¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 62 . CONFÍO EN TI
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62 . CONFÍO EN TI

ALESSIA:

Mientras acompañaba a mi nueva familia a buscar el lugar de la casa que pretendían comprar, me di cuenta de que el dispositivo de mi muela parecía estar desactivado, porque no sentía la pequeña descarga eléctrica al apretarlo.

Pensé que era porque estaba demasiado lejos, pero ahora que estaba en Roma, no ocurría nada.

Eso significaba que hasta eso mi padre mandó a hacer, para que mi tía Lucy no pudiera localizarme.

Suspiré, consciente de que solo se podía activar desde mi boca y no sabía cómo hacerlo. No quise aprender las veces que me intentaron enseñar, y ahora me arrepentía de haberme comportado como una malcriada.

Bueno, buscaría un trabajo como mi madre.

En Sutera no pude, pero esto era Roma. Saldría adelante con mi propio esfuerzo, como ella, y le demostraría a mi padre que podía vivir sin su ayuda.

Llegaría a ser alguien y luego iría a pedirle perdón, porque nunca debí decirle aquellas terribles cosas a todos.

Le rogaría que me dejara visitar a mi familia, aunque fuera, sobre todo a mi bisabuelo, que sabía que debía estar sufriendo mucho. ¡Si mi madre pudo, yo también!

Y con ese pensamiento, me dispuse a desafiar al mundo.

Sabía que era inteligente y, aunque nunca participé en negociaciones, trabajos o compras, tenía una idea de cómo se hacía.

Había vivido en la ciudad y tenía un mejor conocimiento de cómo se movía el mundo en la capital.

Por eso decidí ayudar a mi nuevo padre Franco a negociar con el vendedor de la casa, quien quería cobrar de más al ver que no éramos de Roma y que desconocíamos por completo el mercado en esos momentos.

¡No podía permitir que nos estafaran de esa manera!

Así que, decidida, enfrenté al hombre como lo haría mi padre.

—Mire, señor —me coloqué frente a él—. Esta casa no vale lo que está pidiendo, ni que fuera en la zona exclusiva de la ciudad. No le pagaremos eso que pide, ¿capisci?

—Hija… —intentó interrumpirme Franco.

Quiso negociar él, pero al verme tan animada discutiendo con el hombre, me dejó.

Quizás eso era precisamente lo que necesitaba.

Sentirme útil. A pesar de que también sabía que el tipo nos quería estafar, no dijo nada.

Me dejó enfrentar valientemente al hombrecillo, fingiendo no conocer nada de lo que hablaban.

—Padre, deja que me encargue de esto —le pedí, muy segura, mirándolo fijo a los ojos, y eso le gustó—.

Llevo muchos años viviendo en Roma. Sé que esta casa, que no tiene ningún aparato electrodoméstico y está ubicada en este barrio de mala muerte, no vale esa cantidad que menciona el señor. Mejor, vamos a buscar otra.

—Eso es verdad, Franco —intervino Ray—. Vamos a buscar otra, aunque tengamos que quedarnos en un hotel. Lo que pide él no lo vale.

El hombre guardó silencio, muy serio. Cuando lo llamó su conocido, le pidió que nos ayudara a comprar una casa barata y le dijo de dónde veníamos.

Enseguida pensó en aprovechar que no sabíamos los precios de la capital para sacar más dinero.

Por lo general, los campesinos que venían a vivir a Roma no tenían la menor idea de lo que valían las casas.

Sin embargo, podía ver que yo sabía y que Ray también, así que no le sería fácil engañarnos.

Estaba segura porque de las pocas cosas que sabía de la vida real, una era esa. Ayudaba a mi abuela Camil a comprar casas para los necesitados, y aunque nunca las visité, sí conocía el valor del mercado.

—Padre, conozco lugares mejores que este, donde podemos comprar una casa mejor a menor precio.

Vámonos, como dice Ray, a un hotel. También conozco unos baratos —insistí, muy segura de lo que decía, asombrando a Franco, que comenzó a sentir que mi recuperación no era tan complicada.

Solo necesitaba estar en mi elemento, y la ciudad de Roma lo era—.

O vamos a alquilar un apartamento por un mes mientras encontramos una casa mejor que podamos pagar.

Por favor, padre, confía en mí. No te dejes estafar por este señor.

—¡Señorita, que solo le hago un favor porque me lo pidió mi amigo! —gritó el hombre al ver que iba a perder a los clientes por culpa mía, mirándome con desprecio—. ¡Usted se ve que no tiene ni idea de lo que vale el mercado en la capital! Señor, decídase: o compra o salgan ahora mismo.

—Padre, confíe en mí —volví a pedirle a Franco al ver que parecía dudar, queriendo asegurar una casa para nuestra familia.

Sin embargo, pude apreciar que estaba disfrutando de ver el cambio que di.

Era como si en una sola noche me hubiera transformado de un conejito asustado en una valiente mujer que defendía a su familia.

Y no dijo nada. Creía haber encontrado el modo de integrarme a la vida, así que tenía que hacerme sentir que mi opinión era escuchada y valorada.

—Franco —intervino Annette—. ¿Por qué antes de comprar esta casa no vas a ver eso de las propiedades de Alexcía que le dejó tu hermano?

—¡Cierto, padre, vamos a ver eso! —lo apoyé inmediatamente.

—Estoy de acuerdo, papá —dijo Filomena, confiando en mí—. Mi hermana y Ray son los que saben de las cosas de aquí, y si ellos te están diciendo eso, confiemos en ellos.

—Puedo hacerles una rebaja —se apresuró a decir el hombre al ver que nos estaba perdiendo—. Les descontaría un diez por ciento.

—Padre, hágame caso —insistí, mirándolo anhelante, esperando que confiara en mis conocimientos—. Esta casa no vale eso.

Franco se quedó mirándome por un momento, queriendo sonreír feliz. Estaba espantando el miedo que tenía y le estaba pidiendo que confiara en mí. Y eso era precisamente lo que haría. Tenía que demostrarme que confiaba ciegamente en mí, para que me llenara de coraje y me sintiera valorada.

Si lo sabría él. No por gusto se ganó el grado de coronel y la fidelidad de todos sus hombres. A pesar de que le dieron el pelotón que todos los demás descartaron por cobardes e ineptos, logró convertirlos en la élite del ejército. Aplicaría el mismo método conmigo.

Luego observó al hombre con desprecio, que nos mostró los papeles de propiedad, donde tendríamos que abonar todo el dinero que poseíamos y quedar debiendo.

Miró a su esposa Annette, que le negaba con la cabeza, para volver a mirar hacia mí, que me mantuve firme y muy segura de lo que decía, pidiéndole con la mirada que creyera en mí. Le sonreí y asentí.

—Está bien, hija, tú eres la que sabes —aceptó palmeando mi hombro—.

No queremos la casa, señor. Confío en ti, Alexcía.

Si dices que no vale eso y que puedes encontrar algo mejor, pues no se hable más.

Lo haremos como tú digas. Eres la que conoce la ciudad, así que deberás velar por que no nos estafen.

—¿Confías en mí, padre? —Era la primera vez que alguien me decía eso y mi corazón se llenó de una gran emoción—. Gracias, no lo defraudaré.