61 . ELIGIENDO AL NOVIO
ALESSANDRO:
Rufo se quedó mirándome fijamente muy serio.
Pero imaginar que mi adorada hija amara a otro hombre y se alejara de mí me llenó de unos celos y temor que no podía controlar.
Me había puesto de pie con mi arrebato. Él se recostó en su sillón cruzando las piernas, esperando como siempre que se me pasara.
Cuando volví a sentarme, inició diciendo cosas que yo sabía.
Pero él, como siempre, parecía la voz de mi conciencia.
—Alessia tiene veintiún años y no has dejado que ni la besen.
Deja que ella tenga una linda aventura. ¡No voy a volver a quedarme callado con respecto a mi sobrina!
¿Capisci? —Me enfrentó muy serio—. Es una mujer que necesita conocer el amor, antes de que la agarre un maleante y le haga perder la cabeza.
¿Es eso lo que quieres? Recuerda que tiene mucho de su madre, y no creo que se te olviden todas las locuras que hizo Lili.
¿Quieres pasar por lo mismo con tu hija?
No contesté de inmediato. En todos los años que llevábamos viviendo juntos, nunca se guardó nada para él.
Lo dicho, Rufo ponía en palabras lo que escondía muy profundo en mi consciencia.
Lo peor de todo era que tenía razón en todo lo que me decía.
Ese consiglieri mío y hermano del alma era el cable que me mantenía conectado a la realidad.
—Eso es verdad —le di la razón—. No lo había pensado de esa manera. Espera, tengo al chico indicado para ella.
Antes de que Rufo pudiera detenerme, saqué mi teléfono y le marqué al capo Cian, ante la mirada incrédula de él. Lo puse en altavoz para que escuchara también.
—Sí, mi Capo, ¿en qué puedo serle útil? —se escuchó la voz de Cian.
—Necesito que me envíes mañana mismo a tu hijo mayor —le pedí sin demora, ante la mirada incrédula de Rufo.
—Delo por hecho, mi Capo —respondió sin demora—. ¿Puedo preguntar para qué lo necesita?
—Para una misión muy secreta que solo puedo confiar en él —contesté con evasiva—. ¿Lo entrenaste bien?
Mientras escuché al capo Cian decir que su hijo mayor era excelente en todo y muy responsable, vi cómo el semblante de Rufo se relajó un poco y eso me dio un respiro. Cian siguió diciendo que podía ordenarle lo que fuera a su hijo, que lo cumpliría al pie de la letra.
—Si quiere le envío al segundo también —ofreció Cian—. Es tan bueno como su hermano mayor.
—No, solo necesito por ahora al mayor. ¿Cómo se llama? —pregunté.
—Gianpiero, le decimos Gian. Pero puede ponerle el nombre que quiera —Cian era el capo en quien más confiaba después de mi gente de Roma.
Negué de inmediato. Me pareció que el nombre de Gianpiero era genial. Le ordené que lo enviara a un hotel en Roma y me avisara cuando llegara. Estuvo de acuerdo. Sabía que cumpliría muy bien todo lo que le había ordenado. Volvió a asegurar que Gian no me decepcionaría.
—Eso espero Cian. Porque la misión que le tengo es muy importante. No puede haber fallos, así que habla con él. Si cree que no está preparado para sacrificar todo por mí, que no venga —dije muy serio.
—¡¿Qué dice, mi Capo?! ¡No me ofenda! —explotó de inmediato—. Toda mi familia está a su servicio. Ordene y le obedeceremos ciegamente. Si me pide ahora mismo que me meta un tiro en mi cabeza por usted, lo haré. ¡Así es mi hijo!
Colgué sonriente de que todo estuviera saliendo bien.
No era que me gustara mucho la idea de que mi princesa tuviera novio, pero Rufo tenía razón.
Mejor que fuera uno conocido que uno cualquiera.
Primero iría a inspeccionarlo personalmente.
Si era de mi agrado, lo dejaría conocer a Alessia.
Levanté la cabeza al sentir que mi amigo me miraba muy serio.
—¿Qué? —pregunté, aunque sabía lo que iba a decir.
—¿En serio le buscaste un novio a Alessia? —preguntó Rufo—. ¿Estás bien de la cabeza, Ale?
—No le busqué un novio, no es eso —traté de ocultar mis intenciones ante la mirada de reproche e incredulidad de mi amigo—. Está bien. ¡Sí, le busqué un buen chico! No voy a dejar que la atrape cualquiera.
—¿Por qué no puedes confiar en el criterio de Alessia como lo haces con Kenet? ¡Deja que sea ella la que escoja a su novio! ¡Diantres! —Me reí al ver que había perdido su eterna paz—. ¿Qué diablos pasa contigo?
Le di varias palmadas en el hombro sin poder dejar de reír. Me sentí muy feliz al tener a Rufo de vuelta. Fui un estúpido al alejarlo. Nunca antes lo había hecho.
—No te pongas así. De acuerdo, se me fue la mano —reconocí al ver cómo se puso Rufo, al cual consideraba mi conciencia racional—.
Haré esto: solo le voy a poner un buen chico al lado para que la cuide, sin decirle a ninguno de los dos quiénes son en realidad.
¿Qué opinas? Si se enamoran, es su asunto.
Levantó una ceja, lo que me demostró que no me creía.
A él no lo podía engañar, por eso me reí de nuevo.
Sabía que lo hacía por el bien de mi preciosa hija, a la cual él amaba como si fuera suya.
Muchas veces me aconsejó que no hacía bien en tener a Alessia en una bola de cristal sin dejarla experimentar las verdaderas dificultades.
—Te conozco, Ale. A mí no me engañas. Cuídate.
¡No te atrevas a decirle a Gianpiero quién es Alessia!
—Me amenazó muy serio—. Es un gran chico, muy responsable, estudioso y honesto a pesar de ser hijo de Cian.
Lo he estado siguiendo junto a otros jóvenes hijos de buenas familias, mucho antes que tú, con esa misma intención.
Quería tratar de que se conocieran porque estudiaran juntos, o casualmente.
Se lo sugerí a Lilian, por eso se iban a estudiar con ellos a Francia.
—Ya me extrañaba que Lilian hubiera pensado eso —dije más relajado.
Y como era de esperar, pasó a decir que así era como se debían hacer ese tipo de cosas.
Debía dejar que Alessia escogiera sin imponer a nadie.
Volvió a pedirme que por una vez en mi vida dejara que ella decidiera algo.
Sobre todo que entendiera que era la única que iba a saber si era el hombre de su vida o no.
—De acuerdo, no le diré nada a Gian —acepté su sugerencia—. Lo haré como dices, quiero que mi hija sea feliz.
—Muy bien. Es bueno que se lo pongas al lado, tiene increíbles habilidades —lo elogió para mi sorpresa—. De todos los chicos que llevo estudiando y siguiendo de su edad, es el mejor de todos. No te lo dije antes porque sabía que ibas a hacer esto mismo.
—Si lo llegas a traer antes, a lo mejor ya fueron novios y ella no hubiera huido —le reproché.
Me miró de nuevo con su ceja derecha levantada, lo que me hizo reír. Sabía que no me creería, y yo tampoco. Hubiera dicho que Alessia era muy joven para enamorarse. Reconocí que si ahora no hubiera pasado todo esto, no estaría aceptando esa sugerencia.
—No creas que me vas a engañar. Ponle a Gian a su lado, pero no estaré de acuerdo con que la obligues ni que se lo impongas —insistió de nuevo, y supe que lo haría—.
Hay muchos jóvenes que podemos hacer que ella los conozca.
Así que no intervengas. Si se enamoran o se hacen mejores amigos, que sea porque ellos lo decidan.
¿Capisci? ¡Te estaré vigilando de cerca!
—En serio no intervendré —dije riéndome con él—. Pero si se enamora del hijo de Cian, mejor.
—Ale…, te lo advierto —me amenazó de nuevo.
—¡Que no la obligaré a nada te digo! —repetí, pero…