¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 59 . CONFIANDO EN MI JEFE DE SEGURIDAD
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59 . CONFIANDO EN MI JEFE DE SEGURIDAD

ALESSANDRO:

Humberto no dijo nada, solo me observó. Confiaba en él, había estado conmigo desde jóvenes.

Sabía que sonaba igual que cuando mataron a mi esposa e hijo, o cuando Lilian me abandonó.

Mi voz estaba rajada, como si estuviera aguantándome para no llorar.

No me dijo nada, me conocía. En esos momentos supo que yo, el Capo di tutti i capi, estaba aterrado, pensando que perdí a mi hija o que la agarraron mis enemigos.

También se asustó, porque si era verdad, no quería imaginar lo que se iba a armar después.

Me dejó que siguiera hablando sin interrumpirme.

—Tu amigo dice que no sabe dónde están, que con él no se fueron de Sutera. Pero si no salieron en esa barca, ¿cómo lo hicieron? —pregunté pensando desesperado—. Tengo la esperanza de que escaparon y están aquí en Italia, porque Azabache, junto a los demás caballos, están aquí.

—¿En Citanova los encontró? —preguntó y se puso de pie—. ¡Me iré ahora mismo a ver si los encuentro!

—¡No! Espera. Los que vendieron los caballos eran un matrimonio con cuatro hijos, dos mujeres y dos hombres —seguí explicando—.

Eso es lo que me confunde. Con quien la ubiqué solo tenía una encantadora hija y un primo que regresó el mismo día que llevé a Alessia, ese que ella defendió.

No sé de dónde salió el otro, por eso no estoy seguro si son ellos o los cogieron los maleantes en Sutera.

¿Crees que pueda ser eso y debamos ir a acabar con esa isla?

—¿No dice que eliminó la banda? —preguntó seriamente—. Sutera es un poblado muy tranquilo, mi Capo. Bueno, que yo sepa, hace años que no vamos.

—¡Eso pensaba yo! ¿Entonces qué es lo que se nos escapa, Humberto? —pregunté sin comprender—. Yo personalmente eliminé a toda la banda del tipo que se atrevió a atacar a Alessia, al cual eliminé también cuando la estaba estrangulando. ¡No dejé uno solo, por eso estoy muy preocupado!

Guardé silencio por el nudo en la garganta que se me hizo.

Tenía tanto miedo de que no fuera Alessia la chica que andaba con ese matrimonio.

O peor, ¿a lo mejor se escapó alguien y se vengaron de mi hija?

Estuve diez días allá y nadie los buscó ni anduvo merodeando la casa.

Enterré bien a todos para que no los encontrara nadie en medio del bosque.

—Entonces Humberto, ese viejo amigo tuyo, ¿crees que es capaz de traicionarme y decir quién era Alessia en verdad? —pregunté directamente—. Aunque no se lo dije, quizás me reconoció. ¿Qué opinas?

—Hace muchos años que dejé de verlo. No le puedo contestar ahora, pero si me permite, deje que me vaya ahora mismo a Sutera con tres helicópteros llenos de dragones —propuso actuar de inmediato—. ¡Averiguaré qué pasó con ellos y los encontraré!

—Antes de hacer eso, quiero que vayas a Montefalco ahora mismo.

Los que tenían los caballos tomaron el tren para allá hoy en la mañana —le pedí, queriendo asegurarme de que Alessia andaba con esa pareja—.

Mira las cámaras de seguridad. Yo no puedo irme por Kenet.

Ve y ven hoy mismo. Si no son ellos, nos iremos a Sutera en cuanto llegues y ¡acabaremos con la maldita isla si algo le ha pasado a mi hija!

—¡No se preocupe mi Capo, la encontraré! —Se puso de pie listo para irse—. ¿Puedo llevarme algunos sabuesos?

—Sí, los que necesites —respondí de inmediato—. Manténme informado en cuanto mires las cámaras.

—Perdón mi Capo —se detuvo—. ¿Por qué no le dice a la señora Lucila que lo haga? Sería más rápido, ahorraríamos mucho tiempo.

Me negué. No quería que nadie más supiera nada. No quería pensar lo peor, pero si me habían asesinado a mi hija, prefería que todos pensaran que estaba viva en algún lugar del mundo. Humberto me entendió como siempre.

—Humberto, nadie tiene que saber lo que estás buscando, ¿capisci? ¡Nadie! ¡Solo tú y yo lo sabemos, nadie más! —Le ordené con firmeza.

Lo vi alejarse y tomé la foto de Alessia.

¿Dónde estás, princesa? ¿En verdad te perdí?

¿Qué fue lo que pasó? Ese lugar era muy tranquilo.

¿Quién pudo atacarlos de esa manera? No tengas miedo, solo resiste y mantente viva.

Papá te encontrará, linda. No importa dónde te metan, papá irá al fin del mundo por ti.

Solo mantente viva, hija mía, solamente eso.

Solté enseguida el cuadro al ver cómo mi hijo Kenet abrió la puerta.

—Papá, dijiste que ibas a estar en mi fiesta —me reprochó.

En verdad estaba ahora arrepentido de haber hecho esa celebración en la casa. Lo hice porque mi madre Camil y mi padre me dijeron que lo hiciera para que mi abuelo se relajara con la familia. Estaba muy deprimido porque no veía a su nieta. Me llené de valor y me puse de pie.

—¿Extrañas a mi hermana, verdad? —se atrevió a preguntar Kenet al ver que miraba la foto—. Yo también. No sé qué hacer con tanta gente, ella era la que organizaba todo. ¿Me ayudas?

—Sí, la extraño mucho hijo, demasiado —confesé la verdad—. Pero tiene que aprender o nunca será feliz. Debe recapacitar y darle el valor a las cosas que tiene.

Kenet, al ver que al fin hablé de Alessia, se puso feliz. Todo el tiempo había tratado de encontrar una manera de hablar de ella conmigo y no lo había dejado. Pero ese día era su cumpleaños.

—¿Cuánto va a durar su castigo, papá? —preguntó de nuevo.

—El tiempo suficiente para que recapacite —contesté secamente—. Ahora vamos a celebrar tu cumpleaños. Y no te preocupes, la estoy cuidando muy bien. Concéntrate en tu fiesta, ¿de acuerdo?

—Sí, vamos —íbamos a salir, pero Kenet me detuvo—. ¿Y si me mandas con ella? La ayudaría a comprender cómo es la vida.

—No, ella tiene que hacerlo sola —me negué, porque no tenía idea de dónde podía estar ahora—. Tu hermana debe demostrarme que es digna de llamarse mi hija. Cuando me lo demuestre, la dejaré volver. No antes ni después.

Kenet guardó silencio mientras me observó. Sabía que tenía un mundo de preguntas que había querido hacerme todo ese tiempo, pero se lo había impedido. Sin embargo, no se rindió. Se interpuso delante de mí.

—¿Y si no lo hace y sigue siendo malcriada? —preguntó lleno de preocupación.

—Entonces nunca podrá volver, lo siento hijo. Solo le cumplo los deseos que me pidió —contesté sinceramente—. Como ahora mismo estoy cumpliendo los tuyos. Vamos, la gente se debe estar preguntando dónde te metiste.

Bajó la cabeza y asintió. Sabía que me entendía. Solamente le preocupaba que a su hermana le gustara la vida allá afuera y no quisiera regresar. Le pasé un brazo por los hombros, pensando que si eso sucedía, no podríamos hacer nada. Alessia era adulta, podía decidir lo que quería hacer con su vida.

—Antes prométeme que si mi hermana está en gran peligro olvidarás todo y la traerás de vuelta —me pidió con ansiedad—. Quiero esa promesa como mi último regalo.

—Te lo prometo. Nunca dejaré que le pase nada a tu hermana —prometí de inmediato—. Al menor indicio de peligro, la traeré de vuelta.