66 . DECIDIDO A TODO
FRANCO:
Escuchaba el alboroto de mi hija Filomena sintiendo algo de pena.
La había hecho vivir en las peores condiciones en Sutera.
Jamás la dejé salir ni la llevé a la ciudad por miedo a que me reconocieran y le hicieran daño.
Pude irme a otro país y dejar todo atrás, pero la muerte sin resolver de toda mi familia me tenía aferrado a Italia. Tenía que saber.
—Tienes razón, Filo, y la renta no es tan cara.
Bosco y Ray tendrán que dormir en una habitación y ustedes en otra —Annette dirigía las cosas mientras hacía un recorrido—.
No está mal. Ahora vamos a ver qué podemos cocinar.
Bueno, no mucho, no hay nada. Alexcía, hija, ¿sabes si hay un lugar donde ir a comer cerca o algún mercado?
No conozco esta zona de Roma, ¿o tú, Ray?
—Lo siento, tía, no tengo ni idea —dijo Alexcía, complacida de ver cómo todos pedían su opinión, sintiéndose importante, más segura de sí misma—.
Tampoco conozco esta zona de Roma, nunca antes vine, pero no se preocupe, lo averiguaremos en este mismo instante.
—Y se puso a buscar en la guía telefónica.
—Deja eso, prima, mejor hoy comemos pizza —dijo Ray—. Vamos, Bosco, compraremos unas. Vi una pizzería cuando veníamos.
Me puse de pie y salí al balcón en busca de sospechosos. Decidí ir con los chicos para realizar un recorrido de reconocimiento. Teníamos que conocer todas las vías de escape. Ya mis enemigos sabían que había regresado a Roma. Y esa vez no me iría hasta que conociera toda la verdad.
Bosco me seguía en silencio, al igual que Ray. A ambos los había entrenado desde niños y con solo mirarme sabían lo que quería hacer. Esa parte de la ciudad, aunque parecía tranquila, me ponía nervioso. Las largas calles que me eran desconocidas ahora me resultaban inquietantes.
—Espero que sepas dónde queda, Ray —murmuró Bosco mientras observaba todo a su alrededor con el entrecejo ligeramente fruncido.
—Tranquilo, amigo, confía en mí, nos tomará menos de diez minutos —respondió Ray con una sonrisa torcida y un brillo travieso en los ojos.
Ese chico en realidad había crecido hasta convertirse en un hombre fornido. Iba en jeans y una camiseta demasiado ajustada para mi gusto, como si quisiera destacar incluso en un barrio donde nadie nos conocía aún.
—Tienes que cambiar la forma de vestir —dije muy serio—. Tenemos que pasar desapercibidos.
—Tío, estoy a la moda de Roma. Ustedes son los que tienen que cambiar la forma de vestir para pasar desapercibidos —contestó Ray—. A leguas se puede decir que vinieron del campo.
Miré a las personas que pasaban a nuestro lado y me di cuenta de que tenía razón.
Nos miraban como si hubiéramos venido de otro planeta.
Mañana lo haríamos. Ese día era demasiado tarde.
Seguí revisando todas las calles que rodeaban el edificio en que vivíamos ahora.
Estaba muy bien ubicado y daba margen a escabullirnos.
Aunque por más que trataba de asegurarme de que nada pasaba, sentía que cada movimiento que hacía nos ponía al borde de ese peligro que me había acorralado todos esos años.
Me pasé una mano por la mandíbula, sintiendo el ligero rastro de una barba que ya mostraba hebras plateadas, testimonio del desgaste de tantas noches sin sueño.
—Llegamos —anunció Ray.
—Yo espero aquí afuera —les dije—. Compren suficiente y no olviden las bebidas.
—De acuerdo, tío, no demoraremos —dijo Ray mientras se adentraba en el lugar junto a Bosco.
Me coloqué en la sombra de una columna, escudriñando todo el lugar.
No era un barrio malo, reconocí. Alexcía había escogido bien.
Sobre todo me percaté de que había muchas personas extranjeras.
Parecía un barrio de emigrantes y eso me tranquilizó un poco.
Dentro de esa gente podíamos camuflarnos muy bien.
No sería para siempre. Cuando descubriera todo y eliminara a mis enemigos, podría darles a mis hijas y a mi esposa la vida que se merecían.
—Listo, tío —dijo Ray viniendo a mi encuentro junto a Bosco, con las manos llenas de bolsas—. Y averiguamos dónde está el mercado más cercano y las tiendas para comprar ropa.
—Eso es bueno, regresemos —dije tomando una de las bolsas—. Recuerden que mañana tenemos que iniciar a trabajar. Seguro nos dan uniformes, así que no tenemos que gastar dinero en eso.
Ambos me siguieron en silencio. Eran buenos chicos, pero sobre todo me obedecían ciegamente.
La brisa nocturna hizo que me relajara un poco.
Tantos años viviendo en Sutera me habían hecho olvidar lo deslumbrante que podían ser las ciudades.
Las luces de los postes iluminaban las calles, aunque pude percatarme de que muchas habían dejado de funcionar, sobre todo aquellas de las callejuelas que recorrimos antes.
Al llegar al apartamento en la segunda planta, vi a Annette parada en el balcón.
Le hice una seña con la mano de que todo estaba bien.
Al entrar, el comedor ya estaba organizado.
Alexcía estaba sentada en el sofá y hojeaba una pila de viejas revistas, mientras Filomena no dejaba de revisar todos los estantes en la cocina, asombrada con cada cosa que veía como si fuera un gran tesoro.
—Vengan a comer —dije colocando las bolsas encima de la mesa—. ¿Así que tenía en verdad de todo esta casa?
En verdad había sido una buena idea. Pude ver que tenía todo lo necesario: platos, cubiertos, vasos. Suspiré aliviado mientras me quitaba mi chaqueta de cuero. Mi esposa me miró fijamente y asentí. El perímetro era seguro, podíamos descansar tranquilos esa noche.
—Franco, ¿es muy lejos donde tienen que trabajar mañana? —preguntó con suavidad mientras sacaba las cosas de las bolsas.
—Todavía no lo sé —contesté mientras iba a lavarme—. Mañana te digo.
—No se preocupe, mi suegra —dijo Bosco desde el marco de la puerta—. Con el auto que nos dieron será pan comido. Ahora vamos a comer, estoy que me como una vaca entera.
Todos nos reímos de su comentario. Annette se apresuró a servir, ayudada por Filomena y Alexcía, que servía más calmada las bebidas.
Parecía ahora más tranquila. Aquella niña asustada había desaparecido.
Pero me preocupaba mucho. Sabía que no había superado su trauma, solo lo escondía.
Ahora que sabía que me perseguían en Roma y que querían atrapar a ambas, mi preocupación creció. Si algo llegara a pasarles...
—Basta de bromas —declaré al cabo de unos segundos, imponiendo mi acostumbrada seriedad—. Cenemos y descansemos. Mañana marcará el inicio de una nueva vida.
Por un momento guardaron silencio. Pero mientras repartían las rebanadas de pizza, tomé la botella de vino que habían comprado y me serví un vaso.
No podía estar tranquilo. Mi mente formaba planes de supervivencia a gran velocidad.
Lo primero debía ser contactar con mi mejor amigo.
Él me había prometido ayudarme. La última información que tuve fue que estaba trabajando para un poderoso hombre aquí en Roma.
Lo necesitaba. Lo que se avecinaba no sería fácil, pero no podía permitirme flaquear. Esta vez iba a llegar hasta el final. Por mi familia. Y por todos los que no lograron sobrevivir.