pasó ese día del secuestro. Quizás era otro plan macabro en contra de Alessia y de mí.

—Además, me enteré de algo que no es nada bueno.

Esos tipos que mataron al hermano de Franco van a ir por él y su familia.

Están relacionados con los dragones de fuego —lo miré ahora muy preocupado—.

Y no solo eso, les mataron ya a toda su familia, según supe, y por eso se escondía en Sutera. El motivo no tengo ni idea.

Presté toda mi atención a lo que me informaba Humberto.

Había investigado a Franco, pero no tan profundamente.

Siguió diciendo que no había podido encontrar a la familia Moret por ningún lado.

Parecía que era verdad que los exterminaron.

Tampoco sabía en qué parte de Italia lo hicieron.

No encontró rastros de ese asesinato en ningún lado.

—Solo quedan él, su primo Ray que crió —siguió informando—. Luego tuvo a su hija Filomena con su esposa Annette, y ahora Alessia, que cree que es suya. No entendí bien por qué.

—Franco cree que Alessia es su hija de verdad, no su sobrina —dije pensativo.

—Puede ser verdad. Porque supe que hasta la inscribió, le puso Alexcía. ¿Qué hacemos ahora? —preguntó expectante—. Es tremendo hombre, mi Capo. Si es quien yo creo, no se imagina lo que le debemos.

Humberto pasó una mano por su frente sudada.

No quería hablar todavía hasta estar seguro de si era el hombre de quien hablaba.

Se había vuelto ahora muy cauteloso después de lo que pasó con Alessia.

Estaba convencido de que no podía volver a dar un paso en falso, o le retiraría la confianza que le tenía desde que éramos jóvenes y lo conocí de casualidad.

Me había quedado muy impresionado por las grandes habilidades que poseía. Luego, al enterarme de quién era, le pedí que trabajara para mí en cuanto cumpliera su tiempo en el ejército.

—¿Qué quieres decir? —Lo miré fijamente.

—Deje que verifique primero si tengo razón —me pidió. Aunque casi estaba seguro de que lo había reconocido bien, no podía arriesgarse—. Han pasado más de veinticinco años desde que dejé de verlo.

—Está bien, haz eso —estuve de acuerdo—. ¿Podemos contratarlos nosotros?

—¿Para qué, mi Capo? ¿No quiere darle una lección a su hija?

Si los contrato, tarde o temprano la señorita nos verá y su plan se irá al traste —me advirtió cuando comprendió lo que quería—.

Me enteré de que el hombre que les iba a vender una casa, al parecer los iba a estafar.

Ya sabe cómo es eso. Pero la señorita Alessia no dejó que lo hiciera.

Lo enfrentó como una fiera e impidió que compraran la casa.

—¿De veras? ¿Mi Alessia hizo eso? —pregunté realmente feliz de saber que mi hija al fin estaba aprendiendo la lección y reaccionando a ella—. ¿No me estás endulzando el oído para que la perdone?