60 . RECUPERANDO A MI GENTE
ALESSANDRO:
Kenet no insistió. Sabía que no iba a lograr nada más. También, porque estaba consciente de que tenía razón en todo lo que había dicho. Botó todo su aire y salimos del despacho. La fiesta se desarrolló sin problemas. Hasta bailé con Lily, que me abrazó y besó emocionada.
—Sé que sigues molesto Ale, pero necesito que duermas conmigo, sabes por qué. No sé si pueda seguir sin ti amor —me pidió casi en un susurro.
—De acuerdo, lo haré a partir de hoy. Pero tienes prohibido mencionar a tu hija ni preguntarme nada sobre ella —le exigí, comprendiendo que tenía que hacerlo—. Por el momento tenemos un solo hijo, Kenet.
Lilian tragó en seco, con un nudo en la garganta, pero no protestó y asintió. No le quedaba más solución. Sabía que no iba a dar mi brazo a torcer. Haría lo que le dije. Recostó la cabeza en mi pecho y siguió bailando en mis brazos, aunque sabía que como yo se sentía destruida por dentro.
Mi teléfono sonó en ese momento. Lo tomé y al ver quién era, la solté y corrí a encerrarme en mi despacho.
—¿La encontraste? —pregunté ansioso al ver que era Humberto.
—Sí. Era ella jefe. Tomaron un bus para la otra ciudad al bajarse del tren, les sigo el rastro —mi corazón saltó acelerado mientras sentí que me fallaban las piernas.
—¡Gracias al cielo, gracias al cielo! ¿Cómo la viste? ¿Estaba herida? —Lo interrogué a continuación.
Me contó que la vio algo demacrada. Al parecer le habían dado somníferos. Pero la cuidaban con mucho cariño. Eran buenas personas. Creyó que conocía al padre. Hacía mucho tiempo que no lo veía, pero si no se equivocaba, era un gran amigo suyo.
—No pude ver muy bien su cara porque la mantuvo baja todo el tiempo, pero casi estoy seguro de que es él —afirmó Humberto.
—¿Sí? Eso sería muy bueno. Después te contaré lo que sé de ellos. Sigue buscando Humberto, tenemos que saber dónde se metieron para protegerla. Si la descubren, ya sabes lo que va a pasar —le ordené más relajado.
—Confíe en mí, la encontraré —contestó y siguió informando—. También supe que hubo dos que preguntaron por ellos. Creo que los siguen, mi Capo.
—¿Qué los siguen? ¿Quién? ¿Pudiste averiguar algo más? —La preocupación me inundó de nuevo.
Escuché los informes de Humberto, que me explicó que ya mandó a sus hombres a seguirles las pistas a los que preguntaron por ellos. Averiguaron que eran de Sutera y giraron hacia Citanova. Podía que les hubieran dado la información a alguien más. Los vio hablando por teléfono en una de las cámaras.
—Tienes que encontrarla rápido Humberto —dije preocupado—. Manda las fotos de esos que la siguen para poner a Lucy a rastrearlos. ¡Tú solo encuentra a mi hija y protégela!
—¡Lo haré mi Capo, ya casi sé dónde están! Les voy pisando los talones, vamos entrando en Roma —me alegró saber que estaba aquí cerca, pero esa ciudad era inmensa—. ¿Qué hacemos con el lío de Sutera?
—Eso no es importante ahora, ya veremos más adelante. Concéntrate en encontrar a Alessia —ordené con ansiedad—. Cuando lo hagas, no dejes que sepa que la vigilas. Me avisas sin importar la hora.
Me dejé caer en mi silla y solté todo el aire.
Estaba aterrado de pensar que la había perdido.
A lo mejor era bueno que vinieran a la ciudad.
Así ella vería ese otro mundo. Podía ser que pensara que pasaban trabajo porque vivían en Sutera.
Sí, era bueno que estuviera en una ciudad. La cuidaría personalmente.
Tendría que ponerle hombres a su alrededor para que la cuidaran. ¿O sería mejor si iba a recogerla ya? Debía haber aprendido la lección, había pasado más de un mes. Unos toques en la puerta lo hicieron levantar la cabeza para ver a Rufo.
—Necesito hablarte —dijo muy serio.
—Pasa. ¿Qué es? —pregunté enseguida.
—Es sobre tu esposa. No puedes dejarla más sola, tienes que hacerle el amor hasta el cansancio todos estos días.
Su problema no es un juego —sabía que tenía razón, lo comprobé hace un rato—.
Si no lo vas a hacer, dímelo para pensar en un modo de ayudarte.
¡No puedes dejar que alguien descubra esa debilidad de Lilian y se aproveche de ella!
Me quedé observándolo muy serio. Me levanté y lo abracé muy fuerte. Era mi hermano, que seguía velando por mí aunque lo había alejado con mi furia.
—Gracias hermano. Pero no hace falta, ya se lo hice hace un rato y subiré a dormir con ella. ¡Lo olvidé por completo! —le aseguré y vi cómo respiró aliviado—. Pero si un día me pasa algo, tienes que cubrirme con ella. Solo confío en ti. ¿Lo sabes, verdad?
—¿Todavía confías en mí? —Dijo tristemente.
—¡Nunca he dejado de hacerlo, Rufo! —Me apresuré a decir—. Lo que no quería era herir a nadie con mi furia que no podía controlar, por eso me alejé de todos. Sé por qué no me advertiste. Ahora siéntate, necesito hablar contigo.
Rufo lo hizo y pasé a contarle todo lo que había hecho con Alessia. Sobre todo la situación de entonces. Se quedó en silencio pensativo. Pude ver por la forma en que me observó que estaba muy feliz porque había regresado a él.
—¿Qué opinas? Humberto me dijo que cree que la siguen —me miró fijamente sin decir nada—. ¿Debo traerla ya o dejar que experimente la vida de los pobres aquí en la ciudad, cuidándola muy bien?
No respondió de inmediato. Pero me apretó la mano por unos instantes y sentí cómo se estremeció.
Sabía que era muy sabio y no tomaba decisiones emotivas.
Hizo que nos sentáramos uno delante del otro.
Negó con la cabeza. No estaba de acuerdo en que trajera a Alessia todavía.
Ella no había aprendido la lección. Observó en silencio el video de la pelea de mi hija y sonrió como yo, satisfecho de ver que en verdad era muy buena.
—Creo que es buena idea que la dejes experimentar las cosas de la ciudad como su mamá.
Todavía puede que crea que si trabaja, puede tener una vida como esa que le describió Lilian.
Allá en Sutera no podía hacerlo —explicó, y estuve de acuerdo—.
Para que en verdad no tenga excusas de creer que pasó trabajo porque estaba en un poblado de mala muerte.
Tiene que vivir algo de lo que vivió su madre: trabajar, ganarse la vida por ella misma.
Si es como me dices, ese señor Franco la está cuidando muy bien.
—Sí, ya te dije que cree que es su hija —aclaré de inmediato—. ¿De veras crees que es necesario que mi hija trabaje en un lugar de mala muerte por una miseria?
—Ale, ya te está entrando de nuevo la cosa de querer protegerla del mundo.
¡Deja a Alessia vivir en carne propia lo que es que la humillen, que tenga que bajar la cabeza ante los demás, que aprecie el valor del dinero que se gana con el esfuerzo propio!
¡Ayúdala a crecer, Ale! —Me regañó muy firme.
Rufo estaba decidido a no dejar que siguiera cometiendo errores con mi hija—.
Comprende que esa es la única manera para que ella termine de entender que Lilian le mintió todo el tiempo y recupere la confianza en tu sabiduría.
¡Necesitamos que Alessia confíe ciegamente en nosotros, en ti!
Si no logras eso, puede que un día le adviertas de un peligro real como hasta ahora y no te crea.
Ya viste lo que le pasó por no creerte. Y hasta debes dejar que se enamore.
—¿Qué? ¿Enamorarse? ¡No! —protesté vehementemente—. ¡Es una niña!