65 . ES UNA TRAMPA
ALESSIA:
Llegamos al piso del abogado y escuchamos voces. Estaba hablando con su secretaria a gritos. Nos acercamos sigilosamente hasta escondernos detrás de una columna. Podía ver que a Franco no le había gustado que lo desobedeciera. Pero ya estaba allí.
—Te digo que es Rinaldi —se escuchaba con claridad—. Cayó en la trampa del apartamento. No tiene ni idea de que no soy el viejo abogado de su hermano.
—¿Y cuál de las dos chicas es la que quieren? —preguntó la secretaria.
—No estoy seguro, las atraparemos a las dos.
Después les revisaremos el cuerpo. La verdadera debe tener el tatuaje.
De seguro ahora van a ir a ver la casa y se quedarán allá —siguió explicando el hombre—.
Eso que dijeron debe ser mentira, ellos vinieron huyendo.
No deben tener ni dinero ni dónde quedarse. ¿Cómo van a regresar a Sutera?
—¿Aviso al jefe? —preguntó ella.
—Deja, lo haré yo. En lo que ellos van y encuentran el lugar se van a demorar mucho. Nos da tiempo a atraparlos. Ahorita es de noche, todo será más fácil —contestó el falso abogado—. Los atraparemos esta vez.
Al escuchar claramente que querían atraparnos, Franco me hizo señas para que bajara rápido. Al llegar al auto donde nos esperaban los demás, me detuvo.
—Hija, ¿sabes cuál es la condición más valiosa de un soldado? —Lo miré sin entender por qué me preguntaba eso—. Obedecer las órdenes. No vuelvas a hacer eso, tienes que obedecerme como tu padre que soy. Tengo que cuidarte. ¿De acuerdo?
Asentí, sabiendo que era verdad. Papá y todos vivían diciéndome eso, pero nunca lo hice. Ahora debía obedecer. Estábamos solos. "Alessia, deja de cometer errores y aprende."
Nos dirigimos al apartamento a toda velocidad. Esta vez era Franco quien conducía con gran profesionalidad. Era un edificio moderno. Subimos en el elevador hasta el cuarto piso. Abrí la puerta y prendí las luces. No estaba mal.
—¡Vaya, el tío Ronaldo sí sabía vivir bien! —exclamó Filomena.
No era gran cosa a mi parecer, pero al menos tenía todos los electrodomésticos básicos y también tres habitaciones.
Mientras lo recorría, no dejaba de pensar en lo que me había dicho Franco: obedecer las órdenes.
Si las hubiera obedecido, no me hubiese escapado de mis guardias de seguridad aquella noche y no estaría pasando por todo esto.
—¿Por qué lo vamos a vender papá? Está muy bueno —preguntó Filomena.
—Porque nadie debe saber que nos encontramos en Roma y ese abogado no es de fiar. Guardaba esto para atraernos —se giró hacia mí—. ¿Alexcía, o tú Ray, saben de otro lugar que podamos alquilar?
—Sí, padre, enseguida encuentro otro —contesté de inmediato, buscando en mi teléfono.
Aunque no sabía quién era Rinaldi, estaba sintiendo la misma urgencia de Franco después de lo que escuchamos.
—Debemos irnos ya, no debimos venir, padre —me acerqué a él y le susurré—. Es una trampa.
—Bajen —nos ordenó Franco—. Necesito encontrar algo. Ray, aléjate del edificio lo más que puedas con el auto y espérenme.
Esta vez obedecí sin chistar. Bajamos corriendo y nos montamos en el auto que Ray condujo lejos de la entrada del edificio, mientras miramos desde lejos todo lo que sucedía.
FRANCO:
Me gustó ver que mi hija estaba aprendiendo. Era muy buena en todo lo que hacía. Mientras pensaba, junto a Annette registramos todo el apartamento, hasta que al fin levanté una losa debajo de la cama y extraje una caja.
—Sabía que mi hermano había dejado algo —dije observando su contenido—. Esa llave se la di yo cuando salí del ejército. Era nuestro modo de saber que había algo guardado. Vamos ahora.
Al bajar, vimos al señor que cuidaba el edificio. Me acerqué y le dije que acabábamos de vender el apartamento. Le pagué al hombre para que, si alguien le preguntaba por nosotros, dijera que nos fuimos para Citanova. Junto a Annette, me escondí en un sitio desde donde podía ver lo que sucedía.
No habíamos acabado de hacerlo cuando vimos un auto negro lleno de hombres que bajaron y subieron hasta mi casa. Luego regresaron a hablar con el custodio. Los escuché gritar al no poder averiguar nada.
—¡Maldición, debiste avisarnos en cuanto te llamaron! —Le gritó un hombre de edad al que hizo de abogado.
—Pensé que se iban a quedar hoy en el apartamento —contestó aquel—. ¡Acaban de llegar de Sutera, no deben tener dónde vivir!
—¿Y estás seguro de que eran ellos? —preguntó el hombre.
—Sí, era Rinaldi con su familia —contestó con seguridad—. Pude ver el nacimiento del cabello rojo en una de las chicas. Son ellos, los conozco muy bien.
—¡Todo lo has hecho mal! ¿Para dónde dijeron que se iban? —Lo interrogó furioso.
Ese tipo me parecía que lo conocía, pero no recordaba de dónde. Miré a Annette, que negó con la cabeza.
—Señor…, señor… —llamaron al custodio que le pagué antes—. ¿Escuchó por casualidad algo de la familia que vino a ver el piso?
—Sí, lo vendieron y se fueron después de recibir el pago —contestó con seguridad lo que le había dicho—. Creo que dijeron que regresaban a su casa.
—¿A Sutera?
—No sé qué decirle, creo que dijeron Citanova —dijo el hombre con tranquilidad y agregó—. Pero no estuvieron ni diez minutos, enseguida se fueron.
—¿Y ahora cómo los vamos a encontrar? ¡¿Qué demonios están haciendo?! —Vociferó un joven rubio que parecía ser el jefe.
Los observamos un rato más y luego nos escabullimos.
Nos montamos en el auto y nos dirigimos a donde Alessia ya había encontrado un mejor apartamento para alquilar en un periódico.
Era mucho mejor que el anterior. Ella acostumbraba a trabajar con su abuela Camil y conocía lugares en los que los apartamentos eran más baratos y destinados para los refugiados.
En ese momento estaba realmente agradecida de que su abuela la hubiera obligado a ayudarla en esas cosas. Porque por ese conocimiento adquirido, ahora pudo ayudar a su nueva familia.
—¡Este es mucho mejor que el otro! —dijo Filomena recorriendo el lugar emocionada—. ¡Tiene de todo! ¡Bravo mi hermana, ahora entiendo la cara que pusiste cuando viste la primera casa! Ja, ja, ja…, ¡y yo que creía que era muy buena! ¡Era muy mala! Lo que es no saber, ja, ja, ja…
Todos reímos y nos relajamos un poco, tomando aliento.
Estuvimos cerca de ser atrapados por mis enemigos.
¿Quién era el que estaba moviendo los hilos detrás de esa persecución?
¿Cómo me reconocieron en cuanto pisé Roma?
¿Y por qué estaban buscando a Alexcía? Sabía que tenía un dragón dorado tatuado en su espalda. ¿En qué diablos la metió Ronaldo?