63 . OTRA NUEVA REALIDAD
ALESSIA:
Miré emocionada a Franco. Jamás pensé que él fuera a decir algo así.
Era la primera vez que intervenía en una negociación de esa índole, y mi ahora padre me había dicho que confiaba en mis conocimientos.
Siempre fueron otros los que hicieron esas cosas.
Nunca me tomaron en serio porque decían que no sabía.
Lo abracé muy emocionada, sintiendo cómo mi confianza subía a pasos agigantados al tener una misión y responsabilidad sobre mis hombros que nunca antes tuve.
—No te vas a arrepentir, padre. ¡Te lo prometo! Cuidaré de todos, no dejaré que los engañen. Confíen en mí —dije, todavía sin creer que él confiaba en mí en un asunto tan importante.
—¡Claro, pequeña! Todos confiamos en ti, sobre todo yo —exclamó Franco, pasando la mano por mi cabeza, algo que también estaba empezando a disfrutar—. Guíanos y haremos lo que creas que es mejor para nuestra familia.
—¡Espere, señor Franco! —se interpuso el hombre al ver que nos perdía—. Les doy un veinticinco por ciento de rebaja si pagan ahora mismo.
—Guárdese sus descuentos —lo rechazó muy serio—. Mi hija dice que no lo vale y le creo. Ya tomamos una decisión, vamos.
Recogimos nuestras cosas y nos montamos en el auto que conducía Ray. Él sabía de un pequeño hotel barato y nos llevó. Al ver lo miserable que era, lo detuve.
—Padre, antes de alquilar nada, ¿por qué no llama a ese abogado que le dijo sobre mis cosas? —sugerí seriamente—. A lo mejor tiene algo donde podamos vivir.
—Es verdad. ¿Me ayudas, hija? Tengo el número de teléfono por aquí —dijo, rebuscando entre sus cosas mientras miraba a Annette.
No se me escapó cómo le guiñó el ojo. Annette lo entendió de inmediato y asintió.
Habían encontrado la manera de que yo reaccionara y saliera de mi tristeza.
Luego supe que no era la primera vez que había visto a su esposo transformar a una persona desvalida en alguien con amor propio, empezando por ella misma.
Cuando la encontró, estaba en pésimas condiciones.
La reclutó en su pelotón y le hizo reconocer cuánto valía como persona.
—Debemos comprar un teléfono móvil, padre. Es una inversión necesaria —volví a decir.
—Es verdad, Franco —me apoyó Ray—. Allí hay una pequeña tienda de ellos. Vamos a comprar uno.
Sin esperar la respuesta de Franco, que seguía buscando el número de teléfono en su billetera, avanzamos hasta detenernos frente a una tienda. Ray, Bosco, Filomena y yo nos bajamos. Luego de examinar todos los teléfonos de muy baja calidad, decidí.
—Este de aquí es el mejor, Alexcía —me enseñó Ray.
—En vez de comprar uno solo por ese valor que dice ahí —señalé el de mejor calidad que estaba en la vitrina—, mejor compramos unos baratos para todos.
Tenemos que poder comunicarnos entre nosotros.
En la ciudad es de vital importancia. Así no le gastaremos mucho dinero a padre, que lo necesitará para la casa.
Había comenzado a apreciar el verdadero valor del dinero.
Nunca en mi vida pensé en el precio de las cosas.
También me di cuenta de que mi nueva familia estaba desprotegida en la gran ciudad y que muchos intentarían aprovecharse de su inocencia y desconocimiento de cómo funcionaba todo.
Aunque no era una experta, sabía un poco más que ellos.
Así que estaba decidida a no dejar que se aprovecharan de nosotros.
No lo iba a permitir. Se portaron muy bien conmigo y no dejaría que nadie abusara.
Nunca en mi vida fui responsable de nadie, pero ahora sentía la obligación de protegerlos del mundo.
Franco confiaba en mí, no lo decepcionaría.
Compré un teléfono para cada uno. Solo necesitaba mantenernos comunicados.
Al regresar al auto, ya Franco encontró el número del abogado.
Llamó, y este le dijo que fuéramos a verlo a su despacho.
Enseguida nos dirigimos allá. Estaba en un buen edificio cerca del centro de Roma.
Vi a lo lejos la empresa de mi familia, pero no dije nada.
No podía aparecer de pronto allí. Estaba segura de que mi padre no me dejaría acercarme.
Tampoco podía delatarme con esa nueva familia ni abandonarlos a su suerte.
—Pasen —nos dijo la secretaria en cuanto nos vio—. Los está esperando.
Nos introdujimos en una elegante oficina. Detrás del buró se levantó un señor que vino y, sin más, me abrazó y besó en las mejillas con demasiada familiaridad, lo que me hizo sentir incómoda. Me alegré cuando Franco me quitó de los brazos del abogado.
—Alessia, qué bien te ves —dijo, algo molesto con la acción de desconfianza de Franco, que no ocultó su malestar por la manera en que me abrazó y besó. Me recordó a papá, que no dejaba que se me acercaran los hombres—. Un poco cambiada, pero muy bien, veo. ¿Cómo has estado?
—Muy bien, gracias —contesté, sin salir de debajo del brazo de Franco—. ¿Me puede decir quién es usted? No recuerdo haberlo conocido nunca. Y mi nombre es Alexcía.
—¿Alexcía? Debo haberme equivocado. ¿Seguro que no eres Alessia?
Soy el abogado de tus padres. No me conocías y yo solo te vi una vez.
Era el que estaba al tanto de todos sus negocios.
Siéntense, por favor —nos dijo a los demás y lo hizo él, mirando a Franco—.
Usted debe ser Franco, el hermano de Ronaldo, ¿verdad?
—Sí, soy yo. Vine a ver eso que dijo por teléfono —respondió Franco secamente.
Pude ver que, como yo, sin saber por qué, no nos gustaba ese abogado.
Todo mi cuerpo me advertía de un peligro, y por el modo en que tensó los puños Franco, a él tampoco.
Ray se colocó delante de Filomena al ver cómo la miraba de arriba a abajo el hombre, como si estuviera evaluando una mercancía.
Bosco, al verlo, la abrazó. No nos sentamos.
Permanecimos de pie, dando a entender que estábamos apurados.
—Muy bien, ahora les explico —comenzó a hablar el abogado al ver que no nos sentábamos—.
Ronaldo y Eleonora pidieron un préstamo para hacer su clínica.
El problema es que no se lo pidieron al banco, sino a unos prestamistas.
Al principio todo iba bien porque pagaron sin falta.
Luego empezaron a tener serios problemas y, al final, se endeudaron hasta perderlo todo. El día que murieron, iban escapando.
—¿Se iban sin Alexcía? —preguntó Franco.
—No sé bien. Todo parece indicar que no la iban a llevar con ellos, y eso hizo que esté a salvo —contestó sin mirarnos a los ojos—. Por eso lo llamé rápido para que la recogiera. Ronaldo me lo había pedido: que, si le pasaba algo, lo llamara urgente.
—Gracias, hizo un buen trabajo encontrándola —dijo Franco, que sabía que él no fue el único responsable.
—Bueno, para ser honesto, yo no la encontré —confesó levantando la cabeza, observándome con el ceño fruncido—.
Alguien me llamó de la policía y me dijo todo.
Se ofreció a llevarla con usted. No estoy seguro si ibas con tus padres, Alessia, o estabas en otro lado.
Porque algunas informaciones dicen que tus cosas estaban en el asiento trasero, pero cuando te buscaron no te encontraron. Entonces no sé…