¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 64 . NO ES UN ABOGADO
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64 . NO ES UN ABOGADO

ALESSIA:

Se hizo un silencio en que ese extraño abogado siguió sacando papeles de una gaveta.

Me quedé pensativa. A lo mejor papá se topó con el accidente y recuperó a la hija de Franco.

Quizás hasta estaba viva. Pero mejor no decía nada.

Cuando lo viera le preguntaría qué pasó con Alexcía.

Si tan solo estuviera viva, ellos no sufrirían tanto cuando supieran la verdad.

—Muchas gracias —dijo de nuevo Franco rompiendo el silencio—. Entonces, ¿quiere decir que Alexcía se quedó sin nada y endeudada?

—No es que se quedó sin nada —dijo y presté atención—. Aunque es cierto eso último que dijo. Las deudas de sus padres siguen vigentes. Estoy seguro de que irán detrás de ella cuando se enteren de que regresó a Roma.

Se detuvo mirándome fijamente. Creí que se había percatado de que yo no era la verdadera Alexcía. No se me escapó que estaba nervioso. Su frente le sudaba y movía los ojos de un lado a otro. Sobre todo, el papel en su mano parecía que le dolía desprenderse de él. Ese tipo era sospechoso.

—Sin embargo, esto que tengo aquí es la propiedad de un apartamento que creo había comprado Ronaldo hace mucho tiempo —al fin habló mostrando los papeles nerviosamente—.

Ni siquiera Eleonora tenía conocimiento de él.

Está a su nombre Franco y me lo dio a mí.

Por eso los prestamistas no pudieron apoderarse de él, porque es suyo.

Y le alargó la propiedad del lugar, así como las llaves del mismo.

Franco lo tomó y se quedó en silencio. Nos dijo por lo bajo que conocía muy bien el apartamento.

Era suyo de cuando abandonó a su familia.

Por eso ahora estaba seguro de que ese señor no sabía nada y pretendía engañarlos con algo. Quería saber qué era.

—¿Me puede decir a cuánto asciende la deuda de mi hermano? —preguntó muy serio Franco.

—¿Para qué, señor Franco? —Me asombré al escucharlo—. Mejor toman eso y desaparecen. En el lugar donde está no es malo, pueden sacarle unos cuantos miles e irse a vivir a otra ciudad.

—Solo quiero saber ese detalle, y ¿a quién se lo debe? —Insistió Franco, que observó con detenimiento las llaves del llavero. Había una que reconoció.

Entendí su pensamiento. Para que su hermano dejara fuera de todas las deudas ese apartamento, debió haber dejado algo, quizás una señal o información.

Mientras le presté atención a lo que decía el extraño abogado, que se me hacía más sospechoso cada vez.

Sobre todo porque no tenía ni idea de que ese apartamento lo compró Franco.

Además se movía nerviosamente y me observaba fijamente con una leve sonrisa.

Hasta me pareció que estaba satisfecho, como si hubiera dado con lo que buscaba. Estaba segura de que algo tramaba.

—Señor, usted no los conoce. Son gente muy peligrosa que pueden hacerle mucho daño a su familia. Lo mejor es que no se enteren de que ella regresó —dijo sonriendo ahora abiertamente sin dejar de mirarme.

—Necesito saber a qué atenerme. Solo dígame lo que le pido, no quiero que me tomen por sorpresa —insistió Franco.

Entendí su pensamiento. A lo mejor podía empezar por ellos a buscar a los asesinos de su hermano. Era una táctica que utilizaba papá: seguir la huella del dinero, y él te llevará a los asesinos.

—De acuerdo, le daré todas las informaciones más tarde —aceptó con una pequeña mueca que no se me escapó—. ¿Dígame ahora dónde puedo localizarlos? ¿Dónde se hospedan? En cuanto le averigüe esas cosas, lo llamaré y se lo diré.

—Tenemos su número de teléfono —dijo Franco—. Yo lo llamaré.

Estaba muy preocupada. Ese abogado me parecía muy sospechoso.

La manera en que insistía en tapar un tatuaje que tenía en una mano con la otra, o con la manga de la camisa, no se me escapó.

¿Sería un dragón? Además, si en verdad era el abogado de Ronaldo y Eleonora, ¿cómo no iba a conocer bien a la hija de sus clientes, y a cuánto ascendía la deuda, así como a sus deudores?

Si pudiera contactar con mi tía Lucy, lo mandaría a investigar. Además, ¿por qué no sabía que el apartamento lo compró Franco? Incluso hasta me pareció que no era abogado.

—Mejor díganme dónde se quedarán y yo los contactaré —insistió el abogado en saber dónde estábamos.

—Lo podemos llamar a su teléfono si lo necesitamos —respondí muy seria, sin salir de debajo del brazo de mi ahora padre, que no me había soltado.

—De acuerdo, señorita Alexcía. Sí que has crecido —dijo sin dejar de mirarme—. ¿Tu cabello no era rojo?

—¡No! Mi cabello es negro —contesté, y cada vez me parecía más que aquello era una trampa para atraparme y que debía ser un enemigo de papá. Tomé las escrituras de propiedad de las manos de Franco—. ¿Entonces usted dice que no saben de esta propiedad? ¿Puede, padre, venderla hoy mismo?

—¿Venderla? —preguntó asombrado.

Lo observé. Ese hombre ahora sudaba a mares. No era para nada un abogado, y creí que acababa de ver un dragón en su mano. Lo miré fijamente mientras vi cómo Franco le hacía una seña con la cabeza a Ray, que asintió.

—¿No acabó de decir que eso era lo mejor? —Lo increpé.

—Sí, sí, puedo ayudar a venderlo si es lo que quieren. Tengo conocidos que se la comprarían —contestó sin mantener mi mirada—. Pero vender una casa lleva mucho tiempo, por eso díganme dónde se hospedan.

—No hace falta —dijo Franco. Sabía que quería irse ya. Como a mí, no le gustaba cómo el tipo miraba su reloj y la puerta. Intercambió una mirada con Annette—. Ya tenemos un comprador. En cuanto la vendamos regresaremos a nuestra casa.

—Ya veo, ¿regresan a Sutera? —preguntó enseguida.

Todo me resultó demasiado extraño. No podía ser obra de papá.

Nunca pondría a un inepto como ese a hacer ese papel de abogado.

Debía ser un enemigo. Quizás vinieron siguiéndonos desde Sutera.

Teníamos que irnos lo antes posible. Sospeché que era una trampa.

Y vi que Franco y Annette sospechaban lo mismo por cómo avanzaron hacia la puerta.

—¿A dónde más vamos a ir? —Contestó Annette—. Vamos, ya no tenemos que hacer más nada aquí.

—Un momento —nos detuvo poniéndose de pie—. Puedo darles posibles compradores.

—No hace falta —lo cortó fríamente Franco—. Ya tenemos un comprador.

—¿Un comprador? ¿Quién? Perdón, perdón, solo quiero ayudar —se disculpó al ver la mirada de todos fija en él—. Tome señor Franco, ese es el monto de la deuda con sus intereses, lo tenía escrito aquí. Piénselo bien, le digo que no es buena idea enredarse con ellos.

—Muchas gracias —Franco le arrebató el papel y tiró de mí hacia la puerta con decisión.

—Puedo llevarlos a la casa o a donde se hospedan —insistió en querer saber dónde estábamos.

Franco solo le dedicó una mirada que hizo que se encogiera.

¡Qué cobarde! Salimos apresuradamente. No tomamos el elevador.

Le indiqué que bajáramos por las escaleras.

Ese tipo estaba esperando a alguien. Franco nos indicó a todos que lo esperaran en el auto y regresó sigilosamente. Lo seguí sigilosamente.

—Hija —se asustó al sentirme detrás de él. Me hizo una seña de que guardara silencio—. Mantente detrás de mí y no hagas ruido. Ese abogado no me convence.