¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 58 . ES MI HIJA
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58 . ES MI HIJA

ALESSANDRO:

A pesar de la fiesta que organizamos para complacer a mi hijo y que no sintiera tanto la ausencia de su hermana en su cumpleaños, en cuanto vi a Humberto, me encerré con él en el despacho. Lo miré en silencio por un rato hasta que lo mandé a sentarse.

—Humberto, es la última vez que voy a confiar en ti —le advertí—. Si vuelves a decepcionarme, nuestros caminos se separarán.

—Perdón, mi Capo, perdón. Pensé que había elegido lo mejor de lo mejor para cuidar a la señorita Alessia —se inclinó enseguida delante de mí—.

Debí hacerlo yo mismo, no volveré a cometer ese error.

Ya puse a Estefan a dirigir la seguridad de Kenet y sus primos, junto a los pelirrojos.

No le volveremos a fallar, se lo aseguro.

Si sucede, me meteré un tiro en la frente.

Me quedé por un momento observando a mi jefe de seguridad sin decir nada.

Resoplé y empecé a buscar algo en mi teléfono.

Cuando lo encontré, se lo mostré. Le expliqué que era Alessia.

La hice pasar por la hija de otra persona y la llevé a Sutera, en Sicilia.

Él conocía el lugar. Era un pequeño pueblo muy tranquilo en medio de la nada, donde íbamos a escalar de jóvenes.

—Me quedé unos días con ella, asegurándome de que estuviera bien.

Al otro día de llegar, se puso a defender a un supuesto primo que habían asaltado, contra un fortísimo hombre.

Si la hubieras visto, Humberto, es una fiera.

Ja, ja, ja... casi lo vence —le conté con los ojos brillantes del enorme orgullo que experimenté al observar y dirigir a mi hija en la lucha—.

Pero parecía muy cansada y no había comido nada en todo el día.

Las estuve siguiendo todo el tiempo. Además, acababa de caminar con unas botas pesadas dieciséis kilómetros, y por poco lo vence.

¡Estoy muy orgulloso de mi hija! Aprendió y recordó todo lo que le enseñé.

—¿De veras, jefe? ¿La señorita Alessia lo enfrentó bien? —preguntó asombrado Humberto.

Él sabía que Alessia era muy buena luchando, pero yo jamás la había puesto a pelear con otros que no fueran su hermano Kenet, sus primos o yo mismo. Y cuando la enfrentaba algún guardia de seguridad, por supuesto que ellos la cuidaban con disimulo.

—¡Te digo que si no llega a estar cansada, lo mata! —Reí emocionado.

—¡Asombroso, mi Capo! —exclamó con incredulidad—. Ella nunca había luchado con extraños. Me hubiera gustado ver eso, ella es realmente buena.

—¡Sí, sí, sé que es muy buena! Siempre lo he sabido, pero ahora lo comprobé con un extraño fortísimo.

Espera —dije y busqué algo en mi teléfono—.

Mira, a pesar de que estaba muy temeroso de que el tipo la fuera a herir con el enorme cuchillo que tenía, le hice un pequeño video.

Míralo aquí, ¿dime si no es digna hija mía?

No se ve muy bien porque estaba oscuro, pero esa es mi Alessia.

—¡Santa madonna, madre de Dios, mi Capo! —exclamó Humberto al ver la lucha de Alessia con Benedetto—. ¿Cómo pudo dejar que la señorita Alessia luchara con ese animal?

—No tuve tiempo de impedirlo. Cuando llegué a donde estaba, ya estaba luchando.

Al inicio me asusté e iba a salir a matarlo, pero al ver cómo lo tiró al piso de dos patadas, decidí ver qué pasaba, listo para volarle la cabeza.

Ella lo desarmó, Humberto. ¡Lo hizo, lo hizo!

—exclamé, todavía sin dejar de ver a mi preciada hija luchar—.

Te digo que si no hubiera estado cansada, ella hubiera acabado con el tipo.

Al final tuve que ayudarla. Luego eliminé a una banda de maleantes que podían representar un peligro para ella, que iban hacia donde estaban, mientras esperaban por Franco.

Humberto no dejó de ver el video de la pelea con incredulidad y orgullo. Nuestra princesa salió a mí. No era menos que cualquier hombre de los que teníamos. Hizo honor a su dragón dorado. Era como aquel, única en el mundo.

—¿Por eso estuvo desaparecido diez días? —preguntó devolviéndome el teléfono—. ¿Le hizo algo el tipo a la señorita?

Negué con la cabeza. Aunque la golpeó fuerte, no fue nada serio. Yo le había dado golpes peores. Lo que se me olvidó fue que ella se resfriaba y no le llevé la ropa adecuada, y le dieron unas fiebres de los mil demonios. Tuve que inyectarla, por eso me demoré en volver.

—Lloraba mucho y me quedé a dormir con ella. Ya sabes, como aquí no dejaba de llamarme hasta que me sentara a su lado. Cuando vi que estaba mejor, vine. ¡No debí dejarla sola, Humberto, no debí! —dije, y mis ojos se llenaron de lágrimas sin dejar de mirar a Alessia.

—Perdón, mi Capo, por esto que le voy a decir —dijo muy serio—. ¿No cree que está exagerando con el castigo de la señorita? Podemos darle una lección aquí en Roma.

Me negué. Alessia tenía que ver por ella misma ese otro mundo de los que no tenían nada.

Toda su vida le hablé de ese cruel mundo, pero no me creía.

Mi esposa logró que no lo hiciera. Además, tenía que aprender a diferenciar y conocer a las personas verdaderamente desinteresadas y honestas.

Esa familia lo era, sobre todo esa chica que vivía con ella. Era increíble.

Nunca había conocido a alguien como ella.

Cuidaba de Alessia, se iban a hacer amigas.

Ese tipo de amistad era la que quería que lograra tener mi hija.

No la sarta de brujas que se le pegaban, unas para que las ayudara a enamorar a su hermano o primos, y la mayoría para que les comprara cosas a manos llenas o pedirle favores para sus familias.

—Entonces…, ¿qué quiere que haga? ¿Que vaya a cuidar de ella en silencio? —preguntó a continuación.

—No, no es eso. Es que le envié mi caballo Azabache para que al menos pudiera moverse junto a otros —expliqué con seriedad—. Lo hice muy bien. Le pagué a aquel viejo amigo tuyo de la barca, que lleva los animales y las personas una vez a la semana a la isla, para que me mantuviera informado.

—Entiendo. ¿Entonces para qué me necesita? —Inquirió de nuevo.

—Acabo de encontrar y comprar a Azabache junto a los demás caballos en Citanova, sin rastros de Alessia —dije agitado—.

Cuando llamé a tu amigo, fue otra vez a Sutera y me dijo que desaparecieron, que los atacaron y les quemaron todas las propiedades.

¡No sé qué diablos pasó! Ese pueblo solo tenía esa banda de maleantes que eliminé. ¿Quién pudo hacer una cosa como esa?

—¿Los atacaron? ¿Qué pasó con la señorita? —preguntó de inmediato.

—¡No lo sé! Eso es lo que me tiene así. ¡No sé dónde diablos está mi hija! —grité, visiblemente alterado.